Charris
Español

Europía

1999

Mateo Charris, Ángel

Inmóvil observo este cuarto desnudo, en Alemania,
el alto cielo raso, antaño blanco,
el hollín que cae sobre la mesa con flecos diminutos;
y mientras la ciudad que me rodea oscurece deprisa,
yo me entretengo en escribir un texto que tal vez no existió.
Restauro mis imágenes, yo soy mi propio falsificador.

H. Magnus Enzensberger

 

Autopistas de Europa. Museos del mundo. Lluvia azul. Ojos agotados y disco duro sobrecargado, suplicando memoria, emborrachado de historia.
París. La imponente figura de la torre Delaunay se recorta en el oscuro silencio de la gran plaza deshabitada. En la ciudad de la luz sin luz sólo destacan los enormes dígitos que señalan los días que faltan para entrar en el nuevo siglo.
El viejo Montmatre es ahora un león desdentado y sarnoso, pero aún ruge en las obras de Toulouse y Rusiñol, en las melancólicas sonrisas de Satie y en los gorgoritos ebrios de una vieja soprano enamorada. 

Querida amiga:
Limpiaparabrisas moderato. Mondrian negro. Luz de cruce. Vincentland.
Bruselas. En la Maison du Dragon, un complicado laberinto oriental, un chino de ojos taimados busca dónde alojarnos. De una pequeña entrada se pasa a un gran restaurante, of course chinoise, de ahí a un bar y, por fin, al hotel. Las habitaciones están escondidas en extrañas escaleras, lejos de las inspecciones de hacienda. Afuera parpadean los neones de los espectáculos eróticos, los grandes hoteles, los barecillos de travestíes.
A la mañana siguiente: desayuno continental en decorado asiático. Veo la sombra de Hergé sonriendo entre la perfumada lluvia de la capital de los belgas.
Me fascina la capacidad de Magritte para aunar jovialidad y hondura, negros presagios y sonrisas tiernas. De inventar un código con el que nunca se traiciona: colgado en el MOMA o en un anuncio de dentífrico.
Veo sus inocentes gamberradas en súper ocho y reconozco en él al amigo.
En la noche de Bruselas encontré los tranvías y las calles de Delvaux, los hombres grises de Magritte. Nunca los hubiera considerado costumbristas. Ensancharon los horizontes de su provincia hasta hacerlos coincidir con nuestros sueños.
Me he comprado unos zuecos en Holanda. Rembrandt, Van Gogh y Basquiat pintaban con ellos. Tengo también una máscara africana para hablar con los antepasados, y un ojo de cristal para adivinar el futuro.
En algo me parezco a Van Gogh: tengo una oreja averiada, sufro de constantes ruidos y zumbidos, y pinto. Como él aspiro a la intensidad y soy atacado constantemente por la estupidez cotidiana. En lo demás me parezco tanto como un elefante a una hormiga. Pero ante las carpetas que un día guardaron sus cartas a Theo, la hormiga se estremece como ante el abrazo ausente de los padres.
Perdiéndose por las autopistas de Europía, uno puede toparse con la Villa Saboya de Le Corbusier, pasar junto a la arcadia de Claude Lorrain, o engrosar el bolsillo de un par de espabilados que se aprovechan de un depósito vacío y un bosque negro. Negro como el más oscuro de los rothkos.
La mujer de azul del cuadro de Vermeer lee esta carta: 

Querida amiga:

Todos estos días han sido de intensa y reveladora experiencia. He paseado por el filo del síndrome de Stendhal, recorriendo kilometros de pintura y horas de silencios. No sólo fueron Macke, Whistler, Delvaux, Sickhert. Ni los espléndidos fuegos de artificio del Guggenheim bilbaíno.
No sólo las calles de Burdeos, ni el Louvre, ni el Petit Palais, ni el Museo de Arte Moderno de París. Ni todo el resto de París. Ni Munch y la luz del norte.
No es que fueran las brasas pálidas del gran Magritte en el país de los tintines, ni Stuart Davies, ni Rembrandt y todo el Rijksmuseum. O los canales grises de Amsterdam, o los amarillos visionarios de Van Gogh.
Es toda la locura condensada de este cuerdo y todos los otros locos, destilada en un poderoso veneno que aún me impulsa a escapar al sur, a buscar la luz: la Sainte Victoire. Que me arrastra a buscar supervivientes en el naufragio, a Spilliaert, Whitsen, Monory, George Bellows… Que me amarra a un vídeo explorador, que me impulsa a revolver entre los libros, que me obliga a mirar y a ver, a robar compulsivamente las imágenes.
Querida amiga, dirás que ya te he contado esto otras veces, que no hay fiebre que no pase con un buen tazón de monotonía, pero es que ahora veo a la oruga devorando el tiempo.
Esa pequeña oruga belga.
Llevo el bolsillo lleno de divisas caprichosas, calderilla multinacional, y con ella quiero comprarme un castillo en los Pirineos.
Mañana te contaré otras cosas, sobre la búsqueda del motivo o sobre la conveniencia del desorden, sobre colores puros y saturados, sobre grisallas.
Mientras tanto, saludos por Delft. 

