Charris
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Una de aventuras

2014

Martínez, Gabi

Portada del libro Una de aventuras

Portada del libro Una de aventuras

Portada del libro Una de aventuras

Pero, ¿esto qué es?, se pregunta el saqueador derrengado contra una roca mientras observa el botín. Hay huevos de piedra y enrevesadas esculturas que le hacen pensar en tiempos futuros, aunque sobre todo ha robado cuadros, cuadros que desprenden una extrañeza distinta… una hermosura tan sugerente que... una vez dentro de la casa, obvió el plan previsto y empezó a arramblar con piezas que no debía. Pero es que todas le decían algo, y algo que importaba.
Como es un profesional, pensaba tener claro lo que iba a llevarse de la casa de Mateo Charris. Había estudiado trípticos, catálogos y libros sobre su arte; había calculado el tiempo que invertiría en la operación; había elegido a los clientes a quienes colocar cada obra. Pero enfrentar los originales le ha disparado el ansia…el…el... el hambre… la vieja codicia por poseer que animaba sus primeras rapiñas. En principio iba a por siete piezas, y ahora mira todas esas obras esparcidas por la selva. Lo que planeó como un robo se ha convertido en saqueo alimentado por la voraz necesidad de apoderarse de imágenes que plasmaban ideas que él pensaba haber tenido alguna vez, aunque no fueran exactamente así. Prefiere no contar cuánto ha robado. ¿Dónde colocará los excedentes? Hacía mucho que no se saltaba un plan. ¿Qué ha ocurrido? Fija la mirada en el cuadro apoyado contra un árbol a tres metros de él. Le gustaría acercarse para verlo mejor.
Cuando acompasa la respiración aún está demasiado cansado para acortar esos tres metros de modo que alza los prismáticos y apunta al cuadro intentando discernir algo que le ilumine o le ofrezca una respuesta. Topa con una mancha color carne. Enfoca mejor la lente y distingue un brazo grueso y fibrado, posiblemente de un hombre. ¿El brazo de Charris? ¿Ese hombre se pinta a sí mismo? Los pintores hacen cosas así, autorretratos… y los pintores tienen los brazos recios… ¿Será él? Resulta curioso que después de estudiar tan al detalle los movimientos del pintor, haya descuidado su aspecto físico y a estas alturas no recuerde si sus brazos son como troncos, palos o ramas. De cruzarse por la calle, quizá ni lo reconocería. Al contrario de su obra. Pero, ¿ese brazo podría ser el de Charris? El saqueador recapitula.

 

Los saqueadores, 2014 (fragmento)

 

