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Arte en Murcia: Del Romanticismo a la Postmodernidad en el MUBAM

27.02.2014

Para conmemorar los 150 años del Mubam, un proyecto sacará a la luz el rico patrimonio regional 'escondido' en colecciones privadas y públicas
 
A principios de 1871 los obuses prusianos caían de forma inclemente sobre un París asediado y desesperado. El hambre aumentaba el desconsuelo de una población que miraba anhelante el gris cielo de octubre, pero este no le devolvía la mirada, por el contrario le lanzaba plomo, muerte y destrucción. La Comuna tomaba el control y los cañones para proteger una ciudad que se veía a sí misma como un león cercado. Entre las barricadas guarnecidas por mujeres y niños, un joven pintor huía de la ciudad sitiada con lo poco que tenía: algo de ropa y unos lienzos enrollados, entre ellos 'Margarita contemplándose en el espejo'. Había vivido allí el asedio y el hambre, había compartido la excitación del pueblo organizado para defender sus casas y sus vidas, pero ya no podía más. Tras largas jornadas de penoso viaje llegaba a Murcia, su ciudad natal, donde murió solo unos meses después, a los 26 años. Se llamaba Juan Martínez del Pozo y la 'Margarita' que viajó con él a través del infierno francés se conserva hoy en el Mubam, el Museo de Bellas Artes de Murcia, que cumple ahora 150 años de vida.
 
Una historia desconocida
 
A finales de enero de 2012 fui al Museo del Prado para visitar 'Historias sagradas', una exposición comisariada por José Luis Díez que reunió algunas de las obras maestras de tema religioso producidas por artistas españoles en el siglo XIX. Allí estaba colgado 'El descendimiento' de Domingo Valdivieso y Henarejos, uno de los grandes del periodo, trágicamente desaparecido a los 41 años lejos de su pueblo, Mazarrón. Luego paseé las salas de la gran pintura de historia para encontrarme con 'El viaje de María a Éfeso' del murciano Germán Hernández Amores. Esta gran composición estuvo depositada más de un siglo en el Mubam (entonces Museo Provincial) hasta que fue lamentablemente retirado y reintegrado al Prado. En Murcia los niños conocimos durante generaciones este cuadro como 'La Barca'. Más adelante, tras saltar las salas de Sorolla y Fortuny, llegué a otra en la que me encontré cara a cara con la mirada dulce de una niña vestida de gris, obra de Rafael Tegeo, grande entre los grandes retratistas del siglo XIX y nacido en Caravaca de la Cruz.
 
Una de las mejores pinacotecas del mundo -si no la mejor- exhibe en sus salas pinturas de tres maestros de la Región pero si hiciésemos una encuesta en Murcia sería muy raro que alguien los conociese. La profusión de exposiciones, publicaciones, documentales, etc. sobre la figura de Salzillo es paralela al desinterés por el conocimiento de estos tres maestros, entre otros muchos. Desgraciadamente la lista es extensa. A mediados de 2011 empecé a trabajar en este proyecto que tiene como fin cubrir estas lagunas, dar a conocer el riquísimo patrimonio artístico regional y mostrar obras inéditas o poco conocidas que se encuentran en colecciones particulares. La primera parte del proyecto fue una investigación en los fondos de la Comunidad Autónoma: nuestra colección de arte, la de todos. Una mínima parte se exhibe en el Mubam o en el Muram de Cartagena y otra pequeña parte se guarda en los almacenes, pero el grueso se reparte por despachos y dependencias oficiales. Junto a la coordinadora del ciclo, Maravillas Pérez, emprendí una búsqueda laboriosa por oficinas, catálogos e inventarios. Frecuentemente nos sorprendía una tela de especial relevancia que, inmediatamente, quedaba incluida en un proyecto que se iba construyendo con el paso de los meses. Maravillas llevaba a cabo su trabajo con una meticulosidad alemana y localizaba pieza tras pieza un total de 194 que constituirán el cuerpo central de 'Arte en Murcia, del Romanticismo a la Posmodernidad'. En un siguiente paso solicitamos en préstamo obras al Prado, Museo Ramón Gaya y Reina Sofía. Las horas del día se nos iban quedando cortas ante la magnitud de una tarea que concluyó con éxito.
 
Museos escondidos
 
El viaje es una constante en los artistas murcianos de los dos últimos siglos. Unas veces representa la oportunidad de viajar a París o Roma, pero otras conlleva el sufrimiento y el dolor. Es el caso de todos los que abandonan el país tras la Guerra Civil. Pedro Flores llegó a París andando desde los Pirineos, Bonafé y Gaya conocieron los campos de concentración franceses y de allí el segundo, con lo puesto, se exilió en México durante 13 años. Resulta conmovedor imaginar al pintor en el barco que lo alejaba de Francia después de haber visto cómo su país se despedazaba. Allí ejecutó una producción que nos interesaba especialmente, así que buscamos una pieza representativa y poco conocida del periodo mexicano durante meses. Un día visité a un querido amigo y gran coleccionista. Su casa, grande y luminosa, a unos metros del Museo Arqueológico, custodia uno de los grandes tesoros artísticos de la Región. Cientos de piezas de Séiquer, Hernández Carpe, Mariano Ballester, Bonafé… y allí, colgado en una habitación, rodeado de otras joyas, estaba 'La enfermedad imaginaria de Moliére', una de las pinturas más ambiciosas ejecutadas por Gaya en México y casi desconocida. Es difícil relatar la excitación provocada por estos descubrimientos que se han sucedido en los últimos meses.
En compañía de Darío Vigueras, anticuario, gran conocedor del arte murciano y colaborador esencial para este ciclo, visité en julio a uno de los coleccionistas en su empresa. Un edificio grande, con una planta de 2.000 metros en los que trabajan sus empleados. Nos recibió muy amablemente y nos hizo pasar a una salita en la que había un ascensor. Este nos llevó, para nuestra sorpresa, a un museo privado con cerca de 800 obras de arte. Muros de pladur dividiendo salas, iluminación profesional, cartelas en los cuadros… todo remitía a un museo, y de vez en cuando tuvimos que pararnos para tomar conciencia de que se trataba de la colección de un amante del arte. En la segunda planta encaramos el siglo XIX y XX, en una sucesión de grandes obras de Wsell, Medina Vera, Sánchez Picazo, Flores, o Aurelio que compartían espacios museográficamente concebidos bajo las claraboyas. Al acabar el recorrido habíamos apuntado media docena de pinturas que se incorporaron a nuestro discurso expositivo. Contemplando la calle desde una ventana me preguntaba cuántos templos secretos del arte como ése habría diseminados por la Región, ocultos a las miradas curiosas.
 
