Charris
Español

Plural

2002

Alonso Molina, Óscar

El hombre es lo que come, dice un viejo proverbio alemán. ¿Nos alimentamos de lo que nos gusta –lo que apreciamos, lo que amamos– con la esperanza de llegar a parecernos a ello? Así parece ser en el caso de Ángel Mateo Charris, cuya pintura se nutre de todos aquellos autores, obras y momentos de la historia del arte que, favoritos suyos, él goza de recrear en sus cuadros metamorfoseados y convertidos en un irónico comentario de ellos mismos.

Habla el arte en sí. La pintura se parafrasea y cita. De ahí deriva, sin duda, el carácter notablemente melancólico de sus escenas detenidas un tanto al modo de la metafísica italiana, así como la inevitable sensación ante estos cuentos cristalizados con una técnica brillantísima y suelta de que nuestra mirada ya estuvo allí –casi como en el célebre fuit hic con el cual los antiguos flamencos también certificaban la veracidad de su minuciosa pintura–. Ese indescriptible déja vù atestigua, también, que ni la novedad ni la originalidad de la gramática o la sintaxis son aquí materia de investigación o preocupaciones obsesivas; y ello hace peculiarmente moderno a Charris, quien, por otro lado, no se priva de una recreación literaria en su pintura, poblándola de microhistorias, relatos ínfimos, citas elitistas, más o menos evidentes, a toda la historia de nuestra cultura y veladas alusiones a sus autores de culto. Cornell, Mondrian, Tanguy, Stuart Davis, Morandi, Dalí, Derain, Vallotton, Picabia, Magritte, Picasso, Miró, Matisse, Duchamp, Hockney, Delaunay, Beuys, Klee, Hopper, Katz…¡por no hablar de los literarios y los personajes de ficción! Y junto a todos ellos, con cierta guasa, el artista se planta ante esa noria del siglo XX cargada de ismos y es capaz de ponerla de nuevo en circulación de forma extraña, haciéndola saltar en añicos para recomponerla de nuevo intercambiando sus piezas: dadá, surrealismo, expresionismo, suprematismo, pop, op, minimal, metafísica, povera, fauvismo, informal, neo-geo, cubismo… Charris consigue que todos ellos, un tanto en la estela de Mark Tansey, suban y bajen frente a nuestros ojos, se muevan del encasillamiento a que les han sometido la historiografía del arte más estéril y miedosa, y se presten a combinaciones inéditas, convocándose entre sí de maneras inusuales, muchas de ellas verdaderamente sorpresivas.