Charrilandia (breve guía)
1991
Bonet, Juan Manuel
Entrar en lo que el propio Ángel Mateo Charris llama Charrilandia es ingresar en un territorio minado, en el que conviven las imágenes procedentes de la alta cultura, y las que identificamos automáticamente con la baja, y en el que se dan la mano el chiste, y el enigma.
El mismo pintor cartagenero nos proporciona algunas de las claves de su mundo en uno de los textos del catalogo de la exposición que celebró en Murcia el pasado mes de marzo. Texto escrito con una seguridad y un conocimiento de los propios recursos realmente sorprendente, para como suelen ser, salvo honrosas excepciones, los escritos de pintores. Texto después del cual da no sé qué ponerse a escribir sobre la obra de un autor que se desenvuelve tan ágilmente con la palabra. Permítanme –escribe ahí– que sea cínico, divertido, pedante, brillante… y permitan que mi obra lo sea de igual modo. No me condenen a realizar una obra coherente y comprometida, con ella misma o con la imagen que se quieran crear de mí. (El otro texto, Manifiesto de manifiestos, resultado de la apropiación de otro anterior, perteneciente al libro Manifiestes de Vicente Huidobro, nos introduce de lleno en esos recursos, en esa manera muy singular de contemplar la historia como almacén que es la de Charris).
El hecho de que muchos de sus cuadros estén basados en cuadros del pasado, su uso de iconografías del mundo del comic (Popeye, la pequeña Lulú, Tintín, diversos personajes de Walt Disney) y del cine (las estrellas de la Paramount, los números y letras monumentales de la Fox, las estatuillas de los Oscars, el tradicional The End con la que se cierran las películas), el estilo que juega a ser fotográfico al modo de un Rosenquist, la superposición de tramas de lunares… todo esto tiene bastante que ver, a primera vista, con la herencia pop.
Con esa herencia, sin embargo, me parece que Charris está queriendo y consiguiendo ir a otra parte.
Ya en su exposición de Murcia, construida por los métodos referidos, Charris abordaba asuntos fuertes, tradicionales, tales como batallas (hazañas bélicas las llama este impenitente ironista) e inundaciones (diluvios), temas que pintaba a partir de las recomendaciones del Tratado de Leonardo. En otras imágenes más sencillas, entre las que destacaban cuatro bodegones, hacía convivir una serie de objetos kitsch con imágenes tradicionalmente pictóricas, entre ellas una vanitas.
Contemplando los cuadros que se verán en Madrid y Valencia, percibimos que no ha variado sustancialmente su sistema, pero que se ha afinado notablemente.
Sigue jugando a veces muy explícitamente con imágenes encontradas, como cuando, en Ingres se va a Mururoa, provoca el encuentro ducassiano entre una figura de Ingres y una prueba nuclear francesa en el Pacífico.
El juego un poco demasiado evidente, un poco demasiado sixties que es el suyo en ese cuadro ingresco, y en otro de similar inspiración, Ingres se va a Las Vegas, me seduce menos que el juego mucho más perverso, mucho más sutil, mucho más poético, que da origen a sus paisajes de aventura.
Charrilandia, tal como nos la dan a ver esos paisajes, es un territorio poblado de sorpresas. Avanzamos por valles que se parecen a los de Tejas o Arizona, y en los que nos esperan montañas en forma de Tintín, o de profesor Tornasol, o de Bibendum, el simpático personaje de la marca de neumáticos Michelín. Seguimos avanzando y alguien ha erigido en otro valle, una réplica gigantesca de los Oscars de Hollywood. Descubrimos sierras, volcanes, cascadas de menta; junto a una roca vertical, a dos hipocampos erguidos; un poco más allá, a un adorable ser de plástico –Un maniático arqueólogo– que no encuentra otra cosa mejor que hacer, en tan desolado paraje, que jugar al golf.
Llegamos auna playa de una lividez a lo Yves Tanguy, en la que ha varado el torreón de un castillo medieval. En medio de una tormenta de gran aparato eléctrico, nos encontramos con la gitana del paquete de Gitanes. En unas cataratas que se parecen a las de las películas del selva, con el cohete lunar de Tintín y de sus compañeros, y en otras, con el Atomium de la Exposición de Bruselas. En medio de un alto valle erizado de cactus, tropezamos con una cabeza rota de Mickey, sin duda caída del avión que en el cielo ha trazado, como en tantos otros cuadros de Charris, una estela blanca y zigzagueante. (A esta última obra, de una terrible ternura, la acompaña un título en forma de consejo: Andes lo que andes no andes por los Andes).
Más unos cuantos cuadros de muy pequeño formato, pintados sobre moarés, en los que Charris ejecuta variaciones sobre la pintura antigua. Y unos cuantos bodegones, también pequeños: un par de ellos inspirados en Sánchez Cotán, y otro, Arcimboldo en Murcia, que es un auténtico haiku humorístico: tres verduras muy de aquella tierra, componiendo un rostro que sonríe.
Me sospecho que estas dos exposiciones simultáneas las va a ver bastante gente. Buena parte de la obra va a quedar documentada en el presente catálogo. El lector, y más si es una de esas personas afortunadas que va a visitar las exposiciones, podrá comprobar por sus propios ojos algo que, después de ver estos cuadros, me parece evidente: la capacidad de Charris, hermano espiritual de los hijos pródigos, para la pintura, y para el enigma. Para, en casi todos los casos, ser capaz de darle cuerpo de pintura, misterio y enigma de pintura, rigor de pintura, poesía de pintura, voluptuosidad de pintura, a los enigmas que su fértil y veloz imaginación es capaz de producir.
Más, por descontado, el ya proverbial y desbordante humor charrisiano, un humor que le convierte en firme candidato a esa corona del rey Picabia a que alude uno de sus más brillantes cuadros de aventura.




