Charris
Español

Prólogo y epílogo

2007

Mateo Charris, Ángel

PRÓLOGO

–Un prólogo es un prólogo. ¿Dónde está el problema?
–Es que no sé cómo enfocarlo.
–Dios santo –dijo el viejo profesor– La educación está cada vez peor. En mis tiempos aún sabíamos lo que  era el final y lo que era el principio.

Las piedras de la vetusta universidad habían escuchado esas o parecidas palabras durante siglos. A mediados del XXII, los cueros y repujados de los sillones y los lomos de los libros antiguos en las estanterías eran lo poco que quedaba intacto del Departamento de Estudios Literarios, fundado décadas antes, pero que mantenía aún alto el estandarte de hueso de todas las disciplinas universitarias del claustro. El profesor Rodríguez, cerca ya de su jubilación, incumplía la regla general no escrita que decía que cuando uno de estos cascarrabias se retiraba solía aflojar el pedal y facilitaba un poco las cosas a los estudiantes del último curso de la especialidad. Pacheco ya se había dado cuenta que, ni en sus últimos estertores, el anciano iba a ponérselo fácil. Le había costado mucho trabajo proponer un tema que resultara adecuado a los estrictos parámetros en los que se movía aquel: el superespecializado mundo de la superespecializada universidad de su tiempo. Literatura Escrita por Artistas II se subdividía en montones de especialidades y la amplia bibliografía generada por estos estudios ocupaba un buen puñado de gigagigas en el espacio virtual de la red. Después de proponer decenas de posibilidades Rodríguez había aceptado su última propuesta: el estudio de los textos escritos por un oscuro pintor español a caballo entre los siglos XX y XXI, Ángel Mateo Charris. Pacheco descubrió un brillito en los ojos de su maestro, la curiosidad despertada en una mente que se no resignaba a perderla, la llama de la eterna hambre de conocimientos del viejo profesor.
–No sé quién es ese tipo, lo cual ya lo convierte en un tema interesante –había dicho y así Pacheco pudo respirar aliviado.
Aunque sabía que eso sólo era el principio del principio: el prólogo.
Había conseguido recoger suficientes textos del artista de entre polvorientos catálogos y libros de la Biblioteca Impresa Nacional y algunos otros que todavía circulaban por la red. Charris solía escribir textos en casi todos sus catálogos, pero también en los de muchos de sus amigos. La cosecha era abundante. Los había de todo tipo de registros, de lo cómico a lo serio, de lo surrealista y extravagante a lo melodramático y sentimental, textos que analizaban las obras y cuentecillos que se iban por los cerros de Úbeda. En general guardaban relación con las imágenes que aparecían en los catálogos, pero de forma muy tangencial. Más bien recreaban el espíritu de las exposiciones, le ponían banda sonora a las obras o jugaban a despistar para intentar dar una clave más certera de sus intenciones o de las del artista aludido. De entre toda su producción, decidieron escoger, para el trabajo del alumno, los textos que tenían un componente más literario –casi siempre pequeños cuentos o prosas breves– desechando las que aludían más directamente a las obras y a sus autores. El pintor, nacido en la mediterránea Cartagena, había escogido un tono entre parábola y acertijo para expresar sus intereses artísticos a través de la palabra.
–Señor Rodríguez ¿no le parece que no intenta explicar su producción sino abrirla a más interpretaciones? –dijo el alumno intentando hacerse el interesante.
–Vaya, señor Perogrullo. Después de todos estos años de estudio parece que una de sus neuronas intenta comunicarse con otra. Lástima que aún no parezcan hablar el mismo idioma. Amigo Pacheco, espero que se le ocurran cosas más interesantes o hará que se duerman todos y cada uno de los miembros del tribunal examinador.
Aunque Rodríguez aplicaba el arte del mandoble para educar a sus alumnos, había conseguido que muchos de ellos dieran el máximo de sus posibilidades. No era fácil que el viejo te admitiera como tutor para tus trabajos y había que tener suficientes agallas como para aguantar sus exigencias durante meses, pero si llegabas al final te asegurabas un buen trabajo y también una buena disciplina para la batalla sin escrúpulos que esperaba en la vida después de la burbuja universitaria: el mundo real.
Un pequeño aerobus surcó el cielo junto a la torre de la capilla.
–Mire, si no va usted a tomar interés, tal vez le convenga acabar la carrera en una de esas pequeñas universidades perdidas al otro lado de la galaxia.
–No se preocupe, señor Rodríguez, no pienso escatimar esfuerzos.
–Más le vale Pacheco, el tiempo se escurre entre los dedos como arena fina. Y cuando menos se lo espere, estará usted haciendo las cosas por última vez, por ejemplo intentando pellizcar el cerebro de su último alumno.
–Entiendo, señor Rodríguez.
–…el último alumno. Pacheco, se va usted a enterar. Quiero todo lo que le he pedido antes del viernes. Empecemos por orden cronológico, tal vez con La Creación o Greguerías al Óleo.
El alumno empezó a recoger sus cosas y observó como Rodríguez se perdía en la misma lejanía que miraba por la ventana. Su cuerpo estaba allí, pero su mente seguía la cola del aerobús hasta alguna estrella desconocida. En medio de la bruma dorada, el anciano parecía dispuesto a esfumarse como un holograma. Desde algún rincón de la tarde, un instrumento de viento ensayaba el Gaudeamus Igitur.

