Charris
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Giorgio de Chirico, la metafísica es una estación.

2008

Mateo Charris, Ángel

Giorgio de Chirico. Piazza d'Italia, 1969.

Giorgio de Chirico. Piazza d'Italia, 1969.

Giorgio de Chirico. Piazza d'Italia, 1969.

La metafísica es una estación. Para ciertos artistas o periodos del arte hay un tiempo para la extrañeza y el enigma, para las horas congeladas y las arquitecturas inciertas. Puede ser una parada larga o corta, importante o intrascendente, pero miras a tu alrededor y un silencio de sol quemado y luz de sueño hace que entres en un espacio de raro desasosiego. Veo arte metafísico en el quattro y cinquecento, y en los siglos posteriores tanto como en el arte actual, pero hay una época en el que la pintura se hace verbo y la llamamos Metafísica, y el jefe de estación es el gran Giorgio De Chirico, autor de certezas e iluminaciones precoces y de descarrilamientos de madurez en los que el tren se pone en marcha hacia otros territorios, algunos interesantes y otros más farragosos. Pero así es la vida del artista, y el que pretende demorarse en una etapa caduca sólo consigue convertirse en patética estatua de sal.

A algunos pintores en los noventa nos llamaron metafísicos creyendo ver en nosotros ese espíritu de familia. Compartíamos algunas de esas querencias por las edificaciones, los objetos casi animados y el mundo del duermevela, el afán de condensar el tiempo en una imagen, de ampliar el plano del cuadro hacia atrás y hacia delante, de crear un universo autónomo en cada pieza que siguiera sus propias reglas. Y sí, casi todos compartíamos una veneración especial por el artista italiano.

Aunque no fuimos demasiado especiales en eso. Nos precedieron muchos otros en el club de fans: Pérez Villalta, Martín Begué, Miquel Navarro y, sobre todo, el que seguramente más se apoyó en sus enseñanzas según sus propias declaraciones: el gran Juan Muñoz.

Muchas de sus construcciones escénicas, de sus juegos con las ilusiones geométricas, del papel de la escultura en el entorno, vienen de ahí.

Y esto es lo que hace grande a un artista: convertirse en el cofre de los tesoros del desván para las siguientes generaciones de creadores. Yo aprendí con De Chirico a jugar con paradojas espaciales, a crear interrogantes a fuerza de confundir puntos de fuga y direcciones de luz, a utilizar las perspectivas como un color más de la paleta.

Pero, confesada mi admiración por el italiano, he de decir que no soy hijo de un solo padre, y que, aunque me guste recalar de vez en cuando en la estación metafísica, tengo por costumbre no parar demasiado en cada sitio y cambiar de destino y de paisaje con frecuencia. Por eso no me encontré cómodo con la etiqueta que en aquella época me pusieron y me reclamé enseguida algo menos serio pero seguramente más certero: supercalifragimetafísico.