¡Ojo con el ojo!
1997
Mateo Charris, Ángel
La sala de espera del consultorio rebosaba pacientes. Toda una legión de adictos dispuestos a liberarse de sus ataduras gracias a los nuevos métodos del profesor Azúa. El acelerado ritmo de la vida moderna había hecho de Telépolis una jaula de grillos. Un ejército de ansiosos, histéricos y maniáticos amenazaba con hacer saltar los mecanismos de una sociedad en continuo coqueteo con la catástrofe.
Ludópatas, alcohólicos, drogadictos, profesionales de las fobias, y posesos de las aficiones más diversas constituían la selecta clientela de la clínica.
Los martes se dedicaban a las terapias de grupo, con lo que era bastante fácil clasificar a los pacientes de un vistazo: los adictos al Nintendo, los del síndrome Tourotte-TV, los chistosos…
Una enfermera llamó al primer turno de la tarde.
–Por favor, Mirones Anónimos.
De entre el murmullo de la sala fueron apareciendo los miembros de este curioso clan. Lo formaban una docena de ojos, que parecían tener poco en común aparte de un ánimo un tanto sombrío.
Uno de ellos pisó a una incorregible golosa que se atiborraba de bombones de licor.
–Oiga, ¡qué le pasa! ¿Es que no ve por dónde mira?
El ojo pidió disculpas y cerró tras él la puerta de la salita.
El despacho del profesor estaba decorado en azules y verdes eléctricos, con divanes formando un semicírculo en torno a la mesa de Azúa. Tras él, una gran pantalla de cuarzo líquido dejaba ver una espiral luminosa moviéndose pausadamente.
Los ojos fueron acomodándose según el rito conocido de sesiones anteriores. El profesor Azúa dirigía unas amables palabras a cada paciente y, en su caso, introducía a algún nuevo miembro a la terapia.
–Queridos amigos, como ven hoy contamos con la presencia de un nuevo compañero, el señor… –tuvo que repasar las notas de la sesión– …el señor Ogino. Bien, como es habitual comenzaremos presentándonos a nuestro nuevo invitado.
Un coro de bufidos hizo notar cierta desaprobación, una desgana hacia la tediosa rutina de repetir sus historias a nuevos desconocidos.
Últimamente, se palpaba menos entusiasmo en algunos. Las cacareadas doctrinas antiadictivas de Azúa despertaban menos fervores que poco tiempo atrás.
–Bien señores, ¿quién empieza? ¿No querrán que el señor Ogino se lleve una mala impresión en su primer cita?
Se oían murmullos pero nadie se decidía a hablar. El profesor arrugó el ceño y se puso de pie. Apretando una tecla la espiral subió de intensidad y comenzó a moverse más deprisa.
–Les recuerdo que todos estamos aquí por algo. Ustedes porque tienen un problema y yo porque puedo solucionarlo. Siempre que colaboren y deseen realmente su curación –el tono de Azúa se había tornado decididamente agrio. Una complicada mañana con un grupo de ancianitas enganchadas a las tragaperras tenía bastante que ver con su estado de ánimo.
–No soy yo el que necesita ayuda, el que está obsesionado con mirar y mirar y mirar. El que destroza familias por su desmedida y desenfrenada pasión por la mirada y el fisgoneo. No soy yo el que, arrastrado al fango de su vicio, olvida lo que es una vida decente y ordenada, útil a la sociedad, completa.
El rapapolvo parecía surtir efecto. Uno de los ojos se adelantó a la amenaza del profesor de interrumpir la sesión.
–Vale, vale. Yo empiezo.
Azúa se sentó y la espiral volvió a su estado inicial.
–Excelente, señor Ojete. Puede usted empezar cuando quiera.
–Sabe que no me gusta que me llame señor Ojete. Con Paco es suficiente.
–Muy bien, Paco. Adelante.
–Bien. Yo comencé a mirar hace unos años. A mirar obsesivamente quiero decir. Lo mío son los logotipos, las marcas comerciales. Empezaron a gustarme tanto que no podía dejar de mirar: en la calle, en los anuncios, en los botes de comida… Pronto comencé a coleccionarlos, álbumes y álbumes completos, luego, polaroids cuando paseaba por el centro, cientos y cientos de ellas, luego…
–Al grano, Ojete –dijo otro de los pacientes.
–Vale, soy controlador aéreo. Me apasionaba ver los logotipos desapareciendo en el cielo. Instalé un telescopio en la torre para poder verlos durante más tiempo. Hubo un accidente. Me echaron del trabajo. Mi mujer me dejó. Eso sí, me defendió el bufete de abogados con el logotipo más bonito.
–¡Estás pillado, Ojete! –comentó el ojo impertinente.
–Señor Ojeriza. Lo veo con ganas de hablar. Es su turno.
El profesor ejercía de moderador con pulso firme. Una juventud de entretenedor de jubilados en Benidorm lo había hecho un gran conocedor del género humano.
–Y muchas gracias, señor Ojete. Su caso es muy ilustrativo de adónde nos puede llevar una pasión insana.
El señor Ojeriza era bastante pintoresco. Lleno de tics y convulsiones varias, asistía a diferentes grupos de terapia en función de sus múltiples y preocupantes obsesiones.
