Charris
Español

El encanto de desaparecer

2025

Madrid, Manuel

En la escena valenciana más 'techno-pop' desarrolló su vena musical un tipo que no iba a desentonar para nada en el panorama artístico: el cartagenero Ángel Mateo Charris. Siempre fue educado y comedido, pero entonces, cuando todo estaba por vivir, Marítimo Mobile, su banda, ni siquiera podía soñar con tener una sintonía propia en Radio 3, aunque todo eso llegaría también con Jesús Ordovás y su 'Diario Pop'. Era la época en que había que hacer de todo –sí, Charris cantó también en un coro–, componía con un bajo electrónico e incluso tocó el violín. El desparpajo, las ganas de atreverse con todo, eran propias de alguien con 18 años. De modo que Charris siempre hizo lo que tenía que hacer en su momento. Frecuentó también en Madrid las primerísimas ediciones de la feria ARCO de arte contemporáneo, como un 'passeggiatore' más, pues estaba ya al tanto de lo beneficioso para la salud del estar despierto, abierto a la novedad, a la interacción... 

Sin conocer en exceso sus interioridades, me atrevo a pensar que Charris, por lo que transmite su modo de mirar y mirarse, encontró el placer de vivir, algo que no es tan común de encontrar. Esto es lo que nos dice Georges Perec en 'Un hombre duerme': «Nunca podrás sino desear volverte árbol a tu vez». Es una cita que encontré en 'Desaparecer de sí. Una tentación contemporánea', magnífico libro de David Le Breton editado en español por Siruela, con traducción del francés de Hugo Castignani, en el que Le Breton nos habla de lo complicado que es convertirse en uno mismo entre tanta urgencia y competitividad, haciéndolo además de forma natural y estando a la altura de lo que se espera (la familia, la empresa, los amigos, las instituciones, los otros). El caso es que a mí me pareció siempre que Charris había hecho las cosas de otra manera, y que no le podía pasar eso que dice Le Breton, que a menudo nos hallamos sumidos en un clima de tensión, de inquietud, de duda... que hace la vida muy difícil. Por eso dan ganas de cambiar de personaje, «de dejar de implicarse en una constante necesidad de estar activos que a veces puede ser excesivamente exigente». Unas vacaciones mentales en toda regla, vamos. 

El universo de representaciones de Charris, en cierto modo, preconiza esa idea de olvidar por breve tiempo quiénes somos, produciendo un estado de ensoñación instantánea en el que nos liberamos de todo lo que nos pesa para creer, al menos en ese instante, que en esos territorios enigmáticos también hay algo de verdad. Su pintura produce en los espectadores el encantamiento que necesitamos hoy para aliviar tantas rígidas pesadeces.