Charris
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Los Cosmolocalistas

2016

Mateo Charris, Ángel

Catálogo Los Cosmolocalistas

Catálogo Los Cosmolocalistas

Catálogo Los Cosmolocalistas

“Si yo aprendiera el juego de bolos no habría peligro de que llegara a ser un campeón (…) Mi problema desde entonces es que no consigo apañármelas para tomarme un juego como una religión”
G.K. Chesterton en “Sabiduría e inocencia”

 

La paz había reinado en la organización del torneo anual de bolos de la Sociedad Geográfica desde su primera edición décadas atrás. Cada año, a mediados de primavera, se desarrollaba el triangular que enfrentaba a los equipos de los Globalizadores, los Nacionalistas y los Cosmopolitas, cuyo palmarés era sorprendentemente equilibrado, como si hubiera sido fruto de un elegante pacto entre caballeros, y que acababa con una comida de hermandad en los jardines de la Sociedad. Puede que la rutina lo hiciera un poco previsible pero era su estabilidad y la consolidación de este tipo de tradiciones lo que valoraban los miembros de la añeja institución.
Pero la última asamblea trajo un acontecimiento que ponía patas arriba la tranquilidad del salón de actos: un nuevo grupo presentó a última hora su solicitud para participar en el torneo, los Cosmolocalistas. La contrariedad parecía ser fácilmente subsanable para la junta directiva de la entidad, que pretendía deshacerse de esta molestia con el sólido respaldo de sus asesores jurídicos, pero el nuevo equipo había usado su red de contactos y su perspicaz interpretación de los estatutos para encontrar una fisura que les permitía participar en el torneo de este año: creando grupos hermanos cosmolocalistas en Bamako, Nueva Orleans, Papeete, Yangón, Akureyri y Bombay se aseguraban automáticamente la inscripción como nuevo subgrupo de la Sociedad.
Eligieron un color aguamarina para sus polos y un escudo bordado en el que figuraba el conocido lema de Montaigne –Qué sé yo– sobre una balanza con dos globos terráqueos.
Con el ímpetu de la sangre nueva los Cosmolocalistas, en realidad una escisión del numeroso equipo cosmopolita, peleaban cada decisión de los organizadores, supliendo con entusiasmo e insistencia su inferioridad numérica y consiguiendo que se pusieran en tela de juicio todos los aspectos relacionados con el torneo que parecían inamovibles, dado el ardor con que los miembros afrentados los defendían.
Cada aspecto de la organización suponía una batalla campal. El ágape de celebración, que no podía celebrarse este año en el patio por una nueva normativa municipal, causó alguno de los más encendidos debates. Los Globalizadores pretendían trasladarlo a un McDonalds, a un Kentucky Fried Chicken o, en todo caso, al recientemente instalado VIPS, que ofrecía una nueva promoción de menús para celebraciones de modo experimental. Los Nacionalistas apostaban por un mesón tradicional especializado en embutidos y todo tipo de casquería y los Cosmopolitas no se acababan de decidir entre un coreano, un pakistaní y un paraguayo. Los Cosmolocalistas presentaron entonces la candidatura de un nuevo merendero que habían montado unos jóvenes y creativos chefs con un pie en la tradición y otro en la vanguardia, con recetas elaboradas con productos orgánicos de su huerta. Se cruzaron acusaciones de papanatismo, de catetada, de esnobismo, de asesinato –a la tradición, a los estómagos, al futuro, al pasado, a la creatividad, a la economía local, a la economía global, al sentido común–, y la cuestión pasó a la orden del día de la siguiente asamblea junto al resto de cuestiones en las que no se habían puesto de acuerdo, que eran todas. El nuevo grupo se negaba a elegir una mascota, que debía unirse a la cabra, el loro y la iguana de los otros equipos, así como a la ceremonia multireligiosa que le servía de apertura, discutiendo también el cambio de la modalidad del torneo de diez a nueve bolos, aunque este último punto se cuestionaba –lo había reconocido más de un cosmolocalista–­ sólo para fastidiar. El único momento de similar consternación para los atónitos miembros del club fue cuando años atrás tuvieron que admitir a las mujeres en el club, presionados por el ayuntamiento ante la amenaza de dejarlos sin el uso y disfrute del precioso palacete municipal en el que se alojaban sus instalaciones.
Ahora una de esas mujeres, Rebeca M, era la que encabezaba la rebelión cosmolocalista. Conforme fueron pasando los días unos y otros tuvieron que ir cediendo en sus posiciones y el torneo en su nueva modalidad de semifinales por sorteo, tercero y cuarto puesto y final, se jugó el 10 de mayo.
Había gran expectación con estos juegos de una nueva era, una época líquida y apasionante, y periodistas de las páginas deportivas de los dos diarios locales fueron a cubrir la noticia. El presidente procedió a inaugurar el torneo que este año no estaba amadrinado, como era habitual, por alguna esposa de los miembros más veteranos, sino por Jaggi H, el viejo y fiel bedel que se retiraba ese año tras más de cincuenta años al servicio de la Sociedad.