No se explica este siglo de máquinas y extraños, de aeropuertos y tiendas de gasolinera, sólo con pintura. Reconozco por donde voy los instantes congelados de Jeff Wall y Phillip-Lorca Di Corcia, los paneles de Jenny Holzer, las manías de Sophie Calle. Hasta las propuestas más estúpidas y manidas comienzan a incorporarse a este paisaje, a fuerza de verlas aparecer entre oleadas de turistas cubriendo días de agenda: rayas de Buren en cafeterías, kellys troceados, cientos de cuadros blancos de pintores de cuadros blancos.
Entre aquellos y estos, los que me interesan y los que avivan mi muy exigente intransigencia se abren grandes fosas de ironía. Aunque he visto como giraban la veleta de mis admiraciones en direcciones insospechadas, como se iluminaban autores oscuros y cómo perdían su brillo los elefantes dorados, ya he cultivado enemigos irreconciliables y amistades peligrosas; en cualquier bando, no siempre en el que los demás esperan. El lema de mi república es: nunca digas nunca.
Tener dos ojos en casa, diez, cien si es necesario. Ver a cada cual como es, sin necesidad de mirarle los dientes, ni quitarle las herraduras. Aprender a mirar sin leer la partitura, de oído, y después, a improvisar. A llenar largas veladas de humo y copas con solos e instrumentales de miradas. Voyeur boogie-woogie.

            (…) moja el pincel en sombra calcinada:
            hará un cuadro sombrío. ¿Por dónde comenzar
            cuando se quiere pintar el fin del mundo?

            (…)Os lo he dicho una y otra vez:
            no hay arte sin placer

            H. Magnus Enzensberger

Arrastro mi cuaderno digital por Europía. Mi vídeo barre imágenes que ni siquiera he visto; es tan rápido como mi cabeza, tan certero como cien carboncillos, como diez mil bocetos. Mi brazo es de esta época. Pinto con óleo y píxeles, con el cerebro y la máquina, a la luz de cientos de bombillas incandescentes, tensando arcos de fibra óptica, lanzando flechas de millones de gigabytes de potencia.Tengo un pincel atómico y un lienzo la mar de tradicional.
Cada viaje esconde sus claves secretas. En un mostrador abarrotado de un drugstore de Madrid encontré El Hundimiento del Titanic de Enzensberger. En los alrededores de Maastricht sonaba Kurt Weill en las cascadas voces de Lou Reed y Marianne Faithfull. Gail Levin me habló del libro de Peter Handke sobre Cape Cod y la montaña Sainte Victoire. Viajes exploratorios, fanáticos, iniciáticos. Próxima salida: Realidad. 

Querida amiga:

Ahora que estoy leyendo el libro del escritor austriaco del que te hablé, te imagino como en el cuadro de Hopper, con este papel entre las manos y una maleta a medio hacer.
Yo ya casi no me atrevo a no deshacer la mía, cansado de este trasiego de hoteles y recepcionistas. Sabes que no me gusta viajar, aunque adoro la idea del viaje. Otra de esas contradicciones de las que estoy hecho.
Cézanne, una vez que le pidieron que describiera lo que entendía por “motivo”, acercó “muy despacio” los dedos abiertos de ambas manos, unos frente a otros, los dobló y los entrelazó.

Peter Handke. 

El norte quedó atrás con su húmeda belleza gris. Un sol deslumbrante me recibe en las puertas de la Provenza, una luz de pelo rojo y tráfico dominguero. Un calor familiar: cuervos en los trigales.
Hace años, en las arenas de Arles, vi la única corrida de toros de mi vida. Buscando a Vincent encontré a Robert Franck, noches iluminadas en las fábricas de Marsella, sillas de Hockney y pastis mañanero.
Aix-en-Provence es lo suficientemente soso como para parecerme interesante, pero el imán de la montaña atrae poderosamente. En Vauvenargues, mi ventana da a la ladera norte de la Sainte Victoire. Un hermosísimo castillo, sobrio y rotundo, humea junto al pueblo.
Hay pintores en la ruta cezanniana, como antes en Paris, en Amsterdam… Seguidores confesos del plein air, del instante, domingueros y algún genio, casi todos sinceros, momias muchos. Escapados de algún musical americano.
Hay una reproducción de una acuarela en mi cuarto. No sé si es un estudio de Cézanne de la Sainte Victoire o de alguno de su corte de admiradores. El comedor del hotelito está lleno de cuadros regalados a la dueña por pintores transeúntes. Todos parecen haberse sentido cerca de la fuerza. O han venido a buscar el motivo.
Yo sólo quiero –ante la mole sagrada– acercar los dedos abiertos de ambas manos, doblarlos y entrelazarlos. 

