Lolita en el país de las maravillas
1996
Mateo Charris, Ángel
El Hotel de las siete estrellas acogía a una fauna de lo más variopinto, desde cazadores de tormentas hasta atracciones de feria ambulante, actrices glamurosas, oscuras familias de provincia, caballeros de fortuna…
Debía su sólida, aunque minoritaria, reputación tanto a la calidad de su servicio como a la discreta profesionalidad de su personal. Decorado con clase y valentía –no exenta de cierta afición a los excesos– el hotel era una rara avis en la era del turismo masificado y la hostelería de mercadotecnia.
La primera vez que Lolita se hospedó en él, arrastraba unas gafas oscuras, una tonelada de equipaje y una historia para olvidar. El sol se filtraba entre las persianas de la recepción, llena de relojes parados, vacía, con un precioso timbre cromado en el mostrador que invitaba a su uso. Un conserje apareció al poco y ofreció sus sonrisas y su amable disposición a la dama.
–Quiero la habitación más bonita.
–Nuestras siete habitaciones son bonitas. Y diferentes –contestó el hombre– y casualmente hoy están todas disponibles.
–Pues quiero verlas todas.
Un botones, vestido de rojo y oro, la acompañó por las escaleras con un manojo de llaves grandes y pesadas. Cuando llegaron a una gran puerta con la inscripción Mavi Escamilla, una campanilla sonó desde el hall.
–Señorita, ¿le importaría disculparme? Me reclaman en recepción –el botones se azoraba un poco ante la insistencia de la llamada–Si no le importa, puede verlas usted misma. Las llaves llevan un grabado con las iniciales de cada habitación.
Lo que podía ser una descortesía del personal, a Lolita le pareció fascinante: todo un hotel vacío y un racimo de llaves con que destriparlo.
Abrió la primera puerta. La sala era amarilla y roja, los tapizados de los sillones eran de piel de marinero tatuado, las telas de raso, los espejos de escandalosa pedrería. Cotilleó los cajones de los armarios –lo primero que hacía en estos casos– y los encontró repletos de pistolas con la empuñadura de nácar, armamento variado y munición.
–¡Fantástico!
Tras la inspección del cuarto de baño, encontró irresistible una grandísima bañera de bronce dispuesta para su uso. Sin pensárselo mucho, se desnudó y se deslizó entre la espuma, pero extrañas franjas y estrellitas comenzaron a aparecer y desaparecer ante su cuerpo, tapando sus desnudeces, sus ojos, su boca. Continuaron molestándola sobre el albornoz y decidió consultárselo al jefe, pero no antes de haber visto el resto de habitaciones.
La puerta con el nombre Joël Mestre escondía un mundo de grises nocturnos, con lucecitas y letreros parpadeantes, dígitos fosforescentes de un estilo más low que high tech. Un curioso muzak sonaba en los altavoces del hilo musical. Lo que más le gustó a Lolita fue la réplica de la chacha robot de los Supersónicos que, siempre atenta a sus requerimientos, la seguía a todas partes por la suite.
Si allí todo era penumbra, en la habitación Margarita Ariza todo era luz y transparencia, reflejo e ilusión. La ilustre visitante enloqueció con una cama con dosel sujetado por enormes pintalabios acuosos llenos de bocas sonrientes. La luz jugueteaba entre las sillas y los muebles traslúcidos, entre los patos y las arañas de poliéster. Entre tanta luminosidad sucedió lo peor: Lolita perdió una lentilla.
Subió el botones trayendo un gracioso monito vestido igual que él y en un periquete la encontraron. Aunque sólo eran unas lentillas para colorear sus pupilas, ella se puso muy contenta y, sacando del bolso unos cuarzos tallados en forma de elefante y cacahuete, se los regaló a los pequeños.
–¿Y aquella puerta adónde va?
–Se comunica con la PDLT.
–¿Y eso que es? –preguntó intrigada.
Y haciéndole un guiño, el muchacho la llevó a la habitación Paco de la Torre, un mundo geométrico y paradójico, como un gran juego de arquitectura hecho de memoria y de trampantojos.
Descansó un rato en el sillón oreja y le pareció ver a unos hombrecillos arrastrando triángulos debajo de la cama. Al dormirse, soñó con cactus, y las campanadas de un reloj escondido fueron transformándose en los golpes que el conserje daba en la puerta.
