El país lejano
2025
Mateo Charris, Ángel
El Paseo del Filósofo empieza en una ladera de la antigua capital del país lejano, por una serpenteante línea bajo los arces, los cipreses y los cerezos, bordeando templos y santuarios, y acaba muy cerca de mi estudio, junto a la vieja estación abandonada. Era hermoso pasear por él, acompañado por el sonido de los arroyos de montaña y la caída de las hojas, en los tiempos anteriores a la llegada de los bárbaros. Todo parecía más especial antes de aquello, sobre todo cuando aún pensabas que no eres más que uno de ellos.
Empecé a pensar en aquel país en mi infancia, cuando el niño era un niño y no un viejo pintor de la república. La primera obra que copié, más allá de los cromos y los tebeos, fue un paisaje nevado en una estampa antigua de aquel país, uno de esos grabados en madera con varias planchas coloreadas. Aún lo recuerdo y ahí pudo nacer mi pasión por la nieve, el frío y lo lejano. Me imaginaba en otros escenarios, lejos de los cálidos secarrales de mi niñez, enredado en las aventuras de los libros y las películas, con un pie aquí y otro allá, atrapado en la magia de otras vidas posibles y así empecé seguir el rastro de las voces de mis hermanos de otras tierras.
La pintura me ha llevado a muchos sitios, más de lo que imaginé. He visto muchos amaneceres desde un avión, pero en mi primer viaje a aquella tierra pude ver un sol -sí, naciente- y un mar de pan de oro sobre el que se dibujaba la costa y la parte norte de la silueta de su mapa. Viajaba a un sitio que iba reconociendo a medida que lo recorría, como si los universos paralelos colisionaran todo el tiempo, se reescribieran, como dijo Phillip K. Dirk en aquella rueda de prensa en la que lo tomaron por loco.
Leí mucho al escritor que hablaba de gatos -aún lo sigo haciendo- y a otros a los que dieron los premios más importantes, también a los que no. Me interesó el cineasta que colocaba la cámara muy abajo, a la altura de las mesas de patas cortas y las sobremesas en el suelo de paja de arroz prensada. Y tengo que decir que desde que dormí en uno de esos suelos me viene un olor como de establo adormilado y perfume cada vez que veo una de sus películas.
Me sorprendió lo diferentes que eran los antiguos y los modernos, y lo iguales, aunque siempre he tenido nostalgia de las épocas que no he vivido y nunca de las que sí. Pero siempre he sentido fascinación por los creadores del país lejano, como si una hermandad nos uniera en la rareza y en lo tragicómico de nuestra existencia. Me gusta no entender su lengua y me gusta que aún parezcan de otro planeta, pese al rodillo implacable del presente continuo.
Y de todos sus pintores el que más me gusta es el que cambiaba de nombre constantemente, más de treinta veces a lo largo de su carrera, cuando algo variaba en su forma de crear, tan rápido como otros cambiamos de indumentaria. Pintó de todo en su larga vida aunque la gente lo recuerda por una ola, una gran montaña de agua, apenas algunos trazos en su larga travesía por la vida y la pintura.
Decidí visitar el Monte Ola, así que emprendí el camino del paseo hasta casi el final, desviándome por el templo de los interminables puertas rojas -puertas sin puerta diría yo- y de allí al bosque donde se supone que empieza. Tardé un año en recorrer aquellas extensiones y sus incontables lagos y aún no sé si lo encontré o no. Las olas son esquivas pero el trayecto inolvidable. Bebí té y whisky de la mejor calidad, aprendí a amar la comida de su tierra -aunque no tanto como la de mi república- y me traje unas cuantas vistas. Y al volver -y creo que esto es lo mejor que se puede decir de un territorio o de una persona a la que admiras- seguí amando al país lejano cuando lo conocí mejor.