 

Podríamos decir que el juego fue emocionante y cubrió todas las expectativas, que la tensión electrizaba el ambiente y se mascaba la tragedia, pero no fue así: sólo otro torneo de bolos que, con sorpresa para algunos, ganó el nuevo equipo Cosmolocalista a pesar de su inexperiencia y de la pericia de sus contrincantes, que habían sido aquejados por una serie de extrañas lesiones musculares que servirían como pasto para las teorías conspirativas en las conversaciones de la cafetería durante los siguientes meses.
El presidente de la entidad, el eterno e incombustible Víctor M, hizo de maestro de ceremonias en la entrega de trofeos repitiendo el mismo discurso de los últimos años, como si ésta fuera una apacible edición más, como si obviando hablar del terremoto dejaran de verse las grietas que había producido en las paredes de la institución.
Al recoger el premio, otro objeto de discusión en las reuniones previas que se decidió fuera una ensaladera de plata, Rebeca M, como portavoz de los ganadores, ofreció un emotivo discurso. El resto de delegaciones cosmolocalistas hermanadas por todo el mundo pudieron verlo a través de Periscope.

 

“Hemos hablado mucho estos meses sobre este torneo de bolos, mucho sobre repartos, cuotas, estatutos, leyes, tradición, revolución, patrocinadores, dinero. Hemos discutido, peleado, llegado a acuerdos, unos se han indignado, otros se han envanecido, unos se han sentido atacados, otros ninguneados. Hemos hablado y hablado, pero muy poco de lo verdaderamente importante: el juego.
Antes éramos tres y ahora somos cuatro, y ese pequeño hecho ha producido una conmoción totalmente inmerecida. El mundo no necesita perpetuar la situación de las cosas indefinidamente, les parezca bien a unos o mal a otros. No necesita esquemas rígidos ni arbitrariedades eternizadas; necesita una pista limpia, una bola y unos bolos en condiciones, unas normas sencillas y justas, concentración, atención, alegría y unas ganas locas de jugar. Dicen los yoguis que cuando uno está intensamente absorbido por un juego, cuando está a punto de golpear una bola que cree que será un strike es cuando más cerca está de la iluminación: cuando la bola sale con el movimiento y la aceleración justa, cuando la muñeca y el cuerpo han girado en armonía con el universo, cuando no existe nada más que ese presente de la bola deslizándose por el pasillo de la pista hacia la perfección. Es en ese momento cuando no hay tiempo para la frustración, ni para las incomodidades, para las preocupaciones ni para la apatía, para los colores ni para la victoria o la derrota, sólo juego, puro y simple juego. Los niños lo saben bien, pero nos vamos encargando de que lo olviden poco a poco.

