Charris
Español

Retratados y coleando

2006

Mateo Charris, Ángel

Las fotografías no mienten, pero tampoco cuentan toda la historia
Paul Auster

Recientemente se ha descubierto, en la gruta de Vilhonneur, cerca de Angouléme, lo que podría ser el primer retrato del mundo. Hace veintisiete mil años, uno de nuestros congéneres se puso a representar a otro, o a él mismo tal vez, o a su amigo, a su enemigo, a su amada: la simplicidad de los rasgos no da para saber mucho más. Incluso hay que contar con la fe y la imaginación de los especialistas para ver en esos pocos trazos a un homínido prehistórico, casi tanta como hace falta para ver un sagrado corazón en las vetas de un jamón o una Inmaculada en la mancha de grasa de un taller del D.F.
Con un seis y un cuatro hago la cara de tu retrato, que decíamos en el colegio.
Lo primero que aprendemos a identificar de entre ese mundo de niebla que es la visión del recién nacido es una cara, lo que supongo que tendrá que ver con la fascinación que todo tipo de artistas ha tenido a lo largo de la historia por el retrato y la representación del Otro.
Empezamos a encontrar este tipo de representaciones en los enterramientos egipcios, personalizando a las momias de los sarcófagos, contándonos las historias que se esconden tras esa maraña de vendas llena de misterio. Vinieron luego las culturas mediterráneas, encargando bustos imperecederos en piedra, que aún nos sobresaltan cuando aparecen bajo las capas de polvo de nuestras ciudades, valorándose ya entonces el parecido como uno de los grados de excelencia del retrato. Pero no fue siempre así, porque a partir del siglo IV se idealizan los rasgos hasta llegar el arquetipo, oscilando siempre las generaciones entre los que necesitaban verse reconocidos de una forma incontestable y los que se refugiaban en el símbolo, en la expresión, moviéndose el péndulo de un lado a otro, de aquí para allá, y del renacimiento a las vanguardias.
Tenemos retratos de reyes, de grandes prebostes, religiosos, militares y algún miembro del populacho escapado de las manos de algún artista inconformista. Pero, poco a poco, más capas de la sociedad quieren su lugar en el mundo de las imágenes como modo de permanecer, de no irse, de seguir siendo parte de la aventura de la humanidad más allá del polvo y los gusanos.
Aparece la burguesía y las clases medias y todos quieren un retrato que lo recuerde en el futuro, un rincón desde el que instalarse y contemplar lo que ha de venir.

A mediados del siglo XIX, el gremio de los pintores incluye un buen número de artesanos dedicados a realizar retratos sin la más mínima inquietud intelectual, sólo como representaciones fieles del prestigio de los que los encargan, máscaras mortuorias, esculturas para los salones y escaleras de la edad de la inocencia.
Pero entonces llegan, en una de esas extrañas coincidencias donde se cataliza el espíritu de los tiempos, unos cuantos locos, mitad químicos, artesanos, o feriantes, luchando por conseguir un proceso que atrape la imagen en un papel, sin necesidad de la mano y el virtuosismo del pintor (que ya se había servido de cámaras oscuras como apoyo desde mucho tiempo antes). Si a Niepce le corresponde la gloria de conseguir la primera fotografía de la historia, luego son Louis Jacques-Mandé Daguerre (1787-1851), siguiendo los pasos de aquel, y William Fox Talbot (1800-1877) los que emprenden una loca carrera por configurar la técnica fotográfica. Como Scott y Amundsen a la conquista del Polo, los seguidores de uno y otro reivindican la gloria e importancia de cada uno. Si al primero, un pintor de dioramas espectaculares, más cercanos al circo que al arte, corresponden los méritos de haber dado cierto carácter comercial al invento y un nombre -daguerrotipo-, el segundo puede considerarse el verdadero padre del proceso fotográfico, el inventor del negativo y de uno de las características principales de arte fotográfico: su reproducibilidad.
Parece ser que el primer retrato fotográfico que se conserva es el del pintor Nicolas Huet por Daguerre (1837). En los Estados Unidos de América, la tierra en la que con más fuerza prendió la fiebre por el nuevo invento, ha aparecido un autorretrato de Robert Cornelius de 1839, aunque parece ser que John W. Draper, siguiendo las indicaciones de Talbot, consiguió el que se considera el primer retrato tomado en aquel continente.
De vez en cuando aparece un anticuario que pretende poseer alguna de estas joyas que cambiaría la historia, pero dejando a un lado a los las precisiones maniáticas de los historiadores, el hecho es que se había abierto un nuevo camino para el eterno deseo humano de dejar su huella en el tiempo.
Desde aquellos primeros estudios fotográficos, con columnas, telas, jaulas de pájaros, cortinas, pianos y cajas de músicas para amenizar las largas esperas y los aparatos y artilugios, que aguantaban la cabeza y la espalda recta para no moverse durante los largos tiempos de exposición de la película, a la minúscula cámara siempre dispuesta de nuestro teléfono móvil ha pasado un mundo, pero, también, apenas un instante.

