Charris
Español

El vecino de Ed

1997

Mateo Charris, Ángel

El sol plateaba un mar ligeramente encrespado. Sobre las blancas arenas de Truro unos pescadores se esforzaban en sacarle partido a una mañana de octubre. Las gaviotas se acercaban intentando aprovechar el buen humor de los hombres. Uno de ellos le acercó un pez a Gonzalo y Paqui, que andaban por ahí curioseando, para que se lo dieran a alguno de los pájaros.
Desde las casas encaramadas en lo alto de las dunas se bajaba a la playa por serpentinas de madera. Las boyas y aparejos multicolores colgaban de las verjas y, aunque la mayoría de las casas estaban cerradas por el fin de la estación de vacaciones, el azul nórdico del cielo le daba un aire decididamente optimista al día.
Paseamos por la playa, recogiendo conchas y extraños caparazones, mientras tratábamos de reconocer la casa de Hopper. Veníamos de un país lejano, allá en el viejo mundo, tras los pasos de una sombra mítica. Su pequeña casa de madera, recordada en el blanco y negro de las fotografías de los catálogos –su estudio de verano– era uno de los faros de nuestra pintoresca peregrinación. Dos pintores: tres españoles y una cita con la imaginación hopperiana.
Las construcciones se parecían unas a otras. No encontrábamos la casa blanca, ni la chimenea roja, y las pistas nos llevaban de un lado a otro por caminos ondulantes entre las colinas, alejándonos de nuestro objetivo cuando más cerca creíamos estar de él. Los escasos turistas no parecían estar muy al tanto de pintura del siglo XX, y los lugareños no aclaraban nada la cuestión de por dónde acceder a nuestro Graceland particular.
Por fin un viejo, en una casa por la que habíamos pasado un buen puñado de veces, nos indicó el camino. El atardecer se filtraba entre los árboles. Las tumbonas, y una manguera derramándose en la hierba, le daban un aire extraño a la escena. No era el momento adecuado pero, tanto Gonzalo como yo, nos arrepentimos de no haber desenfundado la cámara en ese momento.
Cuando descubrimos la casa al final de una colina, las sombras ya empezaban a huir hacia el fondo de los valles. Los naranjas se tiznaban de oscuros y el aire leve del ocaso meneaba las briznas otoñales. Un camino trazado entre la hierba llevaba hasta unos sillones de madera solitarios.
Nos sentamos. Y el silencio se hizo entre nosotros.
Los siguientes días volvimos a la casa, a diferentes horas y con diferentes luces, como punto de reposo de nuestras correrías por el territorio.
Siempre que pasábamos ahí estaba el viejo, que había comenzado a resultarnos familiar. Se acercaba Halloween, y una de las veces lo pillamos encendiendo las velas de unas calabazas que acababa de tallar para la decoración de la entrada. La imagen era demasiado tentadora como para no bajar del coche.
Le pedimos permiso para tomar unas fotos y, muy amable, nos lo concedió. Al saber que éramos españoles pareció ponerse muy contento, y comenzó a hablarnos en un castellano más que aceptable.
–Mi segunda esposa era de Cádiz –dijo con un curioso deje andaluz.
–Yo nací en Cádiz –contestó Gonzalo, en lo que fue el preludio de una larga noche de conversaciones animadas y cervezas frías.
Hablamos de España, que conocía bastante bien –había sido militar en Rota– y de América, de Frank Sinatra y de flamenco, de los años dorados de la pesca de la ballena en estas costas y de los bohemios de Provincetown.
Estaba un tanto intrigado por nuestro interés con la casa del pintor y reconoció, en la distendida charla que proporciona el alcohol, que había estado a punto de llamar a la policía por si éramos alguno de los escasísimos cacos de la región.
Cuando le contamos nuestra admiración por el maestro de Nyack, y nuestra intención de hacer una exposición para homenajearle allá en España, se puso sentimental.
–Ed era el mejor. Se portó tan bien conmigo cuando yo era un chaval.
–¿Es cierto eso? –pregunté en un tono ciertamente excitado.
–Mi padre era carpintero en North Truro. Yo le ayudaba a hacer chapuzas, y varias veces fuimos a repararles la casa a los Hopper.
Era un gran tipo –dijo yéndose a la cocina a buscar algo.
–¡Esto lo tienes que sacar en el catálogo! –se apresuró a decir Gonzalo antes de que viniera Mr. Kent, que así se llamaba nuestro anfitrión.
–Pregúntale si tiene alguna foto de Hopper – comentó Paqui mientras el hombre entraba con una increíble tarta de chocolate.
–¿Fotos de Ed? Por supuesto. Ahora os las enseño.