¿Por qué crear un nuevo grupo Cosmolocalista? ¿Por qué crear este embrollo y todas estas molestias a los socios? Si el juego es lo importante podríamos haber participado con cualquiera de los equipos existentes y sí, en parte tienen razón.
Pero algunos no estamos cómodos con los Globalizadores, aunque nos encante esa parte de estar conectados con el resto de la humanidad, de tejer lazos con los otros. Nos da la impresión de que para ellos todo tiene un fin económico, que siempre ganan los mismos y que nuestros colegas hablan demasiado de patrocinios, beneficios y dinero, sobre todo de dinero. No es que no nos guste la pasta pero ¿qué tiene eso que ver con el juego? Y luego está esa uniformización que a ellos les resulta tan cómoda y a nosotros tan aburrida, tan ajena al corazón del geógrafo.
Podríamos jugar entonces con los Nacionalistas, nos dirán. Bien, nos gusta mucho su pasión por lo propio, pero no compartimos tanto su afición maniática por las banderitas, los escudos y los trajes regionales. Está bien como afición, pero esa obsesión por las reglas del bowling en el condado de Yorkshire o en la comarca del Bajo Guadalete, por los himnos y por menospreciar a los que no comparten sus aficiones es un poco irritante. Y –ya esto es cosa mía– no soporto la manía que tienen de cerrar con llave todos los despachos en los que se reúnen.
Nos sentimos más cómodos con los Cosmopolitas, con su forma de estar a gusto en cualquier parte, con su actitud relajada y su curiosidad. Pero, a diferencia de ellos que no echan raíces en ninguna parte, nosotros las echamos en cualquier sitio: basta con unas charlas interesantes, con unos paisajes inolvidables o anodinos, con unos bares y una música diferente para empezar a sentirnos miembros de la familia. Será porque lo somos, una gran familia mucho más parecida de lo que nos creemos, y menos importante e imprescindible, con lo que deberíamos centrarnos en lo que más importa y dejarnos de equipos y de reglas: en jugar.
Todos amamos los bolos y todos sabemos lo que es disfrutar, así es que a ver si nos dejamos de tonterías, de clanes y de fronteras.
Así que aquí estamos los Cosmolocalistas. Parece que este año la suerte nos ha acompañado y hemos inscrito nuestro nombre en el palmarés a la primera. Y debería decir que estamos aquí para quedarnos pero no. No estamos para eso.
Desde aquí anuncio ya que el año no participaremos en el torneo, no en este, porque nuestros colegas de Bombay nos han invitado a participar en el suyo. Pero esto tampoco volverá a ser un triangular porque esta misma mañana he hablado con nuestro colega cosmolocalista en Athens, Georgia, mi amigo David B y están dispuestos a ocupar nuestro puesto el año que viene.
Nos dirán que no se puede, que va contra las normas y los reglamentos: ya veremos. ¡Ah, los reglamentos! Eso es otra cosa que habrá que mirar. ¿De verdad necesitamos todas esas normas y regulaciones?¿Todo esas normativas ininteligibles y ese papeleo? Habrá que limpiar, simplificar, aclarar. Y no es por fastidiar sino para hacer honor al lema de nuestra Sociedad Geográfica: “Inspirar, iluminar, jugar”. Para que lo más importante no sea la división, la competición, el ganar o perder, sino gozar, jugar con toda la intensidad de la que seamos capaces, con el mundo como bola y la felicidad como objetivo. O no, qué sé yo.

Y ahora, señores socios, Globalizadores, Nacionalistas, Cosmopolitas, queremos decir que los Cosmolocalistas después de la bacanal de higadillos y asaduras, cortesía de nuestros colegas Nacionalistas, hemos decidido pasar la ensaladera para recoger algo de dinero con el que alquilar las pistas del Club Chesterton y jugar unas partidas toda la tarde y, si nos da para unas copas, estupendo. Estáis todos invitados. Y podéis traer a todos los amigos aunque no sean socios, entomólogos, cazafantasmas, animadoras, contrabandistas, … juguemos como si no hubiera un mañana.
¡Larga vida a la Sociedad Geográfica! ¡Y a nuestro querido Jaggi!”