 

EPÍLOGO

 

El profesor Rodríguez rumiaba su melancolía junto a los cuadraditos de vidrio del ventanal. El sol le ayudaba a secar sus pensamientos, tan enfrascados últimamente en el paso del tiempo y la vida gastada. Aunque quisiera evadirse de ello, todo le hacía volver a lo mismo, desde los preparativos para sus homenajes y cenas de despedida, hasta las conspiraciones de salón que había empezado a ver a su alrededor para conseguir su cátedra, o a los planes para mudarse a una casa más pequeña y tranquila donde pasar sus últimos días, porque aquello ya empezaba a ser el final, una estación término que no prometía nuevos destinos, sino una larga provincia de tedio y decadencia.
Los años del pasado se agrupaban a su izquierda en un gran montón de capas coloreadas, mientras que el futuro apenas eran unos cuantos bloques al fondo a su derecha. Y es que Rodríguez era sinestésico, una de esas peculiaridades neurológicas que hace que los afectados entremezclen sus sentidos y asocien números a colores, o palabras a formas geométricas, que vean sonidos, o sientan el tacto de los sabores. Otra rareza más del profesor que toda su vida se había encargado de ocultar; aunque normalmente los que padecen la sinestesia disfrutan la mayor parte de las veces con esta peculiaridad, Rodríguez pensó que ya era lo suficientemente especial como para no sentirse aún más alejado del resto de los mortales.
Llamaron a la puerta y cuando entró Pacheco la habitación volvió a tiznarse de azul.
–¿Puedo hacerle una pregunta? –se atrevió el alumno intimidado.
–Adelante, Pacheco. O no acabará usted de irse nunca.
–He visto que Charris manda a algunos de sus personajes a una ciudad llamada Benidorm. Y me salen unas cuantas en Sudamérica ¿sabría decirme cual podría ser?
Y al nombrar la palabra –Benidorm– la boca del profesor se llenó de sabor a helado de chocolate.
–Sin duda se refiere a la ciudad costera desaparecida cuando la subida de las aguas de hace décadas. Era algo así como un centro de ocio, parecido a nuestro Geriatris, en la constelación de la Hormiga.
–Entiendo…¿puede hacerle otra pregunta?
–Si me pide usted permiso cada vez, me hace dos preguntas en lugar de una –Rodríguez mantenía su postura de picajoso más por mantener su reputación que por otra cosa, ya que le caía bastante bien el chico. No es que le recordara a él ni esas monsergas, pero se habían encontrado en uno de esos nudos de la historia de las personas, cuando para ambos acababa una etapa y empezaba otra abierta a lo desconocido.
–¿Cree que tengo algo de talento, que podré hacer algo cuando acabe? Usted ha visto mi expediente y no es gran cosa. ¿Por qué me escogió a mi frente a otros tipos más preparados?.
–¡Ay, Pacheco! Usted lo que quiere es una palmadita en la espalda y eso lo guardo para el final, si es que se lo merece, junto a la patada en el culo – pero despertó una sonrisa en el anciano. Se negaba a decirle que a estas alturas de su carrera había educado un fino olfato para detectar los cerebros despiertos entre la liga de los empollones despiadados y los inteligentes competitivos, y disfrutaba recogiendo algún trébol de cuatro hojas entre la maraña del bosque. Pacheco era, en este caso, un trébol azul. Tampoco quería decirle que seguramente no valdría para nada de lo que se estaba preparando, pero que tenía un indudable talento para la escritura, que él pensaba potenciar y mimar en estos meses, hasta hacer que fuera el propio alumno el que se diera cuenta, intentando obviar un papel de pigmalión que le incomodaba, sembrando sencillamente la semilla que el otro habría de hacer germinar.
–De momento ya puede usted meterse en la mina de ese pintor y de sus textos, y a ver qué encuentra: oro, plata o blenda. Y de paso que yo le vea los callos en sus manos de tanto picar.
El estudiante pensó que tal vez era un pico lo que le hacía falta para romper el hielo entre ellos dos. En el cielo azul se insinuaba la luna.
Luna diurna
abanicos las alas
de las cigarras.