Angel Mateo Charris es el hijo de un guardamuelles que desde niño iba a ver a su padre al trabajo, donde oía hablar de cargas, tinglados y barcos. Un mundo de marineros y estibadores, el azul por delante, y montones de historias de lugares lejanos que sin duda le afectaron, porque a lo largo de su vida Mateo Charris ha viajado, viajado, viajado. Siempre partiendo, eso sí, de la casa que se hizo construir con forma de caracola en su barrio tan obrero como él. De nuevo la rareza. Y el mar.
Es un hombre de Levante, cómo no le van a tirar el mar y los vientos. De hecho, entre los cuadros robados menudean las embarcaciones. En ellos flotan rompehielos, canoas, barcazas, remolcadores. Y hay cargueros, también puertos, muelles, paseos marítimos, escolleras, ríos. En el interior de la casa con forma de caracola, el saqueador –al que vamos a llamar Saq– encontró gatos y tortugas. Vivos.
A Saq le divierte jugar a internarse en la cabeza de sus víctimas, y más si se trata de un hombre al que los expertos denominan “pop”. Saq adora lo pop. A lo largo de dos décadas, los robos han sido su máster en arte y aunque nunca se reconocerá como mucho más que un buen ladrón, entiende un rato de arte contemporáneo, y por eso asocia la obra de Charris a Hopper, Dalí o De Chirico, artistas por los que siente tanto aprecio que a menudo le sirven para seleccionar objetivos.
Hace años que Saq no necesita dinero pero sigue en el “negocio” porque incluso en estas horas anímicamente lánguidas, el riesgo de las incursiones aún le proporciona más emoción que cualquier otro “empleo” mientras se empapa de belleza y fantasía y sugerencias, sobre todo desde que se centró en robar lo que le gusta. Si no, ¿para qué? La presunta inmoralidad de su empresa no le preocupa: el propio Charris ha ejercido en ocasiones de ladrón copiando a su manera –seguro que él diría “interpretando”– obras de artistas que le pirraban. Normal: se roba para ser mejor. Hay quien lo hace por supervivencia pero Saq no se identifica con ésos. Y cree que Charris tampoco. Cree que ambos comparten el objetivo de evolucionar, seguir adelante y llegar más lejos o más profundo o donde sea, pero haciendo lo que les gusta. Además, se roba hasta cierto punto, y después eres tú con tu mundo construido a fuerza de pasión, experiencias y hurtos a veces solo imaginados.
¿Será eso un brazo de Charris? El saqueador recorre la mancha de carne deseando que el brazo al menos pertenezca a un ser humano, porque con Charris nunca se sabe. Su abanico de criaturas insólitas resulta…
–¿Qué miras?
Saq aparta los prismáticos y ahí está Miguel embutido en su canónico traje de explorador del siglo XIX, tocado con salacot, los bombachos engullidos por las botas de caña alta, y el mostacho y el rifle. Su veterano compañero de pillajes. ¿Cómo puede colaborar con alguien tan diferente y desfasado? Sin embargo, se llevan bien.
–Un cuadro-, responde cabeceando hacia la pintura que Miguel no puede ver desde su posición.
–Ah, claro.
No le parece normal que Miguel entienda todo tan fácil pero resulta cómodo así que vuelve a lo suyo. Afortunadamente, enfoca la pintura casi en el mismo punto donde había interrumpido la inspección. El brazo parece que aprieta un morral.
–Charris es un fan de los errores –indica Miguel–. De los errores bien hechos. ¿Te has dado cuenta?
–¿Ah sí? ¿Qué es un error bien hecho?
El aventurero demodé diserta sobre los errores que hacen interesante lo anodino:
–Una vez dijo que le chiflaban los pequeños desplazamientos fonéticos… en realidad, cualquier cosa que pueda provocar una excitante confusión.
Como Saq continúa deslizando los prismáticos por el óleo, corrobora que se trata de un brazo humano: está enfundado en una camisa similar a las que él mismo viste. Quizá se trate de un explorador.
–¿Has visto cómo le gustan las máscaras? –continúa Miguel–. Seguro que quiere indicar el engaño en la sociedad y…
Miguel emprende una de sus clásicas peroratas de listillo sobre cómo el artista acude a objetos simbólicos y extraños para hacerlos memorables. Saq ha empezado a desconectar cuando su veterano amigo pregunta si ha reparado en que todas las pinturas repartidas por el selvático bosque tienen un no sé qué en común. Sin apartar los ojos de los prismáticos, Saq recuerda el barco rompehielos incrustado en una glacial llanura blanca solo rota por el moái emergente que le hizo pensar en un tiempo y un lugar inciertos; recuerda junglas tenebrosas, mascotas entre lianas; buscadores de oro en el Amazonas peruano; galgos en la nieve; alusiones a Google Earth, a Nicola Tesla…
–¿Te das cuenta de que todos viajan?–, apuntilla Miguel.
Cuando el veterano emprende sus análisis técnico-psicológicos, Saq tiende a desentenderse. La figura del saqueador erudito le enerva. Quizás él mismo lo sea, pero el anhelo de adornar una actividad obviamente delictiva con capas de exuberante conocimiento, le enerva. Sin embargo, esta vez agradece que su colega le señale una particularidad que no había percibido y por eso escucha cuando añade que “a este hombre no le avergüenzan sus fuentes: está lleno de homenajes. ¿Has visto el Salzillo? –Saq no se inmuta–. Salzillo fue un escultor hijo de escultor que estudió como pocos las formas anatómicas, las soluciones espaciales, los giros corporales”.
