Charris
Español

Días en Volcanovia

2006

Mateo Charris, Ángel

De todos los destinos posibles, el de Volcanovia en vísperas de una gran erupción era uno de los menos apetecibles para los turistas. Este hecho y mi fascinación por la catástrofe y los paseos junto a los acantilados bastaron para que decidiera aceptar el reto y me citara a bailar una polka con mi suerte. Pero ¿qué equipaje se lleva a la tierra del fuego y la lava solidificada? ¿sudaderas de amianto? ¿zapatos de siete leguas?
Cuando llegó la invitación de la Universidad de Volcanovia para que diera una conferencia sobre mi obra, fue a parar inmediatamente al montón de los proyectos que nunca pensaba realizar. Y ello a pesar de la palmadita a mi vanidad que suponía que se fijaran en mí en un lugar tan remoto y desde un país que siempre me había producido una gran curiosidad. Todo el que me conoce sabe que detesto hablar en público, especialmente de mi trabajo, y que tampoco son santo de mi devoción las mesas redondas, los jurados, las entrevistas y todo esa parte circense del mundo del arte. Supongo que todo viene en parte por la inseguridad y también por la certeza de poseer un cerebro con un disco duro, del que no estoy especialmente descontento, pero con un procesador bastante lento. Cosas de la genética, supongo.
Pero días después, en una de esas noches de sueño remolón y tarrinas de helado, haciendo un barrido por los canales a golpe de mando a distancia, me encontré con lo que en ese momento me pareció una señal y que me ponía en el dilema de decidir entre mi corazón y mis fantasmas. Una gran columna de humo presidía las idas y venidas de grupos de viajeros en un aeropuerto en un informativo de Al Jazeera. Lo único que me quedaba claro era el lugar desde dónde emitía el reportero de la corbata indescriptible: Volcanovia.
¿Cuál era la novedad? Allí siempre están apareciendo volcanes y uno se sentiría realmente defraudado si en una visita al país no le enseñaran alguno de sus típicos ríos de lava.
Pero, varios canales más allá, otro informativo informaba de un inusual aumento de la actividad del subsuelo que presagiaba una colosal erupción que desconcertaba a los científicos. Las agencias de turismo de varios países estaban cancelando todos los viajes y se recomendaba a sus nacionales abandonar el país rápidamente.
Aquella noche soñé con el Dr. Atl, el admirado mexicano, que me llamaba desde la falda del Paracutín.
–¿Se puede saber dónde te habías metido? ¿Cómo carajo quieres que pinte una erupción sin amarillo de cadmio?.
Y yo no sabía cómo decirle que en la gran caja que traía, llena de todo lo que me había pedido, cera, copal, jabón, aceite de linaza, el único pigmento que faltaba era el amarillo de cadmio. Hacía un calor del demonio y una violenta explosión me dio tal susto que vine a dar con mis huesos y la caja en el suelo. Del estropicio de frascos y botes salió una masa viscosa por una rendija.
–Hmm! Me gustan esos tonos láguena. Chico, creo que ya tenemos otro atlcolor.
Y desperté creyendo notar el olor a los gases del volcán. 

Gerardo Murillo, Guadalajara 1875. Rebautizado Atl –agua en náhuatl–, doctor en filosofía, vulcanólogo, editor, revolucionario, geólogo y excéntrico, pintor y ahora también actor incorporado a la nómina de participantes en mis duermevelas.
En 1943 instaló un estudio al aire libre para no perderse nada del nacimiento del volcán Paricutín. Y más adelante intento crear una utópica ciudad cultural, Olinka, en el cráter de otro volcán cercano a Puebla.

En las ventanitas de google reconocí al enérgico anciano que me gritaba cariñosamente la noche anterior.