–Lo mío son las pantallas. Me vuelven loco. Ya sabéis: los ordenadores, las televisiones, cualquier cosa que parpadee, que escupa imágenes digitales…el día de mi boda pasé por delante de un macrotelevisor de última generación y no pude despegarme del escaparate. No me casé, claro. Tengo sesenta y cuatro televisores y doce ordenadores en mi casa.
Azúa interrumpió para impresionar al recién llegado.
–Aunque con nuestra terapia hemos conseguido que no las tenga encendidas todas al mismo tiempo.
–Sí –comentó lacónico Ojeriza– después de dos años de tratamiento puedo apagar diez teles y cuatro de los ordenadores.
–Paciencia y constancia –sentenció el profesor– Es el lema de mi clínica, querido amigo.
El nuevo pretendiente a la salvación, el señor Ogino, fue escuchando a sus compañeros de diván. A uno le obsesionaba contemplar anuncios de teletienda y a otro las vetas de la madera, a aquel las salidas de los centros comerciales y al otro sus pies mientras caminaba. Todos parecían reconocer su problema, pero no se les veía excesivamente decididos a acabar con sus malas costumbres.
–Ahora le toca a usted, señor Ogino.
Tras un largo silencio, el tímido primerizo comenzó a hablar.
–Yo soy todos ustedes –se oyeron risitas contenidas– Me explico.
Quiero decir que soy la suma de todos a los que he oído. Yo quiero mirarlo todo, verlo todo. Puedo pasarme horas mirando en las páginas de Internet, u ojeando las revistas chinas del Centro Cívico Taiwanés, o escrutando las caras de la gente que sale de los fotomatones. Soy todo mirada. No puedo seleccionar porque todo me parece digno de ser visto.
La audiencia había comenzado a prestar verdadera atención a sus palabras.
–He venido aquí porque mi jefe dice que me distraigo mucho mirando.Que tengo un problema. Pero… ¿qué es la vida sino problemas? ¿Y qué sería yo sin mirar?
El ojo saltó del diván y comenzó a dirigirse a sus vecinos.
–¿Quién seríamos sin nuestros tics y nuestras manías? ¿Qué haría el señor Ojeriza todo el tiempo que no estuviese observando pantallas? ¿Quién dice hasta cuanto tiempo es normal contemplar un cruce de calles? ¿Menos que una puesta de sol? ¿Más que una alcantarilla? Imagínense ustedes sin mirar, ordenados y sociables. ¿Qué ven? Cualquier cosa menos un ojo libre.
El profesor comenzó a detectar un clima de desasosiego y la actitud de su nuevo paciente comenzaba a incomodarle.
–Señor Ogino, vivimos en un mundo que funciona como un engranaje. Para que una cadena no se rompa, para que ejerza la fuerza necesaria, todos sus eslabones tienen que ser similares.
–A la mierda las cadenas –el tono de Espartaco del ojo comenzaba a enardecer a los demás, encerrados durante años en su sentimiento de culpa.
–Quiero mirar. Mirar arriba y abajo, al sur y al norte, a derecha e izquierda. Mirar es vivir.
–¡Yo también quiero mirar!
–¡Vivan los mirones!
La pequeña revuelta había conseguido encender al profesor.
–Señor Ogino. Le ruego que abandone ahora mismo esta reunión. Tal vez su actitud no sea la más apropiada para esta terapia. Y con seguridad no lo es para el resto de mis enfermos, ni para sus problemas.
–¡A la mierda su terapia! ¡Y que vivan los problemas! Me voy al bar de la esquina. Está lleno de monitores y de imágenes, de revistas y de cristaleras, de bocas y de orejas. Y el que quiera puede acompañarme a echar un vistazo...
Todos empezaron a levantarse y siguieron al insurrecto. En vano trató Azúa de detener a sus pacientes y a sus chequeras.
Descompuesto el gesto, no podía ni imaginar que aquel estúpido incidente iba a ser el comienzo del fin de su prometedora carrera.
Sólo Ojeriza permanecía sentado en su sitio.
–Menos mal, amigo, que aún queda alguien sensato en este mundo. ¿Ha visto la que ha organizado ese imbécil?
El ojo escudriñaba insistentemente a la espiral.
–No, si yo también me voy. Es sólo que no puedo dejar de mirar esa pantalla. Cuestión de minutos.
El enfurecido profesor apagó de un manotazo la imagen y Ojeriza aprovecho para despedirse.
– Menudo peso me ha quitado de encima ese tipo. Y con lo que me ahorro de sus sesiones me voy a comprar una televisión guapísima que he visto viniendo para acá.
Al salir el último paciente, la secretaria dio por terminada la sesión y el comunicador sonó en el despacho vacío.
-Señor Azúa, ahora viene el grupo de Oyentes Compulsivos.
¿Les hago pasar ya?
Cinco años después.
Los ojos formaron una empresa de asesoría gráfica de gran éxito. El señor Ogino ha sido elegido recientemente empresario del año por la revista Forbes.
El profesor Azúa reside en Benidorm, dónde ha retomado su antigua profesión de entretenedor de jubilados.




