Charris
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Freestyle

15.10.2013

Dibujos contemporáneos en la colección de La Naval.

Coordinada por Charris y Martín Lejarraga

 

I Dibujando

 

Vivimos en un dibujo. Casi todo lo que nos rodea necesita de esta herramienta en alguna de sus fases –ropas, edificios, señales, códigos, relojes, móviles, periódicos– como puente entre la mente del creador y el objeto, entre el pensador y su teoría o entre el artista y su obra. El dibujo ha servido para documentar, analizar, comprender, visualizar, invocar, desde la época de las cavernas hasta ahora; y en las artes visuales ha sido esqueleto y disciplina indispensable, una herramienta de la que se han servido todas desde el Renacimiento, pero que a menudo se ha considerado una hermana menor de las otras, un paso intermedio para descubrir el proceso hacia la gran obra maestra.

Pero eso ha cambiado desde hace unas décadas, concretamente desde los noventa del siglo pasado si hacemos caso a historiadores como Emma Dexter en “Vitamin D. New Perspectives In Drawing”, uno de esos volúmenes recopilatorios que dan fe del interés creciente por el dibujo en la visión contemporánea. Porque si desde siempre el dibujo ha estado ahí, arropando y dando cuenta de los procesos, desde los más tradicionales a las anotaciones y registros conceptuales de los setenta, los noventa ven nacer a una generación de artistas que utilizan el dibujo como medio en sí, que lo ven con capacidad suficiente como para recrear sus propios universos sin necesidad de otras muletas o herramientas. Se produce una emancipación de esta disciplina y proclama su propia valía en una época que se libra de la tiranía de los movimientos y donde coexisten una tremenda variedad de formas de expresión.

El dibujo se hace mayor y se expande del papel a la pared, de las animaciones a los soportes digitales, colonizando territorios y revalorizando esas otras formas de dibujo unidas a las cartografías, los registros científicos, el diseño, los ejercicios terapéuticos de los locos, los trabajos escolares, la ilustración, los bordados, los esquemas industriales, las tipografías, casi todo. Y si en un principio frente al monumentalismo de los ochenta el dibujo se refugia en los pequeños formatos y los materiales frágiles, en ese empeño constante que tienen las nuevas generaciones en negar a las anteriores, se van aumentando las escalas, se hibrida con otros medios, reclama su puesto en el presente y en esta fiesta decadente y caótica en que hemos convertido la contemporaneidad.

Si el dibujo no es ahora “la probidad en el arte” que decía Ingres, al menos es uno de esos caminos menos transitados por lo que adentrarse, un país que ofrece la libertad y la inmediatez que muchos nuevos creadores están buscando, un trayecto algo más corto entre la idea y su representación, una pista adonde dejarse llevar, freestyle, con mano decidida y la banda sonora de nuestro tiempo.

 

II Freestyleando

 

La incertidumbre es el precio que hay que pagar por la libertad. Vivir en un mundo donde las brújulas no funcionan nos lleva a un infinito de posibilidades, no todas luminosas, no todas desastrosas, pero se hace difícil distinguir los mejores dátiles en un inmenso palmeral.

Hubo otros tiempos en que todo parecía menos confuso: había unas normas que seguir, un orden que respetar. Era el tiempo de la Academia. Pero un siglo joven como lo fue el XX no podía permitirse unas generaciones acomodadas y con un término militar –vanguardia– derrocaron al viejo sistema, pero siempre intentando implantar otros nuevos, nuevas reglas para nuevos tiempos. Los ejércitos se fueron sucediendo hasta que se convirtieron en una cacofonía de bandas militares que no sabían muy bien qué guerra estaban jugando. Los términos militares parecían demasiado rudos para estos tiempos de bonanza, así que todo se volvió más líquido y borroso, y llegaron las tendencias y el relativismo. Y de tanto invocar a la libertad parece que al final acabó presentándose. Ya sabemos lo que pasa con las plegarias atendidas.

A muchos intelectuales que en su día fueron llamados revolucionarios –novísimos incluso– le parece demasiado este estado en el que las certezas de su juventud ahora son apenas un estante más de una biblioteca babelesca y desquiciada, donde la jerarquía del progreso y los discursos en forma de árbol genealógico se acaban embrollando en una selva de lianas enrolladas.

Los jóvenes, siempre poco amantes de la naftalina aunque también del rigor, están encantados con este baile que les permite creer que están inventando lo que ya lo fue hace tiempo, saqueando los palacios de invierno sin remordimiento, y pensando que es mucho mejor ojear la película que leer el libro, o que la herencia de Roma es el Cesar Palace de Las Vegas.

Infierno o paraíso, es nuestro tiempo. Una época en la que has de buscar tus creencias entre cientos de dioses menores y mayores, multiculturales, objetivistas, tolerantes o intransigentes, buenistas o falsarios, piratas, corsarios y filibusteros, porque en esa elección se está decidiendo el futuro, que lo mejor que tiene es que no sabemos como será, si nos hará despreciables o gigantes, héroes o villanos.

Mientras, disfrutemos nuestros años rescatando milagros de la basura, pequeños dibujos, canciones, versos, lo poco o mucho que estemos legando, apostando a rojo o negro, a piedra, papel, tijera, convencidos de que sea esta la mejor época o no, hay que partirse la cara por ella.

 

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