Los días siguientes estuve sopesando pros y contras, quebrantando principios e inventando excusas. Decidí que todas las normas estaban hechas para ser esquivadas de vez en cuando, más aún cuando hemos sido nosotros los legisladores de esa constitución.
Siempre podía ir por mi cuenta y olvidarme de la oferta universitaria, pero aunque digamos que no nos importan las opiniones de los demás, no es cierto, y decidí usar esta oportunidad como excusa ante familiares y amigos, como pasaporte de obligación y carrera, como salvoconducto de cordura en mi viaje a un destino que a todo el mundo le parecía una locura en estos momentos.
Recopilé en mi ordenador portátil todos los archivos fotográficos que tenía de mis obras y decidí emplear las horas del larguísimo trayecto en preparar alguna presentación improvisada que me sirviera para cumplir con mis anfitriones.
La primera vez que oí hablar de Volcanovia fue en el título de una obra de Carl Barks. Dicho así podría sonar a alguna oscura novela de algún autor de culto, o de algún tratado científico o de una guía de viajes, pero Aventura en Volcanovia era un volumen de la colección Dumbo donde los iconos de la factoría Disney campaban a sus anchas para regocijo de los niños de los setenta y beneficio de las arcas de la multinacional.
A Carl Barks nadie lo conoce pero ¿qué diríamos del tío Gilito, de Ungenio Tarconi, Narciso Bello, los sobrinos del Pato Donald, Juanito, Jorgito y Jaimito, y todo el universo mitológico de Patoburgo? Todos estos personajes salieron de la pluma del chico medio sordo que vivía en una granja solitaria entre Oregón y California, incluyendo los principales rasgos de la personalidad del pato más gruñón del mundo.
Aunque la historia original se publicó en 1947, a mis manos no llegó hasta su edición española de 1971, lluvia de maná en forma de tebeo que yo esperaba ansiosamente y que supongo que ayudó a deformar mi mente hasta los niveles en los que se encuentra en la actualidad.
Los trámites en el aeropuerto de Madrid se convirtieron en un fastidio a causa de un virus informático que había inutilizado en parte los ordenadores. Hermenéutica era el nombrecito de la epidemia, y en todos los telediarios se habían esforzado por explicar lo que significaba. Pensé que los pedantes ya estarían buscando un sustituto en su particular vocabulario ante el pánico que les creaba la popularización de un término.
Ya en el avión, el variopinto pasaje se acomodó en sus asientos, y tras los ejercicios de mímica de las azafatas y el sonido del desabrochar de los cinturones, consideré iniciado mi viaje al centro de la Tierra.
Los creadores de imágenes en estos tiempos ya sabemos lo que es ver pasar toda tu vida en unos segundos, tal vez unos minutos, como dicen los que han estado al borde de la muerte. Y hay quien ve una luz al final del túnel y quien ve un pozo oscuro y sin fondo, o tal vez ambas cosas a la vez según su estado de ánimo. Cualquiera suele tener fotos, catálogos archivos en jpg, que te hacen retroceder en el tiempo y tropezarte con tus escasos aciertos y tus innumerables errores. Dependiendo del día uno mismo puede ser su juez, su fiscal o su abogado defensor.
No conviene dramatizar o se corre el riesgo de perder una oreja.
Como ordenar una casa o limpiar un jardín. Seleccionar entre los cientos de obras producidas lo que mejor te represente. O lo que más confunda, o lo que te muestre más imperfecto o más volcánico o menos tonto, cualquiera sabe.
El avión se había adentrado por una intrincada trama de lagos y aguas serpenteantes y el reflejo del sol parecía desplazarse entre circunvoluciones cerebrales o por uno de esos crucigramas enrevesados en los que hay que encontrar una salida en el laberinto.
Intentaba hacer un powerpoint sobre mi trabajo y había decidido el criterio de selección: lo menos obvio, los caminos inciertos y las dudas. La azafata pareció entenderlo mejor que nadie:
–¿Pollo o ternera?
Y decididamente pensé que aquella nube se parecía a un pollo, o mejor aún, al gallo Claudio, eterno salvador del pequeño gavilán de mi infancia.
Recuerdo despertar de un profundo sueño con la batería del portátil agotada y un asistente de vuelo indicándome que incorporara el asiento y me abrochara el cinturón para realizar una escala técnica. Poco después estábamos en un aeropuerto militar repleto de aviones de combate y un movimiento que parecía presagiar tiempos tormentosos.
–No sabía que hubiera alguna guerra por esta zona.
–Y no la hay –me contestó mi vecina de asiento, una empresaria en misión comercial por la zona– ya sabe lo que dicen de Volcanovia: el país más pacífico…
–…de todo el Pacífico. Sí, venía en los papeles del visado en letras bien grandes.
–Pues parece cierto, lo que no quita que todos sus vecinos estén esperando la más mínima ocasión para entrar en acción: una fronterita por aquí, una salida al mar por allá. Pero no hay forma de provocar a estos volcanovianos. Cuando los conozca sabrá de qué le hablo. 

