Charris
English

Las aventuras de Charris (y su gato)

29.06.2019

Artículo de María Testuz publicado en la edición en papel de Ababol (La Verdad) el 29.06.2019

Arashiyama, 2019. Técnica mixta sobre madera, 50 x 75 cm.

Arashiyama, 2019. Técnica mixta sobre madera, 50 x 75 cm.

Turista, 2019. Óleo sobre lienzo. 50 x 60 cm.

Turista, 2019. Óleo sobre lienzo. 50 x 60 cm.

Portman (díptico), 2019. Técnica mixta sobre papel, 65 x 100 cm.

Portman (díptico), 2019. Técnica mixta sobre papel, 65 x 100 cm.

Suplemento Ababol 29.06.2019

Suplemento Ababol 29.06.2019

Arashiyama, 2019. Técnica mixta sobre madera, 50 x 75 cm.
Turista, 2019. Óleo sobre lienzo. 50 x 60 cm.
Portman (díptico), 2019. Técnica mixta sobre papel, 65 x 100 cm.
Suplemento Ababol 29.06.2019

[Encontró el cuadro más feo del mundo, se apiadó de él y lo mejoró.]

Hace muchos, mu­chísimos años, tan­tos que ya casi na­die lo recuerda, un apasionado del arte decidió emprender la hercúlea tarea de conseguir el cuadro perfec­to. Para ello pidió al mejor pai­sajista que se encargara del paisaje, al mejor retratista que realizara los rostros de los per­sonajes, y así cada artista fue plasmando en la pintura su especialidad.

El resultado fue que las re­torcidas ramas de un árbol, que hubiera causado las deli­cias del más prestigioso botá­nico, a punto estuvo de saltar­le un ojo a la más espléndida de las Venus, cuya manteco­sa cadera casi tiró, de un cula­zo, la napoleónica efigie del capitán de un barco, que, en lugar de surcar los mares, se arrastraba agotado por la más fantástica de las arenas del de­sierto, las cuales hubieran pre­ferido ahogarse en el agua de una clepsidra, antes que apa­recer en semejante cuadro. Este Frankenstein pictóri­co, responsable de adelantar los partos y de que se le reti­rara la leche a las vacas, fue escondido en un lugar igno­to, con la esperanza de que solo un héroe de alma limpia, como la castidad de una don­cella, pudiera encontrarlo.
Ese héroe ha llegado, ese héroe es Charris.

Charris, acompañado de su inseparable gato Tao' -por­que su gato 'Capra', de natu­ral indolente como una Venus de Tiziano, se limitó a sacarle la lengua ante la propuesta de salir de aventuras-, viajó in­cansable hasta los confines de la Tierra y, allí, en la gruta más recóndita, encontró agazapa­do el cuadro más feo del mun­do, y tanta vergüenza sentía el pobre cuadro que, Charris, se apiadó de él y lo mejoró. Cogió una porción de todo lo hermoso que había visto a lo largo de su odisea, y lo fue adornando con un poco del áci­do optimismo del que presu­me Hockney, del selvático exo­tismo que defiende hasta el infantilismo Rousseau, de la insultante juventud que ven­de el Pop, de la atmósfera acol­chada que sofoca a Hooper, del automatismo que persigue in­conscientemente Miró, de la fiereza derretida con la que lu­chan Matisse y Dalí, y creó no uno, sino miles de cuadros go­zosos de estar vivos.

Pintó a un muchacho de silueta tintinesca cuya sombra son dos comillas a punto de empezar a hablar, un dominguero en la playa, mirando a través del encaje de bolillos de sus gafas de sol, una mañana sorprendida de ser tan blanca, unos tapetes de ganchillo que le hacen cosquillas a un paisaje y un punto y seguido, que se guarece del sol bajo la falda de una rubia, porque esta aventura, como todas las historietas de aventuras que se precien, continuará.