El señor Kent apareció con una gran caja de lata llena de papeles. Empezó a rebuscar y encontró una foto en la que se veía muy jovencito junto un maduro Hopper. Sacó otra en la que los padres de Kent bromeaban junto a Jo y Edward, y otra en la que se veía al pintor en plena faena, abocetando lo que podía ser un estudio preliminar para Sun in an Empty Room.
Me extrañó no haber visto ninguna de aquellas instantáneas en los libros que hablan de la vida del artista.
–Alguna vez ha venido gente por aquí haciendo preguntas sobre los Hopper, pero esta caja era de mi madre y apareció hace escasos años en un estante del garaje. Los papeles son míos, y no se los pienso ceder a ningún listillo de esos de Columbia para que se lleve unos galones a mi costa.
–¿Los papeles? ¿Qué papeles? –pregunté intrigado.
–Los papeles. Los más antiguos me los daba cuando yo era niño para que dibujara por el dorso, siempre que no se enteraba la señora Hopper, claro.
Yo no salía de mi asombro. Me sentía como un arqueólogo al comenzar a desenterrar el dedo gordo de una esfinge: un subidón de adrenalina y todo el vértigo de la Historia.
–Éste está fechado en el 62.
En otros tiempos los artistas volvían la vista atrás para indagar en las raíces del continuo río del arte. Buscaban el nacimiento del Nilo y, aunque no llegaban a encontrarlo, siempre había algún afluente interesante en el que echar un trago.
Hubo viajes al clasicismo, y luego al Renacimiento, vasggios a Italia y, más tarde, a París. Hasta que acostumbraron por acostumbrarse a seguir el camino fácil. Ya no les interesaban los intrincados senderos en medio del bosque, de incierto destino y dudosa conveniencia. Preferían transitar la vía principal, suficientemente marcada por los pasos de cientos de viajeros que les habían precedido.
Pero un grupo de intrépidos aventureros decidió romper con aquel orden de cosas. Abrieron otros caminos, que muchos otros siguieron.
El tono alegórico parecía tener poco que ver con los escasos textos que yo conocía del pintor. Pero me fascinaba la forma en que las palabra de Hopper cobraban vida en los labios de Kent. Y si estos textos añadían más matices a lo que ya sabíamos de sus intenciones artísticas, aquel era un buen día para los fanáticos hopperianos.
Como todos comenzaron a adorar a estos pioneros del nuevo espíritu del siglo, que habían aireado las habitaciones enmohecidas y traído una brisa fresca, muchos decidieron hacer lo mismo que aquellos: lo importante era abrir un camino nuevo. Armados de picos y palas trazaron nuevas líneas en un mapa que cada vez se hacía más caótico.
Un día se dieron cuenta que no sabían para que servían las pistas que estaban construyendo tan trabajosamente, ni adónde querían ir por ellas, ni cómo había empezado todo este barullo. Se habían convertido en unos estupendos zapadores y se habían olvidado de todo lo demás.
Ahora todo está bastante complicado. El terreno parece una hoja de esparraguera, y hay que afinar mucho los sentidos, alquilar helicópteros y equivocarse de vez en cuando.
Pero si uno pone interés aún encuentra alguno de los cauces primigenios, una de esas fuentes capaces de insuflar valor al guerrero y vigor a los esqueletos.
No se trata de acomodarse a una nueva senda, ni de instalarse a acampar indefinidamente, sino de estudiar las muescas que dejaron en los árboles los viejos exploradores, descifrarlas y sentir el tiempo. No se trata de cavar, sino de encontrar las fuentes del lejano e inalcanzable Nilo azul o, al menos, de dejarse el pellejo en el empeño.
Los ojos se nos hacían cristalinas. La caja estaba repleta de papeles: un mundo inexplorado en el que perderse.
La creación es un mar en calma tras un naufragio. La neblina amarilla dibuja los objetos que flotan alrededor, a los que vamos agarrándonos para no hundirnos. Al principio asimos los más cercanos, hasta que, pasado un tiempo, comenzamos a interesarnos por cofres y trozos de barco más lejanos, que nos sirven mejor a nuestros propósitos de supervivencia.
Por ahí vemos pasar un barril oportuno o un mapa apetecible… Y algunos de estos objetos, que en un principio no nos parecen útiles ni necesarios, acaban siendo claves para la extravagante patera que tenemos que construirnos. De la calidad de los materiales que recopilemos dependerá el éxito de la agotadora travesía.
Siguieron horas de asombrosa escucha. Una borrachera de textos teóricos y apuntes biográficos. Estábamos convencidos que nuestra buena misión del día era convencer al señor kent para que diera a conocer su pequeño cofre del tesoro. Pero no parecía que estuviese interesado en hacernos el mínimo caso. Seguía leyendo aquellas hojas caligrafiadas cuidadosamente con la misma devoción con la que nosotros le escuchábamos.
De entre las especialidades circenses, se ha puesto de moda una de las relativamente más recientes: la de la doma de pulgas.
Se montan pequeños circos en los que los pequeños hércules compiten en fuerza y destreza arrastrando pesos muy superiores a su tamaño y, saltando de resorte en resorte, pasean por las diminutas cuerdas de su escenario. Yo soy el primero en admirar la tremenda destreza que supone entrenar a estos insectos, atarle los finísimos hilos de oro, y conseguir que hagan todas sus acrobacias. Sin embargo esta especialidad requiere una gran dosis de fe por parte del espectador, y probada honestidad de quién practica este oficio.