Empecé a hacerme una idea al poco de tomar tierra. La vista desde la ventanilla había sido todo lo impresionante que esperaba. Cientos de volcanes humeaban como en una caldera a punto de reventar y a lo lejos el gran Feroche amenazaba con una estrecha y oscurísima cuerda tendida al cielo.
No puedo negar que estaba algo nervioso y excitado. Pero para el personal del aeropuerto todo parecía ser de lo más tedioso.
La mala suerte, como supe luego, fue llegar a la hora de la siesta. Durante tres horas al día el país se paraliza y todo el mundo se tumba a reposar importándole poco la amenaza de la globalización y la falta de competitividad de sus empresas. A un país que se puede ir al garete en cualquier momento, y que pueden tragárselo las entrañas de la tierra a poco que a la diosa Pele se le hinchen las narices ¿qué le va a importar el Nasdaq o el índice Nikkei?
El caso es que cuando conseguí llegar al hotel, después de haber decidido dejar mi mentalidad occidental y europea en la consigna del aeropuerto, puse la CNN y el imperio americano naufragaba entre las olas del Katrina. Empecé a respetar un poco a estos redomados gandules y simpáticos vagos de remate, los volcanovianos.
Nadie de la Universidad había venido a recibirme, ni tampoco contestó nadie a mis llamadas de los dos siguientes días. Pero al tercero un educado mozalbete me pidió disculpas y me dio la agenda para mi estancia en la ciudad. En efecto ahí estaba la conferencia y un viaje al Museo Nacional que debía comentar con una clase de alumnos, pero las fechas, las horas y los lugares estaban sustituidos por una interrogación.
–¿Qué se supone que significa esto?
–Pues nada, aún hay algunas cosas por concretar. No se preocupe, de aquí a poquito le decimos.
Supongo que cualquiera en mi lugar se hubiera mosqueado algo, pero les recuerdo que mi conferencia y mi carrera académica me importaban un bledo así que decidí pasear por unas calle que en momentos me recordaban a una Valencia prefallera, solo que aquí los petardos eran pequeños volcanitos que aparecían en el asfalto y las aceras.
Según Tiki, el becario al que habían asignado la misión de acompañarme, yo estaba aquí con los fondos de un programa de colaboración con Naciones Unidas pero nadie sabía decirme porqué me habían elegido a mí. La música del azar, supongo, que al final es tan importante como el esfuerzo o el talento.
Cuando parecía que ya me habían adjudicado una fecha para mi charla, una lengua de lava se llevó por delante el salón de actos de la Universidad, así que tuve que esperar a que me asignaran otro lugar.
Aunque la sensación era la de estar en otro planeta, había un momento del día en que volvía a mi estudio y a mi mundo: cuando me conectaba a internet un ratito y descargaba el correo. Entonces se me abría una ventana a lo cotidiano, tanto que a veces retardaba este acercamiento para conseguir retener la sensación de extrañeza. Las comunicaciones acercan las distancias, pero no siempre apetece vivir en un planeta cada vez más pequeño: uno ya no tiene edad para ir de Principito.
Recibí un mensaje de Xesús Vázquez, con el que estaba manteniendo una correspondencia que iba a ser publicada en el catálogo de su exposición en el CGAC. En él me hablaba de las constantes dudas de todo pintor, incluso del gran Picasso preguntándole todo el tiempo a Françoise Gillot si creía que él era un gran artista.
Con un cielo asombrosamente púrpura asomándose a mi ventana le contesté:
El otro día le oí decir en un documental al fotógrafo David LaChapelle que tenía que intentar que cada nueva obra en la que trabajaba fuera maravillosa o, de lo contrario, todo el mundo se daría cuenta de lo malas que eran todas las anteriores. Supongo que el trabajar con un material tan inasible está en la base de la inseguridad de la mayoría de los creadores, más aún, de esa duda alucinada de la que, a veces, se extraen también materiales muy valiosos. Phillip-Lorca diCorcia decía en una entrevista: “La motivación más profunda de muchos artistas es evidentemente la que comparten todos: su enorme temor a ser unos fraudes.” Aunque esto supongo que tiene más que ver con la montaña rusa de las vanidades asociada al rol del artista dentro de la sociedad: prestigio, ranking, respeto y todo eso.
Pero es verdad que sirve de poco lo que te digan, aunque sea positivo, o lo que hayas conseguido en otras obras cuando lo que tienes es apenas una torpe encarnación de lo que ibas buscando, de algo que se atisba en algunas etapas de la creación de una obra (a menudo incluso antes de empezar a hacer ningún trazo) y que ni uno mismo sabe bien qué es, ni que forma tiene, ni a qué se parece: como perseguir a la gran ballena blanca por los siete mares sin saber muy bien que cosa será una ballena. Esa inquietud de la que hablas está en la base de este trabajo o esta aventura o como quieras llamarlo. Y cuando crees que ya tienes algo, que has atrapado lo que ibas buscando, te das cuenta que lo único que tienes es la piel de un animal deshuesado y que el alma de lo que sea se ha escapado hacia el territorio de niebla en el que hay que volver a entrar. Lo que presentamos al público como obras son apenas la documentación del viaje, el pobre botín que hemos conseguido arrebatar al monstruo.
En algunas partes del documental de Clouzot en el que se ve a Picasso pintando se ilustra bastante bien esta lucha, casi se ven los destellos, las posibilidades enredadas, una mente trabajando según un orden imposible de analizar por un ordenador (al menos de momento), los arrepentimientos inexplicables y la decisión de acabar algo ante la imposibilidad de llegar a una meta que no se conoce. En Picasso todo es excesivo, así que casi puedes ver lo cercano que están en él la cabeza y las manos, pero casi todos los pintores, con objetivos y procesos tan diferentes, me parece que nos podríamos reconocer en ese cerebro que pinta.
Y cualquier decisión tomada en el lienzo no es inocente y va a ser interpretada. Puede que de una forma inadecuada para las intenciones del artista pero en realidad ya da un poco igual. Como decía Oliverio Girondo: “A pesar de tener formas tan perfectas, mis ideas no tienen ningún inconveniente de acostarse con ustedes…”.
Una vez que acabo una obra tiendo a verla como parte del mundo de los objetos, no como una excrecencia de mi pensamiento y mi torpeza, no temo ser mal representado por ella. Puedo mirarla con cariño o con horror, como en las viejas fotografías de uno mismo, apenas recordatorios de una comedia vivida, como la instantánea de una obra de teatro: ¿qué puede quedar en ellas del espacio y el tiempo, o la emoción? Así que empiezan a ser otra cosa y a su vez puede provocar nuevas reacciones en otra gente, lo cual está bien.
Pero el caso es que no podemos dejar de preocuparnos por intentar explicar y justificar nuestras intenciones, ya sea con el título o en conversaciones como ésta. Supongo que el terror al malentendido viene de lo fácil que nosotros sabemos que es confundir a un buen domador de pulgas con un farsante, de cómo es bastante simple hacer que pintura extendida de una forma determinada en una superficie plana parezca un cuadro.