–Pues la gente de estos cuadros no es que se mueva mucho-, opone Saq.
–Y sin embargo, no dejan de moverse –responde Miguel, se le nota entusiasmado–. Para expresar actividad no necesitas contorsiones. La sutileza es otra cosa. Charris es un neometafísico, no te despistará con agitaciones inútiles. Él se presenta ante la inmensidad, y lo hace con calma, como si no hubiera otra opción. O como si esa fuera, al menos, la más conveniente. Estar. Observar. Intervenir lo justo y, en caso de hacerlo, que la acción desprenda verdad.
–Me gustaría ver en qué queda esa calma cuando hoy entre en casa–, dice Saq deslizando los prismáticos camisa arriba. Supera el cuello. Es ancho. La cabeza está cubierta por un pelo ya canoso y bien peinado. El rostro podría pertenecer a un nórdico de hombros un poco estrechos, o quizá se deba a la postura amedrentada, porque ese hombre está aferrando su morral como si temiera perder algo que quizá no sea un objeto.
–Es tan tranquilo como perturbador–, añade Miguel.
–Inquietante, diría.
–Ese es un atributo de lo desconocido. De la aventura. En ella se funda Charris, solo que esto –Miguel traza un semicírculo que abarca las obras desparramadas entre rocas, arbustos, troncos y vegetación alta– parece una síntesis de su fiebre. Aquí solo hay aventura. Por rara que sea, aventura. ¡Sí! ¡Aventura!
La excitación de Miguel molesta a Saq, incluso le parece ridícula. Ni siquiera congenia con su atuendo: en las películas, las personas vestidas así se comportan con comedimiento. Fija los prismáticos en la mirada del presunto explorador pintado. ¿Adónde apunta?
Así que lo que caracteriza a este saqueo es la aventura, piensa Saq. Así que ahora mismo soy propietario de un puñado de obras tocadas por la extrañeza y situadas en lugares remotos, lo que las convierte en aún más intrigantes, como si lo extraño se elevara a otra potencia. Sí, sin duda Charris ha viajado. Ha rodado, volado y navegado lo bastante para ofrecer algo distinto que, a su estilo sofisticado, encaja en este rincón salvaje. Existe una armonía en el conjunto. Pero, ¿cómo es posible esa armonía? Teníais que haber visto a Saq en plena locura agarrando marcos tan sin cálculo ni control que ahora le asusta la coherencia de su involuntaria selección. Como si su cabeza hubiera pensado sin querer. Como si el instinto evidenciara su lógica autónoma. Sabemos que el instinto actúa solo pero cuando avistamos hasta qué punto nos domina, nos dirige, podríamos hasta asustarnos.
–A veces resulta un poco grandilocuente–, dice Saq por restar grandilocuencia a sus propias conclusiones.
–Es un poeta.
–Ñe ñe ñe… un poeta, un poeta–, murmura Saq desplazando los prismáticos por una especie de vacío hasta lo que intuye como un ojo, si bien resulta tan des-proporcionadamente grande que descarta esa posibilidad. Regula la lente, abre plano, y comprueba que en efecto se trata de un ojo, solo que posee el tamaño de una cabeza. No entiende lo que está viendo de modo que baja los prismáticos, se impulsa hacia adelante y camina sobre la hierba, entre esculturas, cuadros y selva, hacia la obra. Ésta no la ha robado él, seguro que la recordaría. ¿La trajo Miguel? Pero Miguel no salió de la furgona, se limitó a ayudarle a cargar.
A medio metro comprueba que el ojo ES la cabeza que remata un cuerpo negroide. El aborigen con un ojo por cabeza está mostrando al hombre canoso otro ojo pintado en la roca por a saber qué ancestros suyos. El ojo-cabeza (que se encuentra entre el ojo dibujado en la roca y el explorador canoso) es el mejor ojo que Saq ha visto nunca. No porque la pintura resulte primorosa sino por lo que ha detonado en él. Saq ha visto otros ojos obra de Charris, de Damian Hirst; o el de Gilbert& George; distintas versiones de miradas perdidas; ojos de neón; graffiteados; abiertos; cerrados… pero este ojo reúne al resto explicando el paso del tiempo y su efecto en la creatividad humana.

Saq está asimilando la brillante originalidad de la propuesta. Como si pudiera ver a través del ojo-cabeza, se aproxima a centímetros de él y, emulando a cualquier vidente ante una bola de cristal, se asoma a la retina gigante. Ahí contempla una escena detenida en la que se reconoce a sí mismo derrengado contra una roca, rodeado de esculturas, en un claro de la selva. Miguel, unos pasos frente a él, completa la estampa que ambos protagonizaron minutos antes. Como si ese ojo los hubiera visto ya. Como si ellos no fueran más que formas retenidas por una mirada antigua.
Saq no quiere creer lo que ve porque pondría en duda su existencia como la siente: real. ¿Ese ojo insinúa que él está en la cabeza de un indígena de a saber qué culo del mundo? ¿Significa que está en la cabeza de Charris? ¿Significa que no es más que una parte de un cuadro, una simple pintura? No lo sabe ni lo quiere pensar, de modo que se aleja del maldito ojo y, forzando una sonrisa irónica, dice:
–Desde luego que con todo lo que tenemos aquí podríamos montar una expo impresionante.
–Una de aventuras–, propone Miguel.



Fuente:

Catálogo Una de aventuras. Fundación Cajamurcia, 2014.