A lo largo del siglo XX se ha desarrollado la obra de grandes genios del retrato (Evans, Ray, Stieglitz, Steichen, Beaton, Lange, Arbus, Avedon, Korda, y tantos y tantos otros que sería excesivo enumerar) en un terreno dejado libre por los pintores que se habían despojado de las servidumbres de lo real y podían dedicarse a otros menesteres.
La repetición, el incontenible afán por representarnos, ha convertido el acto en género: uno o más personajes en un espacio, reconocibles en lo mínimo o en el todo,
Y como todo género, tiene sus ventajas e inconvenientes. De un lado la comodidad del canon, de otro el desasosiego por trascenderlo, por evitar lo obvio.
A los pintores se nos exige un parecido razonable y, si es posible, representar el espíritu del retratado. Contamos para ello con color, pincelada, claroscuro, estilo… y con la capacidad de condensar el tiempo en una sola imagen, a través de capas y capas, transmutando la suma de instantes hasta conseguir otra cosa.
Al fotógrafo lo del parecido le es connatural, su materia es lo real (aún tomado en la postura más inconveniente, el representado es el sujeto). Tiene pues que conseguir el milagro con otros métodos.
Tiene el color, en el caso de Juan Manuel Díaz Burgos los innumerables tonos del gris, tiene –básicamente– la luz, los leves efectos de textura. Y tiene –sobre todo– el personaje, que ha de captar en un entorno o, como en otros casos, ante una tela neutra, y, a través del encuadre, de la pose, de la precisión en el disparo, ha de capturar la vida. De lo contrario corre el peligro de caer en la taxidermia, de atrapar carne y piel, cabellos y venas por las que no circula sangre.
No es el caso de Díaz Burgos.
Sus trabajadores de astillero, campesinos, albañiles, artesanos, sudan y cargan en sus espaldas todas las horas y vigilias, corre entre los surcos de su rostro el serrín, la limadura de hierro, el yeso. Sus circenses son los de Gómez de la Serna y los de las ferias medievales, son los de ahora y los de siempre.
En algún documental, pretendidamente científico, de un canal de documentales he visto hace poco que cada una de nuestras células guarda toda la información de lo que somos. Ya sabíamos que a partir de cualquiera de estas unidades se puede clonar un ser completo, ya sea una oveja o un temido dictador del pasado. Ahora dicen que no sólo es la carga genética lo que se guarda en cada una de nuestros minúsculos componentes sino también nuestros gustos, aficiones, recuerdos. De ahí que los trasplantados cambien durante unos meses de hábitos y muestren comportamientos extraños: un basurero que de repente adora a Wagner, o una amish que sin más se pirra por el hip hop. Según el mencionado documental no estaría tan desencaminada aquella película que nos hablaba de un hombre al que trasplantaban las manos de un asesino y acababa siendo pasto de la llamada del crimen.
El todo en lo único. El mundo de los granos de arena que contienen en sí al mundo.
¿Y si el ser humano es uno sólo, un gran organismo en el que todos somos uno y todo, la cabeza y la cola, el corazón y las costillas? ¿Y si nuestros abuelos y los abuelos de sus abuelos, nosotros mismos, somos sólo una pieza del engranaje, maravillosamente únicos y eternos? Una célula que deja paso a otra célula, una capa de piel dejando paso a otra más joven.
En cada uno de los indígenas del Cuzco estaría toda su raza, toda su historia, la de su familia, su pueblo, su continente; en cada campesino mexicano, el imperio maya y el azteca, Cantinflas y la revolución mexicana. En cada gitano, la India, su vagabundeo de siglos, el flamenco y el dolor y la alegría; en los caribeños, África, los imperios antiguos, sus cadenas, los conquistadores extremeños, el daiquiri y el candombe. En los cartageneros, Roma y Cartago, fenicios, árabes, visigodos, siglos de procesiones, de quintas de marinería, de secano.