Me levantaba temprano por las mañanas y salía con Pancho, un taxista que había estado viviendo un par de años en Extremadura, a visitar los alrededores de la capital. Un par de veces fuimos a visitar unos valles más lejanos y no era extraño ver aparecer volcanes en una playa, o no ver un lago que recordabas haber visto semanas antes. A veces me venía a la memoria José María Velasco y otras Nicholas Roerich o el Dr. Atl, pero siempre veía pintura a chorros saliendo por los cráteres, energía pura derramándose por un mundo necesitado de nueva savia, aunque a veces fuese de una forma violenta y compulsiva.
Llegó un momento que me di cuenta que nunca iba a dar la conferencia, pero lo cierto es que había ido conociendo a casi todos los estudiantes de arte de la pequeña Universidad, les había enseñado mis imágenes y habíamos hablado del acto creador y de la vida, con lo que la parte didáctica de mi visita la consideraba cumplida. Por otra parte empezaba a estar harto de frijoles con papas y lo exótico empezaba a volverse tan familiar ante mis ojos como mi barrio.
–Pero no puedes perderte las fiestas del baile de trajes– me recomendaban Tiki y sus amigos.
Así que decidí quedarme a las celebraciones de la fiesta nacional de Volcanovia, en las que se conmemoraba el único día que, según la tradición, no había habido ninguna erupción en todo el país, allá por 1873.
Me busqué un atuendo lo suficientemente decimonónico para ese día en el que todo el mundo se vestía de época, se bebían licores y se bailaba hasta el amanecer.
Mientras esperaba a que me recogieran me vino a la cabeza uno de los capítulos de la Travesía por la incertidumbre de Estrella de Diego. ¿No hablaba también de un cuadro con un personaje, tal vez Nelson, o a lo mejor era el tipo al que le puso los cuernos, en una habitación como ésta, con un atuendo igualmente de otra época y otra historia alrededor de un volcán? La mía también era una travesía por la incertidumbre. ¿No lo son acaso todas?.
Haré un cuadro con este momento, me dije, aunque enseguida me tacharán de anacrónico.
Y sin embargo ¿qué es un siglo y pico? Apenas nada, pura broma. ¿Alguien se ha percatado desde nuestro tiempo que Friedrich pintaba a sus personajes con una indumentaria que había dejado de utilizarse muchas décadas atrás? Los cincuenta, los sesenta, la moda del año pasado, el neo y el post, las temporadas… medidas tan exactas como el poquito y la miaja.
Los fuegos artificiales eran el preludio al gran baile del Zoco. Un maravilloso castillo rivalizaba con los caprichos de los volcanes. El ritmo que habían impuesto los pirotécnicos era armonioso y endiabladamente preciso, todo conducía a la gran traca mayor. Y en verdad que resultó apoteósica. El mayor estruendo que nunca había oído calló a todo el mundo y del silencio nació un atronador aplauso.
Pero las caras de los técnicos parecían decir que algo raro estaba pasando.
A la anterior explosión siguió otra aún mayor y todo el mundo se giró al darse cuenta que el que rugía era el gran Feroche que parecía querer apuntarse a la fiesta. La gran erupción tan largamente anunciada parecía haber presentado su tarjeta de visita.
Me estremecí como una bolsa de papas arrugada.
Pero lo que siguió tiene una difícil explicación. En cualquier producción hollywoodiense de catástrofes, las multitudes se hubieran precipitado en un tumulto apocalíptico, desperdigándose por las cuatro esquinas de la plaza y arrasando con todo lo que pillaran por delante. Pero no en Volcanovia.
La música empezó a sonar y la gente a bailar con ella. Empezaron a destaparse las botellas de champán y licor de mango, de ron y de cerveza fría y las risas casi conseguían acallar los zambombazos.
Los temblores hacían que algunas parejas cambiaran de acompañante en algunos de los achuchones, pero nadie trató de escaparse a su destino, cualquiera que fuese.
El sol apareció entre los ecos adormecidos de la fiesta y con él vino una lluvia de cenizas que mansamente tapaba los cuerpos de los borrachos que dormían y se colaba en los interiores de las tubas y los trombones. 

