Charris
Español

Estilo de vida

2003

Mateo Charris, Ángel

I. Cuentan que Nicolas Poussin planteaba unos pequeños escenarios con figuritas de cera como modelo preparatorio para las precisas composiciones que le convirtieron en uno de los grandes de la historia del Arte.
Arcadias, olimpos y parnasos, grandes escenas bíblicas e históricas, partían  de un mundo creado en miniatura que le servía  de semilla y gérmen.
No se han conservado ninguna de estos teatros del alma del pintor, pero me encanta imaginar al gran artista jugando con sus pequeños dioses, sus sabinas y héroes de juguete, recreando una Antigüedad que cabría  en una caja de herramientas.
Jugando a algo mucho más letal, los generales color sepia de los documentales manejaban  soldaditos y armamentos por territorios de cartón piedra, decidiendo el destino de miles de vidas en cada desplazamiento  de los frentes: un claro caso de identificación del sujeto por el objeto inanimado, algo de lo que saben mucho los hechiceros haitianos del vudú. Suplantación y representación: una constante en toda la historia de la humanidad que se recrea en forma de fetiches y amuletos, de estatuas, pinochos y santos de múltiples procedencias.
Y a veces  estas simulaciones se convierten  en parte importante del proceso artístico,  ya sea como instrumento, como ocurre en los teatros de sombras y marionetas, o como modelo –surrealistas y metafísicos, por poner un ejemplo, inundaron sus obras de maniquíes y autómatas, y Picasso, un gepetto menos inocente, transformó a unas máscaras africanas en putas de un burdel de la calle Aviñón.
La alemana Karin Sander, desde una perspectiva  mucho más contemporánea, transforma a los espectadores, previo escaneo tridimensional,  en obras de arte, al reproducirlos en figuras a una escala reducida
Escenógrafos y arquitectos usan también maquetas como referentes para su trabajo, como campo de ensayo, sin ser conscientes de que no se puede crear un mundo, por pequeño que sea,  y esperar que no pase nada en él.
Virginia Bernal utiliza elementos de algunos de los oficios nombrados, dibujando en el papel –o en la pantalla– con figuras y planos iluminados, rayando con cochecitos  y árboles, coloreando de algodón y estampados, haciéndose la ilusión de que es ella la que insufla vida a esos personajes atareados con sombrero y gabardina, cuando es posible que suceda al contrario. En el perverso juego del ventrílocuo  y el muñeco uno acaba no sabiendo quién es el que maneja las riendas. 

 

II. Virginia había confinado a sus liliputienses a un universo cian o gris, sugerente y monocromático, pero insuficiente a los ojos de sus pequeñas creaciones.
Una noche de febrero, despejada y fría como una lápida sin grabar, hubo una reunión en el estudio de la calle San Fernando. De cajas y estanterías,  de material de diorama y revistas ilustradas, fueron llegando personajes a una gran plaza iluminada bajo la luz del flexo.
Un hombrecillo invernal –un pequeño Pessoa– escoltado por un par de soldados finlandeses, uno de ellos mutilado de su brazo derecho, se dirigió a la concurrencia.
–Hay algo en lo que estaremos todos de acuerdo.
Todos asentían anticipando en sus labios la consigna que esperaban escuchar.
–Tenemos que cambiar nuestro estilo de vida. – dijo el hombre en un tono indiferente y alejado de la habitual carga incendiaria de otros oradores.
Cada uno de los que escuchaban había  esperado oír otra frase, pero después de recapacitar,  rodeados de un silencio prehistórico, decidieron que aquello era otra forma de decirlo.
Un gran aplauso despertó a las cucarachas de la cocina.
–¡Tenemos que cambiar nuestro estilo de vida!
Y empezaron a montar la ciudad presentida,  ladrillo amarillo a ladrillo amarillo, con pegamento Imedio y unas tijeras de cortar sueños.
El alba sorprendió a una multitud con agujetas de plástico y una sonrisa en technicolor.
Cuando Virginia entró al estudio, nada había cambiado pero todo era diferente.

 

III. Al hombre de los ojos de cielo se le metió una nube en el ojo y fue a consultarle a su amigo el farero.
–Si todo es como quería que fuera, ¿por qué siguen ahí los caminos escarlatas?
El farero se encogió de hombros limitándose a formar un anillo de humo gris con su pipa.
–He sacado la avioneta del hangar.
El viejo sonrió y se incorporó para interrogar al horizonte. Le pareció que aquel día había un nuevo y maravilloso gris que no había visto en todos sus años de observación. Saco un gran cuaderno y lo inscribió en el gran inventario de grises de su vida, millones de ellos primorosamente anotados y clasificados. Decidió llamarlo Gris Escarlata  Tímido.
Aquella noche el aviador se fue a dormir con su nube en el ojo y un cascabel en el alma. Soñó en colores por primera vez en su vida, o eso creía  recordar. La ciudad brillaba en un acorde armónico. Los niños iban al colegio, la gente paseaba por el parque y en cada esquina el mundo se reinventaba constantemente.  Nada de particular.
Al alejarse en su avioneta se dio cuenta que la ciudad se levantaba  sobre una nube. Una nube que salía de su ojo. Y sabía que, si se alejaba lo suficiente, se vería  como el perplejo y feliz habitante de otra nube que se escapaba de su otro ojo.

 

IV. En las últimas obras que me enseñó Virginia las figuras que le habían servido como modelo visitaban la maqueta de la exposición de la que eran partícipes.
Como en el juego de los espejos infinitamente multiplicados, nunca sabremos si todos los reflejos piensan, como nosotros, que son los auténticos. Por curiosidad tomé una caja de figuras con las que la artista solía trabajar,  de las que normalmente se utilizan para maquetas ferroviarias o modelos de arquitectura. Me fijé en que estaban hechas en Francia, en una pequeña ciudad normanda –Les Andelys– donde, varios siglos atrás, había nacido el gran Nicolás Poussin.