Charris
Español

Morería Baja

2005

Mateo Charris, Ángel

La calle Morería Baja es antigua y entrañable. Une la Puerta de Murcia y la calle San Fernando, y en ella me he hecho pintor. De una vieja casa en el número treinta y cinco han ido saliendo los cuadros que han conformado mi carrera, los charris de Charris, los lienzos y maderas conjugados, la pintura.
Hubo un tiempo en que la calle era alegre y bullanguera. Las ropas tendidas en los balcones, las cajas de frutas en la tienda de enfrente, los bares de marineros y la casa de tatuajes le daban un aire napolitano y popular, un carácter meridional y portuario del que me sentía muy orgulloso. Las viviendas no eran nobles, a excepción de la casa del Pasaje, pero el vuelo de sus rejas y la luz de su cielo la hacían un agradable trayecto de paso.
Ahora casi no queda nada de todo eso. La mitad de las viviendas han sido derribadas para hacer no se sabe bien qué. Otro buen número de ellas han sido desguazadas y carcomidas por los termitas, los nuevos habitantes de la calle que han sustituido a los ancianos y a las familias de clase media y baja.
Sólo hay una casa nueva en toda la calle y está junto a la mía. Un discreto burdel, unos bosnios y un pescador con su familia son los vecinos de la pared de al lado. En el otro, una anciana que una vez regentó una whiskería y, en el bajo, el taller de mi tío el tapicero. Y entre casas viejas y solares, casi nada. Los extremos de la calle si que mantienen restos de vida normal.
La vista desde mi balcón es una hilera de casas desvencijadas, sin puertas ni rejas en algunos casos, decoradas con basura y expoliadas hasta en sus más mínimos detalles. La calle es ahora sucia y destartalada pero en ella viven aún algunos niños, los hijos de los termitas, felices en su ignorancia y en su niñez. Hay muchos gatos y pocos ratones, hay ocupas, yonquis y prostitutas: poco de todo y mucho sólo de miseria.
La Morería es dura y áspera: metáfora radical de la ciudad. Tampoco faltan en ella las ruinas de nuestro pasado: los sótanos son romanos, los tejados decimonónicos y su nombre medieval.
La calle es uno de los límites del barrio y del monte del Molinete, el barrio chino que fue uno de los más famosos del Mediterráneo, aunque ciertamente un límite bastante lejano y honrado: pocas putas y mucho obrero, algún pintor y algún que otro desahogado financiero.
En algún momento perdido en la memoria de mi madre, vivía en esta casa una guapa joven de la que se enamoró perdidamente un desgraciado y, en la misma entrada donde vivo, de un disparo se quitó la pena de su amor no correspondido. Siempre trato de leer las señales de algún alma en pena, pero, de haberla, duerme su eterna timidez en los viejos baúles del desván. Porque mi casa tiene desván, una bonita habitación en el tejado donde mi tía guarda puntillas amarillentas y yo los cuadros más viejos y olvidados, torpes ejercicios de estudiante y algunos fuegos de artificio balbuceantes.
Mi suerte está unida a la de la calle y nunca he pensado en trasladarme o en traicionarla. No tan sólo por la comodidad de una casa heredada y conocida, sino porque en la estrechez de su espacio comprimido he levantado mi burbuja nuclear y mi mundo.
Mi calle es la más desastrosa de las calles, oscura y siniestra por las noches, turbulenta e intransigente por el día; pero también silenciosa y mágica esas mismas noches, luminosa y prometedora por las mañanas. Está viva, aunque a veces cueste reconocer su pulso débil y agónico.
En el primero de un edificio de enfrente murió una chica no hace mucho, drogadicta y prostituta, supuestamente de sobredosis. Otros dicen que el compañero la mató de una paliza al enterarse que le había ocultado el pago de un trabajo. La chica estaba embarazada. Habían ocupado la casa hace pocos días, lo suficiente como para empezar a destrozarla.
