Charris
Español

Galerie d'Este

2009

Granjon, Émilie

Si las obras de Ángel Mateo Charris fascinan tanto como intrigan, es porque nos invitan a un universo singular donde la realidad y la ficción colisionan con una exuberancia impresionante. El espacio pictórico se inscribe en un cuasi-universo arquitectónico donde las formas destiladas crean una estética en la frontera donde se cruzan el minimalismo y el surrealismo. Por mucho que las pinturas presenten una apariencia figurativa realista, contienen no obstante dosis de fantasia y de magia intecionalmente aplicadas por el artista. La transparencia icónica contrasta con la opacidad semántica para darle a la narración una carga simbólica desconcertante. En efecto, el aparente realismo de las imágenes se ve inevitablemente derrotado por la extravagancia y la ambigüedad de las escenas representadas.
Es yuxtaponiendo iconos fuertemente codificadas culturalmente (Darth Vader, los Pitufos o Mickey Mouse) y artísticamente (el cerdo de Paul McCarthy) con imágenes familiares (el muñeco de nieve), como el artista español traduce su percepción de la realidad. En contra de la vision onírica de un De Chirico, Charris, aunque haya admitido su fascinación por el artista italiano, funda su metafísica en el mestizaje de las referencias culturales contemporáneas. La tensión narrativa generada por su hibridación figurativa permite al artista dar a conocer sus puntos de vista sobre la realidad, la humanidad y la sociedad.
La excentricidad, la incoherencia y contradicciones icónica se dan la réplica en un diálogo visual y poético que ofrece al espectador un espacio singularmente eficaz para la reflexión. Las obras de Charris son de las que se deben contemplar con atención, pero, más importante, son obras sobre las cuales meditar. Si su fuerza simbólica viene de una reinversión especialmente audaz de las referencias culturales y artísticas que moldean nuestra vida cotidiana, su eficacia es el resultado de del potencial semántico y narrativo de cada pieza. En efecto, ninguna interpretación se le impone al espectador, corresponde a cada persona para crear su propia historia y relacionar las obras entre sí. Por ejemplo, en Fausto (2009), uno no puede evitar ser sorprendidos por el enfrentamiento desproporcionado entre un hombre anónimo con un abrigo y la enorme mascara de Darth Vader. ¿Qué puede pensar moderno Fausto frente a la inmensidad de su propio lado oscuro? ¿Va a vender su alma al diablo como el personaje tan querido por Goethe? Independientemente del resultado de este enfrentamiento, el vagabundeo de este Fausto parece tan inevitable como la del hombre de Mudanza (2009), cuyo equipaje es tan pesada como la incertidumbre de su identidad.

Es, por tanto, con la ironía, la melancolía y el cuestionamiento existencial con lo que Charris nos presenta una visión personal y particularmente lúcida de la realidad. Somos invitados a entrar en su fantástico imaginario para traer a nuestra vuelta una mirada crítica y mágica de nuestra contemporaneidad.

Émilie Granjon