Fuimos visitando cerca de 20 colecciones. Algunas funcionan casi como museos públicos, como La Naval, el proyecto de Martín Lejarraga junto a Charris y Gonzalo Sicre. A Martín le pedimos varias obras de su colección de contemporáneo y nos remitió inmediatamente las fotos, fichas y bibliografía existente. Otras no guardan ningún registro. Son colecciones creadas de forma impulsiva o a lo largo del tiempo sin ninguna pretensión más allá de decorar una casa o simplemente alegrar la vida del comprador. Y es que cada colección es un autoretrato de aquel que la construye: son mecenas que ayudan primero a que los artistas salgan adelante, luego a difundir la Historia del Arte y finalmente guardan celosamente un patrimonio que, como en este ciclo de exposiciones, acaba siendo disfrutado por todos.
 
Isidoro
 
Si hay un artista que me ha impactado a lo largo de mi vida es Isidoro Valcárcel Medina. Desde la concesión del Premio Nacional de Artes Plásticas y su exposición en el Reina Sofía es uno de los creadores más solicitados, pero siempre ha estado al margen del 'establishment'. Ha renunciado a toda la estupidez y vanidad que nuestro mundo del arte encierra y se ha centrado en una producción esencial en la que ha cuestionado de forma sistemática el propio arte. Estamos hablando de uno de los más importantes artistas murcianos de la historia, un hombre que además guarda el recuerdo de su infancia y juventud aquí, de sus padres y amigos. Alguien que visita cada exposición que incluye la obra de su abuelo, el gran Inocencio Medina Vera.
 
Me recibió en su casa de Madrid, céntrica y pequeña, diseñada por él mismo y me ofreció café. Hablamos de sus cosas y de las mías y le expuse, casi de sopetón, todo el proyecto. Para mí era primordial que participase -sin él estaría dramáticamente incompleto-, pero era consciente de que había existido una mala relación con la institución no provocada por él, así que busqué propiciar un reencuentro. Isidoro es tan riguroso como amable, así que debíamos encontrar la forma de solventar esta situación incómoda, lo cual se produjo gracias a su generosidad y mi insistencia. La puerta no estaba cerrada, así que seguimos hablando y escribiéndonos. Hace cerca de un mes fui a verlo y tenía la obra pensada. Conforme me iba contando el desarrollo de la que será una gran pieza, mi alegría era mayor. Ya estábamos todos.
 
Un hilo invisible
 
A mediados de octubre la actividad nos desbordaba. Enviábamos cartas, redactábamos textos, Rodrigo Fonseca diseñaba los catálogos, se contrataban los seguros, estudiábamos obras… Una vez llegados a este punto, el montaje no podía ser convencional. El espacio, la segunda planta del Mubam, planteaba algunos problemas, pero antes de pensar en eso debíamos partir de una premisa: no se debía alterar el discurso del museo. Nunca me ha gustado desmontar museos para montar temporales, así que había que construir todo bien. La solución la aportaron las propias exposiciones, que abarcan los siglos XIX a XXI. Respetaremos la propuesta actual colgando obras de los mismos periodos, así que el Museo se podrá visitar siguiendo el orden actualmente propuesto.
 
Otro de los elementos que más me apetecía era situar artistas actuales en discursos históricos. Las últimas décadas han dado artistas de gran talla que hoy recorren el mundo con soltura. Uno de ellos es Antonio Ballester Moreno. Nacido en Madrid en 1977 y criado en Murcia, está considerado uno de los pintores más interesantes de la última década. No hay repertorio internacional en el que no aparezcan sus pinturas y cerámicas. Su obra es representada por galerías en todo el mundo. Paradójicamente no ha expuesto en Murcia como debiera, lo cual nos supone un aliciente más. El azar juega y no tuve que llamarlo; me lo encontré en una fiesta que dí en Madrid en septiembre. Días después lo llamé para contarle todo e invitarlo a participar, cosa que aceptó encantado. Yo sabía que era sobrino nieto de Mariano Ballester y, por tanto, sobrino de Antonio, pero no que su abuelo era el escultor José Moreno, y su tío Andrés Conejo. Sobre el papel se dibujaba una situación no prevista y deliciosa: reunir la obra de todos ellos en una de las exposiciones; la dedicada a la identidad, ya que todos han abordado la figura desde distintas perspectivas a lo largo de más de un siglo en contextos muy diferentes.
 
Esta relación cerraba un círculo elaborado durante casi dos años. Dentro del ciclo, cinco exposiciones, dentro de cada exposición pequeñas, o grandes historias, narraciones que surgen como las raíces de un tronco común.
 
(Nacho Ruiz. Comisario del ciclo de exposiciones)