Charris
Español

El siglo de las sombras y la sombra de los siglos

1993

Mateo Charris, Ángel

Un segundo es idéntico a los siglos: es un siglo en miniatura.
Ramón Gómez de la Serna

Si el Señor Todopoderoso me hubiera consultado antes de embarcarse en la creación, le habría recomendado algo más simple.Alfonso X el Sabio

La determinación de las sombras propias es un problema de plano tangentes o rasantes, y la de las sombras arrojadas, de las intersecciones.

Hay siglos que relucen más que un sol, que parecen livianos y simpáticos, gloriosos y despreocupados,: siglos de luz y mañanas de sábado. No es que en ellos no existan las sombras y el dolor, pero su retrato se parece más a una fiesta que a un velatorio. Y hay otros siglos plomizos y antipáticos, y no es que en estos no encontremos luces brillantes y espléndidas, fabulosas, pero se apagan en el recuerdo como efímeras bengalas, dejándonos solos con el pastoso y amargo sabor de la resaca: siglos de sombra y desasosiego.
Como copos de una tímida nevada, los hombres caen sobre un planeta en marcha y tendrán que pasar muchos años hasta que se den cuenta del siglo que les ha tocado vivir. Verán unos continentes inexplorados y recorrerán otros millones de veces el camino de la fábrica a su casa; reirán sus corazones, llorarán sus estómagos, serán unos luz y otros, los más, serán sombras.[1]
En volandas de un tornado llamado Historia serán arrastrados al mágico reino de Oz, a Pesadilla, a Xàtiva o a Aravaca, según la suerte de sus estrellas o la puntería de sus cigüeñas. Y con su siglo serán más luz o menos sombra, y con él les tocará ser alegres o estúpidamente frívolos, íntegros o miserables.
Hubo un siglo Peter Pan que lo único que pensaba, aunque no creo que pensara jamás, era que su sombra y él, cuando se juntaran, se unirían como dos gotas de agua y cuando no fue así se quedó horrorizado[2].Hubo otro al que llamaron de las luces, como si al bautizarlo de esta manera pudieran asegurar el brillo de sus años, de sus días y sus horas, pero un sueño de razón produjo monstruos que devoraban las antorchas y las bombillas, las linternas y los tubos de neón.
Hay siglos de diamante y otros de negro carbón, y otros en los que las sombras se disputan con la luz una línea tan delgada como el brillo de un puñal.
El hombre, tortilla de estrellas y barro, pasa atolondrado y fugaz por su tiempo y sólo si empieza a notar molesto las primeras gotas de la lluvia en su cara es capaz de inspeccionar el cielo para ver que tal siglo hace.
Le sorprende y asusta un negro nubarrón inofensivo o le confía un cielo azul aparentemente despejado. ¿Créeis que cogerá un paraguas si piensa que la tormenta no tiene remedio? ¿se le ocurrirá mirar arriba de vez en cuando para comprobar que el sol sigue en su sitio? Probablemente seguirá adelante seguro y despreociupado o histérico, embistiendo como el elefante en la cacharrería, pero obstinadamente empeñado en su destino: la Fuente de los Engaños, donde los tontos beben sus propias quimeras.[3]

Empiezan hoy[4] a mojarnos los molestos avisos de la tormenta: gotas guerreras, racistas, hambrientas y despiadadas, y por lo húmedo del jersey hace rato que debe estar lloviendo sin que nos hayamos dado cuenta. Llueve tiempo, un tiempo extraño en el que los museos se llenan de muestrarios de ferretería, los delfines se suicidan contra las costas y el amor se demuestra con preservativo. Tiempo de rostros pálidos, pieles rojas y corazones negros. Tiempo de agujeros: negros, contables, de la capa de ozono, de los campos de golf, de arponazo, de bala, de hambre, de donuts,; agujeros en los bolsillos y los calcetines, agujeros de amor y de odio. Tiempo inestable y mar rizada arreciando a fuerte marejada. Y el patio de mi casa no es particular, cuando llueve se moja como los demás.
Feliz el que olvida lo que no se puede cambiar[5] cantan en una opereta centroeuropea, ojos que no ven, corazón que no siente, dice el viejo refrán español. Pero ¿quién dice que olvidar, no sentir y no ver sea vivir?

Un hombre pasa con un pan al hombro
¿Voy a escribir, después, sobre mi doble?

Otro se sienta, ráscase, extrae un piojo de su axila, mátalo
¿Con qué valor hablar del psicoanálisis?

Otro ha entrado en mi pecho con un palo en la mano
¿Hablar luego de Sócrates al médico?

Un cojo pasa dando el brazo a un niño
¿Voy, después, a leer a André Bretón?

Otro tiembla de frío, tose, escupe sangre
¿Cabrá aludir jamás al Yo profundo?

Otro busca en el fango huesos, cáscaras
¿Cómo escribir, después del infinito?

Un albañil cae de un techo, muere y ya no almuerza
¿Innovar, luego, el tropo, la metáfora?

Un comerciante roba un gramo en el peso a un cliente
¿Hablar, después, de cuarta dimensión?

Un banquero falsea su balance
¿Con qué cara llorar en el teatro?

Un paria duerme con el pie a la espalda
¿Hablar, después, a nadie de Picasso?

Alguien va en un entierro sollozando
¿Cómo luego ingresar a la Academia?

Alguien limpia un fusil en su cocina
¿Con qué valor hablar del más allá?

Alguien pasa contando con sus dedos
¿Cómo hablar del no-yó sin dar un grito?

César Vallejo

Hay un tiempo para nacer y otro para morir. Un tiempo para mascar chicle y otro para pegarlo debajo del asiento. Tiempo para mirarse al ombligo y otro para mirar alrededor, uno para dejarse llevar y otro para rebelarse. Max Jacob, amigo de Apollinaire, Picasso y tantos otros, me aconseja que sea en cada uno de mis propósitos un hombre. Es todo, es el todo, es el único fín. ¿Qué es un hombre? Es un animal dotado de un alma. El alma ha de ser domesticada, educada, cultivada. El alma es primeramente una voluntad. La voluntad es una fuerza de obús.[6] En la tempestad se muestra el navegante y en la cata el valor del buen vino. Hay siglos que ponen a prueba a los hombres, a las ratas y a las hienas, siglos bordes y encantadores. No me gustaría pensat que me ha tocado embarcarme en una época pendeja y desagradable. Tendría mala sombra. 

 

[1] Baltasar Gracián: El Criticón.
[2] Barrie: Peter Pan
[3] B. Gracián: El Criticón.
[4] 1993
[5] En El Murciélago de Johann Strauss
[6] Max Jacob: Consejos a un poeta adolescente seguids de Consejos a un estudiante.