Charris
Español

Surrealista desde siempre

2007

Mateo Charris, Ángel

Hay algo más importante que la lógica: es la imaginación.
Alfred Hitchcock.

Tomás Mendoza es surrealista desde siempre. Y cuando digo siempre quiero decir desde todos los ahoras anteriores a éste mismo. Surrealista antes de que Bretón descubriera el mojo picón en Canarias, desde antes que don Salvador Dalí realizara una arriesgada pirueta en el vientre de su madre y de que El Bosco descubriera una cosa que no supo cómo llamar. Surrealista antes de Marx y Freud, de Fu-Manchú y del Bombero Torero. Tomás practica el horror vacui mucho antes de que existiera el latín y de que el big bang lo llenara todo de vacío. Si buscas algo a lo que se parezca,  él ya lo habrá hecho antes, porque viene de otro mundo: un planeta con relojes caprichosos y relaciones espaciotemporales muy canallas, de irreverentes dimensiones  –segunda, tercera y cuarta– que se enzarzan en acaloradas disputas, de perspectivas borrachas y cromatismos intoxicados.

Coge la historia del arte, barájala, y el pintor de la plaza del lago te aparecerá en algún lugar políticamente incorrecto, entre Leonardo y George Grosz o entre Francisco de Goya y el milanés Arcimboldo, cómodamente incómodo, culo de mal asiento entre los bebedores de absenta y los coleccionistas de rarezas.

¿Tendrán algo que ver sus visiones con su vocación anfibia? ¿Será capaz doña Crítica, tan contemporánea ella, de concederle un lugar en su carnet de baile?

Muchas preguntas: es pensar en Tomás y me asaltan montones de interrogantes, con sus puntitos arriba y abajo, con sus desconcertantes curvas, con y sin serifa, en cursivas y negritas, de todos los tipos y razas, arrastrándome a sus suelos de damero donde intentan endosarme unos patines. Y ahí están, los veo, los dibujos que Mendoza ha ido trazando mientras patina en la pulida superficie, sus giros y piruetas transmutados en arte de Marte, en un sistema circulatorio de venas elásticas y compases retorcidos: hasta el infinito y más allá.