In him was life; and the life was the light of men.
And the light shineth in darkness; and the darkness comprehended it not.
John, 1, 4-5 

A la hora de la cena, pregunto a la dueña por el imponente castillo que veo desde mi ventana
–¿No lo sabe? C’est le chateau de Picasso.
Y un extraño escalofrío recorre mi estómago provenzal. Más fantasmas para agregar a la lista: Picasso, Matisse, Vollard… fotos en camiseta de rallas y calzoncillos: el titán del siglo y de las leyendas aprendidas.
Después de tanta Europa y tanto cool, una brisa de misterio y romanticismo sureño. ¿Cómo, sin buscarlo, se puede caer en un cuarto que va a dar a la tumba de Picasso?
Un coro de ranas enloquecidas anima el descanso del malagueño. Dejo las ventanas abiertas para que entren todos los mosquitos de la oscura noche de Vauvenargues. Tal vez alguno descienda del que le picó a don Pablo Ruiz, una noche como ésta tiempo atrás. Tal vez alguno aún conserve un cromosoma del genio, transmitido durante generaciones de veintisiete días…
Mi lado cerebral está en crisis. 

Querida amiga:

Voy a dormir –si es que la excitación me deja– junto al viejo castillo del maestro, a la sombra de la montaña blanca, con la maleta llena de libros y la cabeza de imágenes.
¿Crees que todo esto será suficiente para pintar un cuadro –al menos uno– que merezca la pena?
Pensar en formas, en franjas, en campos de color. Bocetos de Corot, molinos de Mondrian, acuarelas de Macke. Plástica pura, placeres matemáticos, laberintos en el alma. ¿Cómo se pueden tener cien maestros a la vez, y no estar loco?
Siempre echaré de menos las obras ante las que tuve que pasar de largo, extenuado y al borde de mis fuerzas, con los ojos doloridos y la cabeza zumbando: giottos, mantegnas, flamencos, kirchners, delacroix, riberas, de la Tour, watteaus, zurbaranes, de koonings, broodthaers…
Milagros que llenarían días enteros de oscura existencia provinciana. Gritos de sirena ignorados en bien de mi cordura.
Europa es una larga autopista, un continuo rosario de peajes (de Barnabooth a Wim Wenders, de Robert Walser#Ë al realismo mágico). Una avenida de sex shops y restaurantes multirraciales. El espectro de Le Pen sonriendo en una valla, las Ardenas, Verdún, el arte degenerado, la sombra al norte, la luz al sur. Ronda de noche: Europía amenazada.
Cadaqués: otro de esos pequeños puntos en el mapa que atraen como un faro irresistible a los artistas. A Magritte y Georgette, a Duchamp y su tablero de ajedrez, a Arroyo y a María Grazia Eminente…
Y en Port Lligat –gran murmullo– a presentar mis respetos al mejor artista de la provincia de Gerona, al gran Dalí, el apestado, el desterrado del Olimpo de los grandes por leídos y estudiantillos. Culpable de sus excesos, de su interminable fertilidad, de su horror al vacío, pero que aún ha de sacar conejos de su sombrero, a poco que la historia se deje y sus bigotes se olviden.
En medio de una oscura tarde uno de esos cursis y gloriosos efectos dalinianos: un espléndido arcoiris recortándose en el azul profundo. Doy las gracias y recojo piedras y cristales blandos: hormigas transparentes. 

Qué otra cosa podría ver un explorador cansado
dentro de los límites de un metro cuadrado de tristeza…
Bernardo Atxaga 

Querida amiga:

¿Me escucharás también cuando te escriba lejos de la carretera, fuera de este mundo de moteles y ropa arrugada? ¿Querrás saber de este gris y aburrido pintor cuando no oigas de él más que los lamentos de una vida pulcra y ordenada?
Lejos de toda heroicidad, con la sola compañía de los pinceles y la memoria, seguiré pensando en ti y en esa noche de ranas plañideras, pero no sé si tendré el valor de escribirte ni el coraje de olvidarte. 

Madrid, Bilbao, Burdeos, París, Bruselas, Amsterdam, St. Priest, Aix en Provence, Arles, Cadaqués, Barcelona, Cartagena. 1998.