Charris
Español

Rabinos, cannolis y puertos

2008

Mateo Charris, Ángel

A Joann Sfar, David Chase y Albert Marquet, los que mejor hablaron de rabinos, cannolis y puertos.

 

Hace años hice una serigrafía en la que aparecía el Palacete del Embarcadero. En aquella pieza, una gran N marcaba el norte geográfico, como si el coqueto edificio junto al puerto fuera una especie de brújula, una piedra de toque para viajeros decididos a cambiar su suerte y su destino. Las exposiciones que tuve en su día en Santander también eran puertas a lo exótico, y el viaje su eje principal. Siempre es una parte importante de mi trabajo, pero no sé porqué esa ciudad norteña está unida para mí con la partida y el azar, con historias de indianos y travesías inciertas.
Y ahora que tengo que pintar para su sala de exposiciones vuelve la rosa de los vientos a manejar la batuta. Es curioso como la obra de un artista se compone a partes iguales de reflexión e intuición, y los presentimientos y hallazgos inesperados cobran tanta importancia como el bagaje intelectual con el que todos intentamos construir algo que interese a nuestros contemporáneos.

 

Enseguida intuí que esta exposición iba a ir sobre puertos. Los he pintado innumerables veces: puertos congelados en el Ártico, muelles destartalados en África, pequeños embarcaderos urbanos, vivo en una ciudad portuaria y soy hijo de un guardamuelles. Fui muchas veces a ver a mi padre al trabajo, especialmente en las noches señaladas –nochebuena, nochevieja– en que tenía guardias. Crecí oyendo hablar de cargas, tinglados y barcos, añorando ciudades que un día visitaría, y amando los trenes, los paquebotes y los aviones, mensajeros que ensanchaban los horizontes de la tranquila vida de provincias.

 

Doy muchas vueltas en la fase de concepción de la exposición y hay veces que sigo líneas opuestas y títulos disparatados hasta que todo se va asentando, como en la calma tras la tormenta, y entonces ya puedo hacerme una idea de por dónde va a ir la cosa. Los puertos eran los lugares –o los personajes en algunos casos– dónde iban a ocurrir las historias de las nuevas obras, pero como quería también incluir otros lugares de tránsito –aeropuertos, estaciones, pistas de hidroaviones– pensé en llamarla Caminos, canales y puertos.

 

Hace un tiempo que tengo problemas para captar los sentidos de las frases en ambientes muy ruidosos, pero tiene sus compensaciones. Muchas veces me ha parecido estar entrando en una conversación realmente interesante que se vuelve banal e insustancial en cuanto me revelan el verdadero sentido de las palabras, que yo había malinterpretado. Del desplazamiento fonético y de significado nace el título Rabinos, cannolis y puertos. Y de eso va casi toda mi obra: de pequeños errores, de minúsculas alteraciones de sentido que hacen interesante lo anodino: entre lo aburrido y lo excitante a veces sólo hay por medio una confusión.
Así que ahora la exposición va de grandes palabras, de pequeñas recompensas y de lugares. Podría titularse: filosofía, goles y ciudades. O amor, chocolate y carreteras y significaría lo mismo. Todo y nada.
Los rabinos son mis abanderados para todas esas palabras que usamos para lo trascendente –con todas sus luces y sombras– teorías, ciencia, religiones, la gasolina que mueve, y a veces incendia, el mundo. Los cannolis son lo pequeño y lo cotidiano, el milagro y el placer de cada día, la rutina y el sentido del humor. Y los puertos son el lugar dónde viven los recuerdos, lo que nos ata a nuestro tiempo y nos modela.
Y al final lo que siempre estoy contando, sea lo que sea que veais en la imagen, es que puede haber un puerto en cada puerta.

 

Prefiero que el concepto no se coma a las obras. Lo que hay aquí son una colección de cuadros y este catálogo, aunque intentara ser algo más, sólo es un inventario de sus reproducciones. Para que un disco sea bueno lo que importa realmente es que contenga buenas canciones. Si no, podemos acabar en los vacuos ejercicios de estilo de muchos discos conceptuales de los setenta. Y en el arte contemporáneo hay mucho de eso, de empezar la casa por el tejado, de empaquetar de forma suntuosa la nadería: es la dictadura del proyecto.

 

Hat gente que pensará que la exposición toma el nombre de alguno de los cuadros en los que aparecen los tres elementos, pero ahí es dónde sigue el juego. Después de la rocambolesca y casual manera en que el título decidió quedarse para siempre viene la pregunta. ¿Se puede hacer un cuadro en la que rabinos, cannolis y puertos convivan de forma interesante y mínimamente convincente?
De ahí salió el primer cuadro y luego siguió insistiendo Pepe Grillo: –Uno está bien, ya veo que se puede, pero ¿a que no podrías hacer un segundo?
Y el rabino tuvo un sueño con cannolis en el puerto.

 

A menudo utilizo el mundo del arte como tema en mis obras. Me divierte seguir sus intrigas y estrategias. Viene a ser algo así como observar al hombre de las mil caras. E intento estar al tanto de lo que hacen mis contemporáneos: no quisiera perderme alguna obra estupenda por dejadez o apatía. Me gusta que el arte sea todas esas cosas diferentes a la vez, aunque a veces maree un poco tanto carrusel y tanta atracción de feria.

 

El mundo del arte no es el arte, pero es el lugar dónde pasan las cosas, la máquina que hace que éste se mueva, el generador que hace que se encienda la bombilla y ya se sabe que, a veces, los mecanismos suelen estar sucios y llenos de grasa.

 

Los superartistas no son de este mundo, puede que lo fueran alguna vez pero a partir del primer millón de euros se alimentan a base de kriptonita y entran en un espacio virtual a diez centímetros sobre el nivel del suelo. Esos talleres con numerosos ayudantes –tampoco es nuevo, sería una estrategia a lo Rubens– es lo menos parecido a mi manera de entender el arte. Me hice pintor para poder tener todo un mundo al alcance de mi mano.

 

Viajar no es siempre tan deseable como parece, pero lo considero una obligación más de mi oficio, una manera de poner en cuestión constantemente lo aprendido. Y es también una forma de esponjar la obra. Hay que sacar a airear el cerebro de vez en cuando o se apolilla y enmohece.

 

Cuando viajo me comporto como uno de esos forenses de las series de televisión que recogen datos en la escena del crimen. Normalmente tomo fotos porque es más rápido y me permite acumular pistas que en un primer momento no me atrevo a valorar. Siguiendo el consejo de los criminalistas en estos casos: Todo es relevante. Así que acumulo disparos, recortes, juguetes, que más tarde, en la soledad de mi estudio, me dan las pistas para reconstruir la escena. Sólo que soy yo el que tiene que averiguar cual es el crimen, la víctima y el culpable.