La pintura
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Giorgio De Chirico, La metafísica es una estación

10.01.2008

La metafísica es una estación. Para ciertos artistas o periodos del arte hay un tiempo para la extrañeza y el enigma, para las horas congeladas y las arquitecturas inciertas. Puede ser una parada larga o corta, importante o intrascendente, pero miras a tu alrededor y un silencio de sol quemado y luz de sueño hace que entres en un espacio de raro desasosiego. Veo arte metafísico en el quattro y cinquecento, y en los siglos posteriores tanto como en el arte actual, pero hay una época en el que la pintura se hace verbo y la llamamos Metafísica, y el jefe de estación es el gran Giorgio De Chirico, autor de certezas e iluminaciones precoces y de descarrilamientos de madurez en los que el tren se pone en marcha hacia otros territorios, algunos interesantes y otros más farragosos. Pero así es la vida del artista, y el que pretende demorarse en una etapa caduca sólo consigue convertirse en patética estatua de sal.

A algunos pintores en los noventa nos llamaron metafísicos creyendo ver en nosotros ese espíritu de familia. Compartíamos algunas de esas querencias por las edificaciones, los objetos casi animados y el mundo del duermevela, el afán de condensar el tiempo en una imagen, de ampliar el plano del cuadro hacia atrás y hacia delante, de crear un universo autónomo en cada pieza que siguiera sus propias reglas. Y sí, casi todos compartíamos una veneración especial por el artista italiano.

Aunque no fuimos demasiado especiales en eso. Nos precedieron muchos otros en el club de fans: Pérez Villalta, Martín Begué, Miquel Navarro y, sobre todo, el que seguramente más se apoyó en sus enseñanzas según sus propias declaraciones: el gran Juan Muñoz.

Muchas de sus construcciones escénicas, de sus juegos con las ilusiones geométricas, del papel de la escultura en el entorno, vienen de ahí.

Y esto es lo que hace grande a un artista: convertirse en el cofre de los tesoros del desván para las siguientes generaciones de creadores. Yo aprendí con De Chirico a jugar con paradojas espaciales, a crear interrogantes a fuerza de confundir puntos de fuga y direcciones de luz, a utilizar las perspectivas como un color más de la paleta.

Pero, confesada mi admiración por el italiano, he de decir que no soy hijo de un solo padre, y que, aunque me guste recalar de vez en cuando en la estación metafísica, tengo por costumbre no parar demasiado en cada sitio y cambiar de destino y de paisaje con frecuencia. Por eso no me encontré cómodo con la etiqueta que en aquella época me pusieron y me reclamé enseguida algo menos serio pero seguramente más certero: supercalifragimetafísico.

Ángel Mateo Charris.