Y en todos y cada uno de ellos los demás.
Cada retrato no sería una persona, no tan sólo, sino la Humanidad, pequeña historia ambulante, jeroglífico de adn y cromosomas caprichosos, big bang genético, polvo de sueños…
Retrato viene del verbo latino retraho, retraxi, retractum, y de su participio retractus que viene a ser algo así como “hacer volver hacia atrás, retroceder”.
Y en la contundente lucidez de la etimología reconocemos que, en efecto, cualquier retrato nos hace volver hacia atrás, ya sean los daguerrotipos o la última instantánea digital que estés tomando al acabar estas líneas: siempre aparecerá alguien que nos mira desde algún lugar del pasado. Pero aún así, la obstinada lucha del ser humano por no morir, por seguir estando cuando ya no esté, el motor primigenio del retrato, seguirá ganando batallas: es posible que esos rostros que has visto en los retratos, en estas fotografías magistralmente tomadas por nuestro fotógrafo, reaparezcan también en algún lugar de nuestro futuro.
Dicen también, y seguimos ahora con documentales y con los libros del neurólogo Oliver Sacks, que todo queda grabado en algún rincón de nuestro cerebro, cada mínima parte de nuestra vida, cada nimia información, cada estúpida frase, y que, en algunas circunstancias, pueden reaparecer con fuerza por algún desarreglo neuronal. O, sin llegar a tanto, es posible que aparezcan en tus sueños el niñito peruano y la contorsionista del circo, Omara Portuondo o el viejo de la boina.
Ya he estado allí, en ese camino polvoriento con el burro, rodeado de elefantes, sintiendo el peso de los años, o la inocencia de una vida a estrenar. Ya sé a que saben los puros en Santiago y lo que pesa un medallón de oro, y me he probado todos los tonos de piel y todos los ojos. Eso es lo que hace el arte: convertirte en una especie de invasor de cuerpos y mundos, permitirte vivir otras vidas y hacer que la tuya se dilate un poco más, apurando el milagroso y extraño sabor de la existencia.
Todos hemos oído la leyenda de que ciertos pueblos de los llamados primitivos tienen pánico a ser fotografiados por temor a que les roben el alma. No sé si a estas alturas de la historia esto seguirá siendo cierto. O tal vez es que ellos no han perdido el contacto con lo primigenio y saben de la trascendencia de la representación, de que no es lo mismo pensar una palabra que pronunciarla, y que el acto y el rito (y también la imagen) genera unas fuerzas difíciles de sujetar.
En esta época en que lo banalizamos todo, hemos partido nuestra alma en miles de trocitos que almacenamos en cajas y álbumes de foto, o que ahora, gracias a la tecnología digital, pululan por un espacio virtual que nosotros mismos hemos creado, un mundo paralelo de sombras y humo.
De nuestros antepasados apenas tenemos unas imágenes, casi amuletos, pequeños tótems de nuestra epopeya particular. Nosotros ya tenemos miles de ellas, confeti y puzzle desperdigado que difícilmente alguien se encargará de montar.
Todas esas imágenes pueden parecer similares a las que podemos ver en esta exposición pero son radicalmente distintas en formulación y resultado.
El fotógrafo tiene el ojo experimentado del chamán y, cuando el resultado es acertado, el objetivo nos ha cortado un buen chuletón de alma, fijando nuestra historia y convirtiendo aún más en viruta toda nuestra colección de instantáneas.
Si alguno de los indígenas de los que hablábamos pudiera ver los retratos que Juan Manuel Díaz Burgos ha hecho a lo largo de su carrera, se vería reforzado en sus creencias: en esos trozos de papel, vivitos y coleando, vería personas, más reales de lo que aparecen las reducidas cabezas de los jíbaros, tan finas como la imagen que devuelve una lámina de agua, y con miradas que desafían al tiempo desde algún rincón de la memoria.