Es muy fácil para un vividor sin escrúpulos hacer que se muevan los resortes y las poleas del pequeño circo sin que su mérito tenga que ver con todo esto. El tamaño de las pulgas y las distancia de los espectadores permiten este tipo de fraudes.
No es bueno que paguen justos por pecadores, pero tampoco lo es que, por la supuesta novedad de este espectáculo, se menosprecien oficios más antiguos ni se minusvaloren profesionales más competentes.
Todo el mundo parece saber de equilibristas y payasos, de domadores de leones y de ilusionistas, lo cual inmediatamente los convierte en críticos y entendidos. Pero la profesión de domador de pulgas levanta exclamaciones papanatas de admiración, por encima de la calidad del espectáculo y del rigor profesional.
Los empresarios, al son del dinero, contratan todo tipo de espectáculos que incluyan pulgas y sólo los buenos espectadores del circo, los perennes visitantes de la grada de madera, parecen entender que la supervivencia de este Arte no depende de novedades ni de espectáculos televisivos sino del talento, del amor al oficio, de la disciplina y del trabajo de todos los componentes de la caravana, incluídos los domadores de pulgas.
–La verdad es que a veces no me entero de nada –dijo Gonzalo.
–Es un poco críptico en algunos párrafos, parece un jeroglífico.
El cansancio y las emociones empezaban a pasar factura. Cada vez entendía menos de lo que oía. Aunque, de vez en cuando, mister Kent apuntillaba con explicaciones que lo hacían parecer todo un experto en el tema.
–Sí, hombre. Se refiere a algunos de esos artistas conceptuales. Éste lo escribió hace poco. Creo que es para el próximo número de Reality.¿Hace poco? ¿Próximo número de una revista desaparecida hacía decadas? Algo empezaba a no encajar. Los tres nos miramos con extrañeza mientras el viejo recogía la caja con todos sus tesoros.
–¿Podría explicarme eso de que lo escribió hace poco? –le pregunté un poco inquieto.
–Sabía que no tenía que haber sacado los papeles –el hijo del carpintero de North Truro parecía deslizarse hacia territorio insondables.
Adoptando un aire misterioso nos hizo un ademán para que lo siguiéramos. Subimos al piso superior por una crujiente escalera. Las habitaciones a los lados del pasillo no tenían puertas, y un mundo oscuro se abría detrás de cada dintel. Al fin llegamos a una amplia habitación iluminada levemente.
–Aquí es donde los escribe.
El único mobiliario de la sala era una gran mesa redonda con incrustaciones, en un fino trabajo de marquetería, que representaba un alfabeto y unos símbolos esotéricos. Aquello tenía todo el aspecto de una ouija decimonónica, y el simpático ancianito se metamorfoseaba por momentos en un extraño ligeramente siniestro.
Las paredes eran verde oscuro, las lámparas se sustentaban con patas de vaca disecadas, y el papiro que hacía de pantalla era tan recio que apenas dejaba pasar la luz lo justo como para dibujar un vaquero en pleno rodeo. Empecé a recordar las calabazas de Halloween, pero, sobre todo, me venía a la mente el aparatoso cuchillo con el que las tallaba.
–Ponéos aquí. Aunque no sé si hoy querrá venir –dijo mientras nos sentaba empujándonos por los hombros con energía. Paqui se había dejado el color de su cara en el piso de abajo.
Mr. Kent apuró el whisky de su vaso y lo puso boca abajo en el centro de la mesa. Todo el mundo ha jugado a esto alguna vez en su adolescencia, pero no con un exmarine que recibe artículos de prensa desde el otro mundo con un fax de duralex.
Pusimos nuestros dedos en el vaso, más para no contrariar al medium de extraña voz que por otra cosa y, al poco, empezó a trazar caprichosas combinaciones en el tablero que aquel apuntaba en unos folios como los que ya habíamos visto.
I don’t know what my identity is. The critics give you an identity. And sometimes, even you give it a push.
Estaba convencido de que el que burdamente movía el vaso invocador era Kent, pero me seguía sorprendiendo su capacidad para hilar frases con sentido. De interpretar tan fidedignamente un personaje que debía habitar su retorcida estructura cerebral.
I believe that the great painters, with their intellect as master, have attempted to force this unwilling medium of paint and canvas into a record of their emotions. I find any disgression from this large aim leads me to boredom.
El oficiante se levantó bruscamente y el vaso siguió moviéndose. Lo achaqué a nuestros propios nervios que nos hacían la faena de continuar una rutina de palabras en inglés y dedos pegados a un vaso juguetón. Estábamos tan asustados que ni atendíamos a lo que iba componiendo. De pronto, se paró.
–¿Qué pasa? –dijo Paqui interrogando a Kent.
–Dice que os lleve mañana a Indian Neck, que os gustará. Mejor por la tarde, ya sabéis, cuando las luces empiezan a enrojecer.
Cogí el vaso y le di la vuelta. De la oscuridad de la noche nos llegó el grito de un pájaro solitario.