Jaggi era el único superviviente que quedaba de aquella Sociedad a la que entró a trabajar en 1956, por lo que todos los socios lo conocían como elemento consustancial a la institución, como los viejos muebles de caoba, los cuadros de las paredes, la armadura de la entrada y la vidriera con el mapamundi que daba al jardín. Los mayores habían ido envejeciendo con él y los nuevos enseguida se acostumbraban a su presencia constante y a la amabilidad y rareza de su carácter. Contratado por Aloisius M, el segundo director, como deferencia a un socio inglés que lo había traído a su servicio desde Coimbatore y que moriría poco después, el indio era a la vez comunicativo y esquivo, sigiloso como un gato, pero siempre bien dispuesto. Poseedor de una memoria eidética, que le hacía saberse de memoria infinidad de textos de las más diversas procedencias, tenía sin embargo poco discernimiento a la hora de emplear sus citas con lo que uno nunca sabía si estaba frente a un sabio o un bobo. Si estaba hablando con el fontanero podía salir con una cita de Wittgenstein, o si estaba presenciando una conversación erudita se ponía, sin que viniera a cuento, a recitar el manual de instrucciones de una licuadora. Aparte de estas citas incongruentes, poco era lo que hablaba el bedel y en ocasiones entraba en estados de meditación que le duraban desde algunos minutos a varias horas. Estas peculiaridades habían irritado a más de un director pero el cariño que le profesaban la mayoría de los socios habría hecho poco factible su despido.
Nadie sabía si tenía familia y las señas que constaban en los registros eran los de una antigua pensión. Ahora se retiraba y nadie tenía claro donde iría ni a qué se dedicaría.
Jaggi cerró el portón de la institución por última vez y le pasó sonriente las llaves al director. Victor M nunca había sabido cómo tratarlo pero se emocionó y ensayó con él un tímido abrazo.
–Ay Jaggi, cuántos cambios y no siempre para mejor.
El bedel sonrió diciéndole:
De entre las cerca de quinientas especies de prímulas sólo tienen importancia, como plantas de tiesto, las siguientes: prímula malacoides, prímula obconica, prímula vulgaris[1].
El director pensó que iba a echar de menos estas conversaciones de besugos, estas extrañas charlas en las que parecías estar hablándole a una televisión con el selector de canales averiados.
Un remolino de vilanos parecía seguir a Jaggi mientras se alejaba. Entonces se dio la vuelta cerrando los ojos y empezó a recitar en voz alta:
«Somos los invitados de la vida». Heidegger ha dado con esa expresión extraordinaria; ni usted ni yo hemos podido elegir nuestro lugar de nacimiento, las circunstancias, la época histórica a la que pertenecemos, un hándicap o una buena salud… Nos encontramos geworfen, dice en alemán, arrojados en la vida. Y el que se encuentra arrojado en la vida tiene un deber hacia la vida, en mi opinión, la obligación de comportarse como invitado. ¿Qué debe hacer un invitado? Debe vivir entre los hombres, allá donde esté. Y un buen invitado, un invitado digno, deja el lugar en el que ha sido hospedado algo más limpio, algo más bonito, algo más interesante que como lo encontró. Y si tiene que marcharse, hace sus maletas y se va.
No conozco ninguna parte del mundo que no sea fascinante, en la que no valga la pena aprender la lengua o la cultura o intentar hacer algo interesante.[2]
Vale, juguemos a esto, pensó Victor M mientras murmuraba:
–Y se perdieron en la noche.[3]

 

 

[1] Halina Haitz: El gran libro de las plantas de interior. Círculo de Lectores

[2] George Steiner. “Un largo sábado”. El ojo del tiempo, Siruela.

[3] 1 Samuel 28, 25.