Charris
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Cartagena, Roma, Cape Cod, Odessa…

1997

Bonet, Juan Manuel

Tanto Ángel Mateo Charris como Gonzalo Sicre pertenecen a una familia estética –la de El retorno del hijo pródigo, la de Muelle de Levante– que una y otra vez ha gustado de autorretratarse como neo-metafísica. Ambos residen en Cartagena, ciudad natal del primero, ciudad portuaria y ferroviaria y militar y fabril, ciudad que yo mismo he calificado hace algún tiempo de la más metafísica de España. Pese a la advocación chiriquiana, ninguno de los dos pintores, sin embargo, ha residido todavía en Roma, como ya ha sido el caso, gracias a la revitalización de nuestra Academia, de nada menos que cinco compañeros suyos de aventuras colectivas: María Gómez, Antonio Rojas, Manuel Sáez, Joël Mestre y Damián Flores. Ninguno de los dos ha hecho, tampoco un viaje a Italia del tipo del que allá condujo a un Dis Berlin becado por una de las primeras Muestras de Arte joven, utilizadas por otros para asomarse a metrópolis mas artistically correct, y por él en cambio para empaparse del arte italiano de todos los siglos, y de la pintura del ciclo del novecento, y también de los atardeceres de Corot, cuya sombra nos acompaña siempre, en Roma.
El viaje más importante realizado hasta la fecha por Charris y por Sicre no los ha conducido al Este, sino hacia el Oeste: hacia los Estados Unidos, un país ensoñado una y otra vez por el primero, receptivo, en el arranque de su carrera, al pop art de un James Rosenquist o un Ed Ruscha, y cuya memoria de gran devorador de cine aflora en sus paisajes de los desiertos del Far West, o en ciertas escenas suburbiales con motel y neón.
Hacia los Estados Unidos, si, se han encaminado, no hace mucho, Charris y Sicre. El destino que eligieron, concretamente, fue Cape Cod, una localidad de la Costa Este que cualquier amateur de pintura identifica con su más ilustre visitante, de finales de los años veinte en adelante: Edward Hopper, pintor relativamente local en vida, y hoy en cambio, cuando se cumple el trigésimo aniversario de su fallecimiento, universalmente reconocido.
Cape Cod como Norte, Hopper como faro. Sus propios escenarios, como reto. A Charris y a Sicre, como a bastante de sus compañeros hijos pródigos o muellistas, les fascina el pintor metafísico de House by the RailRoad (1925), de The Lighthouse at two Lights (1929), del muy simbolista Shakespeare at Dusk (1935) o del que tal vez sea su cuadro más emblemático, Early Sunday Morning (1930 también), una de las joyas de la colección del Whitney Museum. Amigos de los espacios desiertos, ya sean reales, ya sean imaginarios, y de los lugares naufragados donde todavía flota el aroma de otro tiempo, y de las ciudades viudas de la Historia, y de las sombras idas, los cartageneros miran al norteamericano como alguien que les precede por un camino poco frecuentado, y por el cual a él mismo le precedió Giorgio de Chirico: el camino de los enigmas cotidianos.
Al igual que les sucede al ya mencionado Damián Flores o a Marcelo Fuentes, Charris y Sicre saben laborar magistralmente en la tenue frontera que separa la figuración de carácter naturalista, de la metafísica. En esa frontera, resultaba inevitable un encuentro con Hopper, un pintor que los otros dos también consideran como punto de referencia fundamental, y que ha empujado al gran peatón de Valencia que es el segundo, a visitar Nueva York, y a incorporar a su obra algunas de sus perspectivas urbanas.
En el caso de Charris, hemos tenido ya numerosas ocasiones de tomar nota de su devoción hacia el pintor de Nyack. Están por una parte los homenajes explícitos: Hopper en los Alcázares (1991), Hopper en la Algameca (1993) o El joven Edward (1995). Pero están también en términos más indirectos, una visión del Sureste minero como La edad de oro, o una estampa rural y simbolista como El canto del grillo, ambas mostradas en su memorable exposición Republica de Cartagena (1995). Recordaré, a este respecto, lo que escribí en ABC a propósito de su exposición madrileña en 1992 en El Caballo de Troya: que cuanto más normales son sus imágenes, más nos inquietan. Tampoco ha faltado la referencia hopperiana en el trabajo de Sicre. Sin ir más lejos, ahí está el estupendo cuadro que este verano se alzó con el más importante de los premios que concede el Certamen de Pintura de Valdepeñas. Representa el interior de un chalet, contemplado desde el exterior, a la hora del crepúsculo, entre chien et loup. La atmosfera reinante es tan desasosegante como suelen serlo las del autor de Líneas aéreas aeromontaósas (1994). Sicre representa escenas normales… sólo en apariencia, como siempre supo hacerlo el norteamericano, y mencionaré de nuevo, en ese sentido, una visión de este último que ya aduje en otra ocasión a propósito del cartagenero, y rara donde las haya: People in the sun (1960).
Ahora que vamos a poder conocer los frutos del diálogo de Charris y Sicre con los paisajes de Hopper, pienso en el futuro. Estoy seguro de que ambos viajaran algún día, más pronto que tarde, a Roma, uno de los antídotos más seguros contra la Rareza del siglo (1994) diagnosticada por el primero en un cuadro que hace poco ingresó en la colección IVAM. Todavía más hacia el Este, tienen por lo demás pendiente otra expedición bastante más incierta y dificultosa: la que les conducirá hasta Odessa, tras los pasos de Alexander Deineka, el Hopper soviético.

© Juan Manuel Bonet



Fuente:

 En el libro Cape Cod / Cabo de Palos (Tras las huellas de Hopper). Blanco, Cartagena 1997.