Falsacapa
1999
Mateo Charris, Ángel
Tenía delante todo el mar, todo lo azul y lo lejano, y, sin embargo, se encontraba irremediablemente atado al lugar. Las cuerdas de los numerosos barcos del puerto trenzaban la red que le impedía escapar al desastre. Se sabía en la calma del ojo del huracán, en uno de esos curiosos nudos de la historia que marcan los destinos de un pueblo. Los dados estaban echados, pero él aún desconocía el papel que le había reservado el azar: el de héroe o villano, el de víctima o verdugo, el de peón de brega o lugarteniente de la Gloria.
Todo alrededor se empeñaba en la rutina y el sopor de lo cotidiano: los hombres malgastándose en tareas banales, las gaviotas acunándose al son de la música de las jarcias y los quejidos de las maderas, las nubes dibujando con sus sombras en las montañas peladas.
Cogió un guijarro aplanado para hacerlo rebotar sobre la superficie lacada del agua. Pero la piedra se fue al fondo sin intentar siquiera un salto de cortesía.
No importaba que al otro lado del horizonte lo esperara su adorada Orán, o la Nápoles de sus antepasados: al extremo de la argolla invisible que colgaba de su tobillo había una tremenda y pesada bola, una condena inmensa del tamaño de toda la ciudad de Cartagena.