Durante semanas Pacheco fue desbrozando los textos del artista, descartando unos y analizando otros, y había sentido la necesidad de asociar las propias imágenes del artista a sus palabras, las barajaba de forma caprichosa, presintiendo algunas veces un orden interno entre las diferentes piezas o renegando otras de las paparruchadas del pintor.
Había necesitado imprimir y pinchar en sus paredes los dibujos y pinturas de Charris, las fotos de Cartagena, oír la música de la época, comer los platos de los que el otro hablaba. Una inmersión que estaba yendo más allá del puro interés académico: estaba reconstruyendo un mundo.
Rodríguez había visto los avances de Pacheco, y los había alentado a base de pescozones y zanahorias, y se daba cuenta de que al reedificar ese universo estaba creando el suyo propio. El alumno empezaba a saber quién quería ser.
Pero ¿Y Rodríguez? Estaba a años luz de la persona que una vez había imaginado que sería. Pero no era cuestión de darse cabezazos contra su biografía. Era otro, y esa aventura había acabado por ser tan interesante como la que tenía prevista. Los viajes se saben dónde empiezan pero no dónde acaban.
El paseo de aquella mañana lo había llevado hasta la puerta del piso de estudiantes donde vivía Pacheco. Cuando el alumno lo vio aparecer se le petrificó la melodía que canturreaba en la garganta.
–Bueno, ¿me va usted a invitar a que pase?
–Por supuesto señor Rodríguez, es que no me esperaba verlo por aquí. ¿Cómo ha sabido dónde…?
–¿Se le olvida que soy su tutor y que tengo su ficha? Lástima de dinero que están gastando sus padres– El profesor se acomodó en un sillón apartando folios y fotocopias en el desorden habitual de las últimas semanas.
–Vengo a traerle una cosa y a darle una noticia.
Pacheco no salía de su asombro pero acertó a ofrecerle un té al anciano. Resultó ser un Darjeeling de buena cosecha, algo que impresionó gratamente a Rodríguez, que jamás hubiera pensado que el jovenzuelo tuviera alguna idea de las cualidades del té y menos que fuera a tomar uno de esas infusiones que le hacen a uno sentirse mejor persona, fuerte y confiado, como decía Aldous Huxley.
–Compré esto para usted en eBay –y le tendió una carpetita toscamente empaquetada.
Al abrirlo Pacheco reconoció un pequeño dibujo de Charris, con una tortuga de la que nace una cabeza de orquídeas.
–Señor Rodríguez, esto es demasiado.
–Lo sé, soy la pera, pero ahórrese el baboseo. Me apetecía regalárselo y ya está.
El alumno sonreía extrañado del comportamiento del profesor, pero ya intuía que el cascarrabias guardaba un corazoncito humano debajo del caparazón.
–Y ahora vengo a decirte que me voy. Me largo.
–¿Cómo que se va? Ya sé que se va cuando acabe el curso.
–No amigo, me voy esta tarde mismo. –Rodríguez se sirvió otro té– He decidido que no pienso aguantar todas esas tonterías de despedidas y agradecimientos más o menos sinceros. He aceptado una plaza en una de esas pequeñas universidades perdidas al otro lado de la galaxia. Una en la que no te preguntan la edad, mientras no chochees demasiado, y en la que vas todo el día con camisas hawaianas y bermudas.
A Pacheco se le hacía imposible imaginar al taciturno profesor Rodríguez usando camisas de flores, pero todo era muy raro esa mañana. En parte le divertía la escena, pero también veía peligrar su trabajo de todos estos meses por los desvaríos de un viejo al que se le iba la pinza.
–Y como estará usted sufriendo por su futuro, le diré que ya le he preparado un informe sobre su trabajo a mi sustituto, que con seguridad será Azcarreta, así que me temo que puede ir esperando una buena nota. ¿Sabe una cosa Pacheco? Cuando pienso en su futuro lo veo en azul violáceo, pero cuando pienso en el mío, lo veo verde cantarín.
Lo que podía ser una imagen poética al alumno le resultó muy familiar.
–Para mí, mi futuro es pistacho y el suyo naranja ácida. –contestó Pacheco, un tanto sorprendido.
–¿Así que usted también..?
–Soy sinestésico.
Las casualidades jugueteaban en un prado de margaritas y amapolas entre el centeno.
Rodríguez pensaba en que tampoco se veía con aquellas camisas vistosas ni gastando sus últimos años en ejercicios gimnásticos en la playa, pero estaba orgulloso de atreverse a tomar decisiones, equivocadas o no, de tener la sensación de llevar el timón aún en contra de un mar incierto.
–Cuando pienso en el té me vienen a la cabeza círculos de colores, naranjas, rojos y malvas.
–¡A mí también! Aunque no malvas.
–¿Sabe una cosa Rodríguez? – preguntó el alumno en un tono familiar.
–Señor Rodríguez, si no le importa, no vaya a ser que aún cambie de opinión.
–Perdón.
–Adelante, adelante –acució el anciano retomando su actitud engolada.
–Haciendo este trabajo me he preguntado muchas veces si el pintor no tendría también sinestesia.
–¿El pintor?
–Charris.
Y la pregunta se enredó en el aroma de la tarde, se metió en la tetera y fue a unirse a los acordes de un oud, el instrumento árabe que jugueteaba entre los silencios y las voces. El presente y el futuro no dejaban hablar al pasado. El calor de la primavera hizo cantar a una cigarra.