–Señorita ¿puedo preguntarle si se llama usted Goncharova? ¿Lolita Goncharova?
–Pues, sí…–contestó dubitativa.
–Hay alguien que pregunta por usted. Dice que es de la policía.
–Pues entonces no soy Lolita Goncharova.
–Entiendo. –asintió cómplice.
El conserje bajó a convencer al madero de que su investigación andaba equivocada, pero las artes interpretativas de aquel no parecía convencer al curtido olfato del sabueso.
Cuando la rusa oyó los pasos que subían se metió en la primera habitación que pudo, la de Gonzalo Sicre.
Tras las ventanas se presagiaba una tormenta terrible; de las paredes pardas colgaban fotografías de grupos familiares, escenas de playa y lo que parecía un rembrandt. Los armarios guardaban toda clase de trajes y uniformes, insignias y sombreros. Lolita pensó en disfrazarse de algo, cuando unos arañazos le llamaron la atención. Venían de una pequeña puerta bajo una mesa de despacho con un letrero que decía: Tupa. Al abrirla salió una cariñosa perraza peluda.
–Tú te vienes conmigo –y colocándose una pamela y un traje anticuado salieron al pasillo intentado esquivar a su perseguidor.
–Pues sepa que la tal Lolita es una de las ladronas de guante blanco más buscadas del Mediterráneo. Acaba de pegar un buen bocado en Montecarlo –dijo el policía a un conserje convertido en la viva imagen de la inocencia.
El plan de fuga parecía estar saliendo a la perfección cuando las perras pasaron junto a los dos hombres pero el conserje, no sólo la reconoció, sino que se percató que el pantalón arremangado bajo el vestido comenzaba a ser peligrosamente visible. Lolita se dirigía mansamente a su perdición: otros dos policías que esperaban en la entrada.
–Señorita Lempika, su marido ha dejado un recado para usted –y ahí el encargado estuvo rápido de reflejos– Quiere que la espere en su suite. Venga por aquí, yo le abro, y no se preocupe por su perrita que nosotros la sacamos a pasear.
Y abriendo la suite Equipo Límite le salvaba el pellejo momentáneamente. Lolita pensó que, definitivamente, le gustaba mucho este hotel.
La habitación era alegre y luminosa: una feria con espejos y barracas. Cada mueble era una sorpresa de santos y juguetes, cada cortina una cascada de bordados multicolores, cada lámpara una falla, cada detalle un homenaje al horror vacui. Se hundió en la cama de peluche y plumas de marabú, hasta que se percató de que el coche de policía se había ido.
Al salir al pasillo vio entreabierta la última habitación –Charris– y la curiosidad pudo más que los peligros que la acechaban. Decidió echar una ojeadita.
Las paredes eran acristaladas y se veía todo el valle. Con el potente telescopio que habían instalado en un rincón se podía ver la nieve en las montañas, el desierto, el mar; el suelo dejaba ver el acuario del hotel y por el techo, igualmente transparente, planeaban aviones y dirigibles. Era, sin duda, una habitación con vistas.
Se había entretenido contemplando la curiosa colección de muñequitos de conchas, cuando notó una oscura presencia a sus espaldas. Lentamente, haciéndose la distraída, saco su pequeño revolver del bolsillo y se volvió amenazante hacia la visita.
–Puede usted guardarse eso. Los señores ya se han ido – contestó el conserje sin inmutarse– Y ahora que ya ha visto nuestras instalaciones ¿podremos contarla entre nuestros ilustres huéspedes?
–Por supuesto. He de felicitarle por tener un hotel tan encantador, señor…
–Ramón, llámeme sólo Ramón –dijo el hombre en un ambiente que se había vuelto cordial y distendido– ¿Puedo preguntarle qué habitación ha escogido?
–Me quedo con todas. Traigo mucho equipaje y necesito un buen descanso. Creo que disfrutaré una temporada de su hospitalidad.
–Encantados de servirla, señora Lempika –y con un pícaro gesto el conserje supo que sus servicios serían recompensados con una generosa propina.
Lolita encendió un cigarro con su Dupont de oro y después se lo regaló gustosa a su encubridor.
Las siete camareras del hotel, todas llamadas Estrella, comenzaron a preparar las habitaciones.