La policía se dignó a aparecer para levantar el atestado, también el forense. Eche de menos la banda con la que precintan la escena del crimen en las películas americanas.
Actuación, arrepentimiento, o verdadero dolor, el novio viudo en cuanto se quedó solo empezó a destrozar todo lo que encontró a mano, los escasos enseres de una casa abandonada por un panadero y ocupada por una unidad familiar de drogadictos.
La noche se ha roto a las tres de la madrugada. Una histérica y aterrada nueva moradora de la calle ha creído ver su cuerpo lleno de gusanos, miles, millones de asquerosos insectos que se le agarraban a la piel y al cabello. Sus gritos han despertado, entre otros, a los ángeles de la calle.
Ángel, su vecino de abajo, multitatuado y robusto, malencarado y en busca y captura, y que hoy ha recogido un precioso cachorro, ha subido a apaciguar los ánimos y las voces de la desesperada. El semen de unos cuantos clientes se ha transformado en un flujo de heroína por las venas de la desgraciada.
Con un aplomo ejemplar, el buen samaritano ha ido ahuyentando los bichos de la cabeza de la andaluza. He escuchado un convincente alegato sobre los peligro de la jeringuilla y sobre las bondades del sol y la playa. de no haber subido el ángel de los tatuajes, la puta hubiera acabado muy probablemente en los adoquines de la calzada, doce metros más abajo de su infierno particular.
Esos adoquines que aún conserva la calle son de los más viejos de la ciudad. Aguantaron la fiebre asfaltadora de los setenta y aún se conservan bastante bien.
Es en los días de la Semana Santa cuando más transitados son. La Morería es usada por todos como un atajo y, penitentes y pecadores, capirotes y manolas, pasean la tradición arriba y abajo. Visitantes anuales que aprovechan para echar un vistazo a lo que se cuece más allá de las calles principales y de paso despotrican y se enorgullecen de vivir en una de las celdas de colmena del Ensanche.
Esta noche, al salir a regar las plantas del buche de palomas –la típica reja del sureste– he oído hablar en bosnio, serbio, croata, o qué sé yo. Mis vecinos del edificio nuevo, por las traseras, son bosnios que tuvieron la suerte de escapar del infierno, o la desgracia de dejar atrás el mundo en el que nacieron y crecieron.
Al principio de esa confusa guerra, algunos estuvimos ayudando a cargar un barco con ayuda humanitaria. Ya creíamos que la guerra era demasiado larga y, sin embargo, hace de eso un par de años. Tan absurda como todas las guerras, lo más crudo de sus imágenes en televisión era que aquellos podríamos ser nosotros: nada de escenarios exóticos ni contendientes multicoloreados. Esas calles podían ser las nuestras y esos cuerpos acribillados por francotiradores nuestros vecinos.
Sólo sé de la guerra por los recuerdos siempre presentes de mis padres.     Algo debieron pasarme de ese horror en los genes. No puedo ver tranquilamente las imágenes de la guerra civil española, ni oír sus viejas canciones, sin sentir un profundo agujero dentro de mí.
Esta noche me alegra oír a mis vecinos hablar en bosnio, o en lo que sea que hablen.
Mi calle parece una imagen del Sarajevo destruido de las noticias. Cada vez hay menos casas y ya el monte se deja ver entre los solares. Ya tiraron la finca de los yonquis. Ya casi nadie vive en la calle, apenas un muestrario de escombreras sin sentido.
Hay pocas ruinas importantes por aquí, así que volverán a ocupar el espacio vaciado con nuevas casas sin historia, seguramente más feas. pero más al gusto del español medio del dos mil.
