Charris
English

Arqueológica. 1996. Óleo sobre lienzo. 97 x 146 cm.

Arqueológica, 1996. Óleo sobre lienzo. 97 x 146 cm.
Arqueológica, 1996. Óleo sobre lienzo. 97 x 146 cm.

(…) Y llegamos, por fin, al término de nuestro viaje. Lo cierra una obra que, no me importa cofesarlo, fue, en el instante mismo en que se planteó la posibilidad del proyecto, curiosamente la primera de la que tuve certeza de su presencia en la muestra. Tal vez, porque al afrontar el vértigo, aún neblinoso y esquivo, de la aventura que emprendía, supe, como en una revelación, cual era el final natural donde concluía el relato. La obra en cuestión es un lienzo de Ángel Mateo Charris, pintado en 1995, y que el artista tituló, no podía ser de otro modo, Arqueológica. Vemos en el cuadro una escena que nos sitúa en una excavación, presumiblemente en los márgenes del Nilo, y en ella a cuatro personajes que contemplan un objeto recién rescatado por su búsqueda. No es, en todo caso, un objeto cualquiera. Pues se trata, ¡ahí es nada!, del mítico urinario que Marcel Duchamp firmó con el alias de R.Mutt para su presentación en la legendaria Armory Show, del Nueva York de 1917, y con el que se funda la estirpe contemporánea de los ready made. Pero es, a la par, un objeto cuyo original también se ha perdido y que se conoce hoy tan sólo a través del ilustre y remoto testimonio gráfico de Stieglitz o las copias de una tardía reedición múltiple. Pertenece, además, aun tiempo el de la fundación heroica de las vanguardias, que el pretendido naufragio de la modernidad insiste en proclamar que ya no es el nuetro. Se trata pues, en la lógica de ambos hechos, en verdad de una pieza asimilable a los dominios de la arqueología. Y es ahí donde la moraleja ilustrada en el lienzo de Charris alcanza su insondable fondo. Pues, en ese tiempo finisecular en el que las modas dominantes se han obstinado en elevar a los alñtares, por encima de cualquier otra deidad, Picasso y Brancusi incluidos, al ilustre mingitorio, cuyo reino, veíamos, no es ya siquiera de este mundo, el emblema inventado por Charris se nos revela, con desazonadora evidencia, como la configuración que el errático viaje a la semilla alcanza en su más estricto presente. Es, a la manera de lo recreado, hacia el inicio del relato por el boceto de Delacroix, un cuadro de historia, donde la anécdota se inviste con el aura épica de un acontecimiento fundacional. Pues lo que ilustra esa escena es, y no otra cosa, el instante que, justo aquí, donde el viaje deja en suspenso su inercia, anticipa la fundación de nuestro particular Belvedere.

Fernando Huici