Cartageneros frente al Mar del Norte
2011
Díez, Gontzal
Charris y Sicre recrean el sombrío mundo del pintor belga León Spilliaert en La Conservera de Ceutí
Dos cartageneros en las hamacas de una playa falsa. Les ilumina el resplandor débil de un camping gas. La luz es espectral, extraña. Los dos cartageneros sonríen. Más que turistas parecen merodeadores. Apenas hay huellas en la arena. A su espalda hay un gran cuadro en el que Charris crea una inmensa pompa de jabón, a un lado alguien le observa entre ensimismado y contrito, conozco a ese tipo: es el arquitecto Martín Lejarraga; al otro flanco del lienzo se alza un souvenir gigantesco: uno de esos animales construidos con conchas a los que colocan ojos y apéndices diversos y de diverso y discutible gusto. Figuras que pasan por una esquina levemente iluminada. La escena tiene algo de sueño al óleo, de nítida visión sonámbula. El cielo, azul, está cruzado de nubes. Quizá pronto cambie el tiempo.
Charris y Sicre recrean en La Conservera el mundo del pintor belga León Spilliaert. Tras su 'viaje a Hopper', esta es la segunda aventura para establecer afinidades, guiños, referencias y sorpresas. Un viaje a un «territorio pintado» en el que todo es posible, un viaje que es una conexión de sensibilidades pero no un 'homenaje'. El resultado es bellísimo, intenso y emocionante. El espectador se traslada a otro lugar: salobre, lóbrego, oculto. Esos dos artistas de las hamacas han recorrido las vísceras de la pintura de Spilliaert, su desasosiego, su mirada insomne, su territorio real y pintado y todas las fronteras, sus siluetas enigmáticas, su alma. Han ascendido por las mismas escaleras espirales que Spilliaert, se han asomado al mismo mar y a similar vértigo. Han viajado a Ostende, junto al Mar del Norte, y han recorrido su paseo marítimo pero, sobre todo, se han empapado del salitre de la obra del pintor belga. «Entre todos los itinerarios posibles hemos decido viajar a un territorio pintado, a una realidad paralela. Si en el anterior proyecto sobre Hopper y Cape Cod nos interesaba la luz y el paisaje americano, en este caso, el reverso de aquel capítulo, es la noche y la oscuridad, una cierta atmósfera decadente europea lo que nos ha atraído», argumenta Charris. «Ha sido un trabajo casi detectivesco para averiguar qué había de real en el Ostende pintado de Spilliaert. Y eso es esta exposición: pintura sobre un territorio pintado, un país mental, que, como todo territorio pintado se nutre de múltiples referencias simbólicas, pictóricas, literarias y musicales», explica.
León Spilliaert es para Charris «un pájaro raro fantástico y autodidacta, un simbolista lateral apartado de las corrientes estéticas de su tiempo y que trabaja desde la provincia».
Una aventura que es también una «exploración de afinidades», de búsqueda de «un faro común». «Simplificación del concepto, geometría como forma de expresar sensaciones y cierto gusto por lo oscuro», serían algunas de las hebras de ese hilo común, de esta «hermandad de solitarios». «No nos da miedo contar nuestras influencias y tampoco mirar al pasado, que es algo que parece que está muy mal visto en el mundo del arte contemporáneo. La pintura no tiene tiempo», argumentan.