Debajo de mi casa hay un pozo de agua que se tapó en los cincuenta. Nadie sabe muy bien de cuando es, como nadie puede precisar los años que tiene mi casa. Se fue haciendo añadiendo pisos y alturas, adosando habitaciones y resistiendo guerras: la cantonal y la guerra civil, en mil ochocientos setenta y tres y en el treinta y nueve. Pero esta última guerra parece destinada a perderla. Es la guerra contra el progreso y la especulación. Alguien me ha dicho que está previsto derribar también mi estudio.
Resistiré, pero no sé hasta cuando. Sin vecinos y sin casas, siempre viendo derrumbarse el mundo alrededor, contando los escasos paseantes, con la espada de Damocles de los cacos y los malos. Es la triste suerte del sentimental acosado.
Ya ni las ratas encuentran comida.
Recuerdo las caras de los vecinos que se fueron, las fachadas de las casas que murieron.
Me acuerdo de pasar con las Límite y con Mavi y admirarnos del taller de un señor rebosante de los cacharros y boberías que nos gustan. Ahora el señor vive enfrente, vende cosas en la plaza. Es un robusto que se niega a envejecer.
Hay unas ruinas que parecen de broma al principio de la calle. Algo debe quedar del original romano, pero es tan poquito que resultan unas ruinas anémicas y con muletas.
Algún día por aquí pasaron cartagineses, romanos, fenicios y algún griego, bizantinos, visigodos… Hace no mucho pasó un grupo de festeros romanos, tataranietos putativos de la antigüedad, y, con sus trajes de poliéster y sus lanzas cromadas parecen romanos de opereta ¡si sus abuelos levantaran la cabeza!
La Morería Baja tiene una hermana más alta que trenzó su suerte con ésta. Mellada y deshilachada mucho antes, apenas es ahora un rastro de acera o una trasera a medio derruir.
Los que crecieron y envejecieron con la calle, los que la conocieron viva y palpitante, andan muriéndose en cada ladrillo que cae, en cada viga quebrada por el presente.
Los picos cavan arrugas en su frente y cada nueva ausencia que encuentran ha de ser para ellos como una palada en la tumba. O tal vez no, seguramente andan demasiados ocupados con el mando a distancia de la tele.
No hay navidad que alegre una calle así. No hay fachadas en las que colocar guirnaldas ni lucecitas. Sólo mi ficus luce unos estupendos pimientos luminosos, que quedan bonitos pero que empiezan a crearle una crisis de identidad a la planta.
Cuando el sol entra por las mañanas despierta a los habitantes del polvo, que empiezan a bailar alegremente a mi alrededor.
Se encienden por un rato los colores de los cuadros y dejo abierto el balcón para oír los sonidos del día. Las plantas retozan juguetonas en sus colgantes, las moscas y mariposas vienen a ver que estoy pintando, y elijo una música suave que me arrulle: But not for me de Gershwin, o un aria triste o algo así.
En esos momentos sólo puedes dejarlo todo y esperar a que pase el milagro.
Si cuando pasa un ángel se escucha un silencio, cuando pasa el milagro se oye un trineo de rayos solares cascabeleros, un aleteo de polillas y un cierto olor a tierra antigua delatando su procedencia.
Hay hogueras en la noche de mi calle. Y el carro de somieres de un vecino calentándose alrededor.
¡Qué pocos conciudadanos quisieran vivir donde vivo! Y sin embargo el fuego me trae en sus volutas la imagen de otra parte del mundo, la de los desheredados de la tierra, parientes lejanos de éstos. Y se trenzan sus caras con otras de ayer, y viene al encuentro el pastor del belén, año tras año sentado sobre unas brasas ardientes.
Huele mejor la brasa en mi calle que el humo de un volvo. Son más bonitos los viejos solares a la luz de las llamas que el brillo prestado de algunas tiendas.
Mi calle es gitana y vagabunda.
Llueve y mañana es nochebuena. Un drogadicto se pincha bajo el paraguas. Guarda el agua destilada en un frasquito mientras las gotas resbalan por su burbuja impermeable. En unas ruinas mojadas se le abre una puerta a un lugar del que no quiere volver.

