Charris
Español

Confetti Street

2004

Galería My Name's Lolita Art, Madrid.

Sátira y melancolía de Charris. Artículo de Guillermo Solana publicado el 07.10.2004 en El Cultural.

Cualquiera que sea nuestra opinión sobre su talento como pintor, nadie puede negar que Ángel Mateo Charris (Cartagena, 1962) posee un mundo propio, inconfundible. Las dos exposiciones que ahora presenta al mismo tiempo en Valencia y Madrid, en las dos sedes de la galería My name’s Lolita, vuelven sobre los signos habitua- les de ese mundo que el artista ha ido construyendo. Los títulos de las exposiciones, Rancho loco y Confetti street, designan dos ámbitos en el universo de Charris. Rancho locorepresenta la imposibilidad de la torre de marfil: el estudio del artista es invadido a todas horas por el ruido de la calle y las noticias del telediario. Los viajes, reales o imaginarios, nos han convertido a todos en turistas, turistas hasta en nuestra propia casa. En los cuadros se mezclan rincones y personajes de la aldea global: monumentos antiguos de Egipto o Mesopotamia y rascacielos de Manhattan, unos monjes budistas y un hombre con un tocado de plumas. Las guerras imperiales de George W. Bush se cuelan en Gran Cremà (Valencia) y en First World (Madrid), un chiringuito costero donde se ofrece langosta de Guantánamo, bacalao de Abu Ghraib y atún de Palestina.

El género favorito de Charris es la sátira, ya sea política o artística o política y artística a la vez. La astucia del satírico consiste en parecer un resistente a la moda, a todas las modas, y no obstante estar siempre muy al día. El otro título, Confetti street, apunta hacia el mundo del arte contemporáneo y su idea del éxito. Hace unos años, en el corazón de su exposición en el IVAM, Charris colgaba una doble parada de la Escuela de París y la Escuela de Nueva York. Confetti street es la avenida ideal para ese género de desfiles triunfales. En el cuadro Artópolis (Madrid) hay una plaza inspirada en Times Square donde los nombres de Jeff Koons, Damien Hirst y Matthew Barney se cotizan como los valores de Wall Street. En el centro de la exposición madrileña hay un tren eléctrico que rodea la montaña Sainte-Victoire de Cézanne, la caja Brillo de Warhol, la carretera de Hockney, el urinario de Duchamp. La tentación y el riesgo constante de Charris es el ingenio; ese ingenio manierista de que hace gala en la portada del catálogo al componer, con diversas piezas de la exposición, un “rostro paranoico” al estilo de la Mae West de Dalí. Otras pinturas de esta doble muestra están más cerca de los primeros pasos del artista, de su etapa hopperiana de finales de los noventa: cuadros como Atlántico, que demuestran que Charris sigue siendo un maestro de la estampa sentimental, cargada de lejanía, de nostalgia. Un maestro del “me parece haber estado antes aquí”, de los lugares que resultan extraños y vagamente familiares a la vez. Un maestro del déjà vu.

¿Y la pintura? Sin novedad. Hacia 1960, Rosenquist descubrió que podía trasladar a las bellas artes lo que había aprendido pintando vallas publicitarias para ganarse la vida. Menos abstractas, menos fragmentarias que las pinturas de Rosenquist, las de Charris comparten con ellas esa actitud prosaica y funcional hacia la factura pictórica tomada de los pintores de carteles de cine. Quizá uno de los secretos del éxito de Charris sea esta actitud “cool”, de cierta negligencia o desprecio hacia la pintura, ese pintar sin darle importancia, como mirando hacia otra parte.


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