Charris
Español

Blanco

1995

Mateo Charris, Ángel

Blanco de mares árticos y sueños suprematistas. Blanco de luz y cielo, de evidencia en la nieve. Blanco de lienzo y cine: color de donde escapan las sombras chinescas del horizonte cuadrado.
El blanco se hizo mudo y se perdió entre la nieve. Rompimos el hielo y escarbamos en la escarcha, pero el blanco no apareció. De un confín a otro de los polos lo buscamos –en las velas de los barcos, en los ojos de los niños, en las nubes y en la cal– pero nos seguía siendo esquivo, nos dejaba cada vez más huérfanos mientras su leyenda crecía y nuestra fe flaqueaba.
Alguien creyó verlo en un copo de algodón en Alabama, o en un bote de pintura en Barcelona: falsas ilusiones y esperanzas vanas.
Pasó el tiempo y casi aprendimos a olvidar al blanco cuando una calurosa tarde de octubre, sol de mecedora y café, creímos verlo en el fondo de una tarrina de helado. Nos pareció ver su sonrisa limpia y clara saludando desde dentro de la nata.
No fue así, pero el solo recuerdo de su blancura, eterna y juguetona, nos hizo seguir buscándolo el resto de nuestras tardes de otoño, y las siguientes.

Desde el extraño continente al que se fue, el blanco nos tintinea un silencio de voces junto al oído.