Charris
Español

Pintar

2009

Mateo Charris, Ángel

Podría hablar de mis problemas con la pintura como Robert Crumb hablaba de sus problemas con las mujeres: dónde aquel quería acostarse con cualquier mujer con la que se cruzaba por la calle a mí me gustaría pintar no casi todo lo que veo (cosa para la que me bastaría una cámara) sino también todo lo que siento, lo que sospecho, lo que temo, lo que me divierte y lo que me intriga. Y supongo que el considerarlo problema viene más de la imposibilidad de la plena realización del deseo (como le pasaría a cualquier otro de  los medios visuales) que del hecho que su materialización sea esa sustancia, generalmente oleosa en mi caso,  que se viene utilizando desde hace siglos. Uno no puede elegir sus obsesiones, aunque puede intentar reprimirlas pero sería estúpido hacerlo en base a las convenciones de la moda, las tendencias o los augurios de los hechiceros de la tribu. Los procesos por los que una idea se convierte en algo material tienen algo que ver con los procesos físicos de la ebullición, la condensación, la licuefacción, la congelación, y, como yo lo veo, una materia líquida que –solidificándose- puede llegar a convertirse en un generador de emociones es el medio que mejor sirve a sus propósitos. Y lo que ha hecho grande a este medio en el tiempo –inmediatez, flexibilidad, durabilidad, transportabilidad, universalidad, fisicidad, multiplicidad, sostenibilidad incluso (si a uno le apetece un poco de namedropping)– sigue siendo lo que la hace importante hoy.  Más allá de la forma que adopte en cada mano, o en cada superficie, la pintura es infinitamente superior (como ya dedujo el viejo Leonardo hace siglos) al resto de medios artísticos antiguos o modernos. Otra cosa es que el talento de cada uno haga con esa maravilla algo aceptable o directamente basura.
He empezado hablando de mis problemas con la pintura, que los hay y muchos, pero no creo que la pintura tenga ningún problema con nadie, ni que necesite ser defendida de nada. Los pintores, buscando eternamente dragones a los que matar para ganarnos los favores de la princesa, solemos tender a dar excusas no pedidas.  A la pintura –tierra, agua, fuego a veces– le perturban poco las batallitas de las hormigas o las cosquillas de los topos haciendo su madriguera, porque sabe que el presente sólo es un arañazo en la piel de un elefante.
Si cogemos el rábano por las hojas podemos hablar de la pintura con el nombre de cada hojita –figuración, abstracción, neonosequé, postnosecuanto– pero sería como coger las partes por el todo, un todo que no se acaba aunque nos atranquemos en la capacidad de formular nuevos nombres y de inventar nuevas apariencias. Cada gota de color –pongamos azul– derramándose  es un milagro y ¿a quién le apetecen los fuegos artificiales cuando se puede contemplar una coreografía de luciérnagas?