Pero vuelve, y se encuentra calado hasta los huesos bajo un paraguas de gruyere.
Mis plantas se duchan en el balcón. Miles de lagos florecen en el adoquinado.
De noche las luces del puerto anaranjan las nubes en el cielo azul oscuro. Sobre él se recorta la imponente silueta del monte en sombras.
El viento zarandea las puertas y ventanas de las casas abandonadas. Ni un cristal se rompe. Veo mi reflejo entrando y saliendo en la oscuridad. el hipohuracanado grito de Pepe Pótamo parece estar buscando una vivienda en condiciones donde poder ejercer su vocación de okupa.
De las ruinas moribundas de la calle los gatos han hecho un castillo. Con almenas y tronos, con pasadizos y salón de los pasos perdidos, con cocinas y fosos.
Aún sin saber la jerarquía que en él guardan los felinos, he reconocido a un pequeño príncipe, blanco y negro y muy peludo, como el bastardo de un noble persa en el exilio.
Altivo me saluda desde el balcón cercano, distante y orgulloso me perdona la vida en cada paso.
En el castillo los juglares cantan en una extraña música cubista, algo así como una lieder entre contemporáneo y chino.
El mundo se cae ahí afuera: esto no es una metáfora.
Escuadrillas de obreros y artilugios mecánicos continúan el derribo, el acoso permanente.
Un día se me llevaran en una de las paletadas y nadie se dará cuenta.
Las golondrinas que vuelven por primavera han encontrado el mundo cambiado. Los agujeros que guardaban algunos de sus nidos duermen en el fondo de la escombrera.
Desde mi privilegiada atalaya las veo lanzarse a la conquista de sus recuerdos, de las cajas de las persianas. parecen ignorarme ciegamente empeñadas en sus suicidas acrobacias por las estrechas calles de la ciudad vieja. El nervioso y negro vuelo de los pájaros parece más despistado que de costumbre. Tal vez decidan volverse a los libros de cuentos de Dinamarca, de donde proceden.
A mi vecina le han cortado una pierna. Lleva una vejez solitaria y reumática, orgullosa pero irremediablemente abocada a una residencia o al hospital.
No creo que vuelva a escuchar sus quejas sobre el vecindario, no creo que me regale más revistas antiguas. Su persiana está muda.
Ha estado al menos tres semanas con la pierna rota sin recibir tratamiento, confundiendo sus dolores, obstinándose en negar lo evidente, sufriendo en soledad, trenzando quejas y oraciones.
Mi única vecina ya no puede caminar porque no tiene, porque le falta…
Las gaviotas bajan a comer las cabezas de pescado que una mujer trae diariamente a la pandilla de gatos de la calle.
La luna se eclipsa esta noche en el Molinete.
Mi vecina, Cati, ha muerto. Lo presentí al mediodía y lo supe a la tarde. pronto entrarán los carroñeros a tomar posesión de su casa. Ningún familiar y muy pocos conocidos en su entierro. Se aferró con dientes a su destino, ajena a lo miserable de su existencia, huyendo de una caritativa vejez algo más llevadera. En sus sueños vivía en una casa de paredes tapizadas y marcos profusamente labrados y brillantes, con láminas de Goya y Romero de Torres, con finas porcelanas y artesanía de Valencia en vitrinas.
El amplio servicio, con el que sería muy generosa, mantendría las estancias limpísimas y cuando saliera a pasear del brazo de un elegante caballero todo el mundo se fijaría en su lozana belleza, en lo elegante de su atuendo y en la calidad de sus joyas.
Reiría poderosamente con las malicias y picardías de su acompañante en la resplandeciente primavera de Valencia. Nunca se cansaría y sólo pararía de vez en cuando para tomar una horchata o para entrarle a rezar a la Virgen de los Desamparados.
Es mucho más fácil tirar un mundo que levantar otro nuevo.
Mi sombra se estrecha mes a mes, me cerca el sol y me tragan los restos del naufragio.
Ayer, noche de San Juan, hubo una hoguera bella y tremenda. Con las vigas y los muebles, con los viejos árboles tallados construyeron una enorme pira a un dios desconocido. Comenzó el fuego a dibujar una sólida columna dorada de las que na-cían miles de luciérnagas a ritmo de Wagner. El monte se iluminaba y la silueta de mis amigos se recortaba en mi estudio rojo y caliente: un infierno en vacaciones. La hoguera nos retaba chulapona hasta llegar a asustarnos un par de veces. El espectáculo fue magnífico e irrepetible, hasta la lluvia hizo acto de presencia. Las únicas víctimas de la pasión del fuego con la noche, han sido mis hiedras calcinadas. Donde chillaban las brasas sólo hay un rastro de sueños incinerados, ceniza gris, polvo en el polvo.
Mi calle es una vieja desdentada. No más de dos muelas castañetean esperando a ser sacadas. Y una de ellas es mi estudio, empecinadamente resistiéndose a su suerte, como la banda del Titanic.
No he de ver a las palas clavando la pica en su costado, ni su derrota, ni la puntilla. Cuando ya no haya nada que recuerde su pasado, ni materia, ni trazado, ni vecinos, seguirá existiendo arquitectura en la memoria y será vida, energía y pálpito, al menos en el mundo de mis sueños.
Recojo las últimas pertenencias del estudio en el que he pasado tantas horas de mi vida. Mi amigo Martín me ayuda en el empeño y su fetichismo desbordado me convence de que recoja restos y vestigios: trozos de un techo que pinté, fragmentos del linóleo del suelo –aún con pintura de Sicre, que ha estado pintando su exposición para el Reina aquí– cartones desechados, mosaicos de infrahistoria... Y cierro por última vez la vieja puerta de hierro eternamente atascada, y escucho el portazo de los cristales y el metal mientras caen los créditos de la película. Antonio y Loli, que tanto tiempo vivieron aquí se resisten al último adiós en un escenario súbitamente despoblado.

Si esto fuera un musical ahora veríamos de nuevo a los tenderos de la tienda y a los marineros entrando en El Loro Azul, al pequeño lotero al que un enorme guiri con sombrero ayuda a tocar el timbre del burdel, los coros de alguna borrachera adolescente desde un balcón, las prisas de los procesionistas, mi hermana y mi cuñado estrenando vida y promesas, parejas en un portón, voces, pero no lo es –ni siquiera una zarzuela costumbrista– y un sol latino y un cielo azul espantan a los fantasmas y a las nostalgias.
Viendo alejarse la casa desde el cristal trasero del coche no puedo dejar de pensar en ella como materia animada y viva, como un pequeño dinosaurio imperfecto en extinción.
Los muros indiscretos de las medianeras, que un día fueron dormitorios, cocinas, salones –en un extraño código secreto– parecen querer componer algún mensaje.
No mandéis más cartas a la Morería Baja.

Cartagena, 1995-2005.