...

–¿Para qué sirven los viajes? ¿Somos capaces de decodificar los mensajes que nos lanza el camino o sólo volvemos a nuestra casa con más cachivaches, algún nuevo escenario para nuestros sueños y unos cuantos talones para gastarlos en vida social?
El viejecito filosofaba en voz alta mientras engullíamos la comida plastificada que servían las líneas aéreas volcanovianas.
Con toda la paciencia del mundo, le había explicado a un profano, como era yo, los secretos para aumentar la productividad de las abejas introduciendo dos reinas en la misma colmena según un método de su invención.
Desde las alturas las grandes extensiones despobladas me hacían pensar en lo absurdo de las teorías que dicen que en la tierra sobra tanta gente. Como en otros viajes en los que había sobrevolado Siberia o el Sahara, la sensación era la de estar en una época extraña, un lugar perdido entre el pasado y el futuro, y que, por mucho que lo intente, el hombre nunca podrá cargarse el planeta, que apenas somos hormigas arañando la piel de un elefante. Opinión ésta que no debería servir de coartada para toda clase de desmanes, claro.
–¿Quieres mi col de Bruselas? –me dijo el señor mientras colocaba la verdura en mi bandeja sin esperar respuesta– Es que me da gases.
Una explicación como otra, pensaba yo, para la intensa actividad volcánica del país: mitología aplicada y sabiduría popular.
El sol de la tarde iluminaba los rastros de las fumatas que se fundían con las nubes en una gran fiesta multicoloreada. Los cúmulos flirteaban con los cirros mientras los estratocúmulos se enrollaban con los gases sulfurosos de los volcanes.
Dije adiós a la lava, consciente de que en unos cuantos miles de años, apenas un grano en el gran reloj de arena del tiempo, este terreno convulso sería un fértil vergel que daría leche y miel.