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El libro 'Los Mares del Tiki' ya disponible en Bazar Charris

16.11.2018

Ya a la venta el libro "Los mares del Tiki"

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Tiki, 2015

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Tiki, 2015

En este libro presentamos las visiones de los Mares del Sur de dos artistas muy diferentes -Charris y Lotus Eater- uno profesional y otro aficionado, uno que trabaja desde la cultura y otro que lo hace desde la pura vida, el uno turista y el otro arraigado allí, uno español otro uruguayo-polinesio, uno que trabaja desde la reflexión en Cartagena y otro desde la espontaneidad en las Islas Marquesas.

Sus imágenes se unen aquí a los textos de Juan Manuel Bonet, Sema D'Acosta, Eloy Fernández, Sven Kirsten y el propio Charris para ofrecernos, con estos trazos y postales desde el paraíso, una especie de ensayo-collage sobre lo que hemos ido construyendo como cultura en torno a esa idea,de lo que es y lo que no es este territorio del Tiki, con aromas de tiaré e hibisco, con sonidos de olas y ukeleles, verdadero y falso, auténtico y kitsch: inolvidable.

 

Algunos fragmentos acerca de Tikiland (extraídos del texto “La señalética de la Alteridad” de Eloy Fernández Porta para el libro “Los mares del Tiki”)

(…) ”Desde que representó la condición del artista joven por medio de la imagen de un nudo de señales cada una de las cuales contiene el nombre de un maestro –e indica una dirección distinta- en la pintura de Charris las señales siempre han jugado un papel relevante. Cartelas, signos, indicios o iconos; lemas cuya tipografía discute o niega el contenido. Cuando, en los años noventa, se propuso, para su pintura y para la de otros compañeros de generación, el membrete “metafísica”, él creyó preferible sustituirlo por otro más preciso: “supercalifragimetafísica”. Y, en efecto, uno de los rasgos que diferencian su trabajo de las inflexiones esencialistas en el misterio del paisaje es su uso de la ékfrasis: la inserción de lemas, rótulos y términos clave que desubliman el espacio pero también lo complican. Como si De Chirico, en vez de situar su urbanismo visionario en plazas neoclásicas soñadas a media tarde, las hubiera presentado en el cafarnaún señalético de la ciudad de Alicante, donde cada tienda tiene su rótulo artesanal y compiten en cada calle las tipografías más dispares.
En la serie presente pueden verse dos casos complementarios. Una es la señal de tráfico muda, que no da información alguna y que, dispuesta en un ramillete de indicaciones silenciosas, invita al transeúnte, como aquel mapa minuciosamente elaborado por Lewis Carroll en La Caza del Snark (“a perfect and absolute blank!”) a encaminarse hacia ninguna parte en varias direcciones distintas. En el otro extremo, tenemos la señal hipertrofiada, un rótulo en tangente pintado sobre un cristal que, contemplado desde el interior del local donde está dispuesto, remeda los óloeos de miríadas de reflejos hiperrealistas de Richard Estes. Las dos series de señales pueden entenderse como sendas dimensiones de la producción de los signos en un régimen icónico colonial. Por una parte, el territorio a colonizar, la terra incognita, se convierte en tabula rasa: lienzo en blanco sobre el que se va a crear una autoctonía supuesta, imaginada, abierta a sugerencias. Por otra, la dialogía de signos que se produce cuando los “signos indígenas” se le aparecen a la mirada del colono, de manera simultánea, combinadas con el archivo de signos que lleva en su equipaje.

(…) Esta lógica del registro y el lapsus, la anarchivística colonial, galvaniza, en la obra de Charris, en un motivo recurrente: el Archivo del día presentado como mercadillo. Es el motivo que ha organizado sus diversos cuadros sobre bienales y bienalismos, como That’s Entertainment!, así como, en su serie sobre Mali, la marketización extractiva de lo local. El gabinete de curiosidades y el bazar son el verdadero modelo de la presentación de las “riquezas locales”, y el marchante juega el papel de vocinglero o charlatán. Lo encontramos de nuevo,con rigurosa ironía, en Los Mares del Tiki, en la que podría ser considerada su pieza principal. Se trata de Los saqueadores, que presenta los bienes expoliados, en esos diversos niveles de registro y equívoco en el mejor espacio en que podrían estar: al aire libre, en un paisaje boscoso convertido, también él, en musée imaginaire y sala expositiva permanente.

(…) Tikiland is enclosed: correlación singular entre dos dispositivos territoriales. Está, por supuesto, la metrópolis y la “ruralidad”. Pero también el progresivo estechamiento de la ciudad gentrificada, que se contrapone a unas panorámicas abiertas que queremos creer cada vez más vírgenes, aun cuando la expansión del turismo las va haciendo cada vez más previsibles. Y cada uno de esos locus lleva consigo un elemento imaginario. Alguien, en la ciudad, supone la lejanía, y en esa suposición hay un tercer espacio mediador: el oasis de bienestar que representaron los prósperos, esteticistas y deliciosos Estados Unidos de los cincuenta: ese remanso de paz en la Historia del siglo pasado al que, a su vez, solo se puede acceder haciendo escala en Tikilandia. La perspectiva visual desde la que mejor puede contemplarse este panorama es la que adoptan muchos de los personajes de esta serie: de una isla a otra.
De ahí la última fructífera paradoja tikilandesa: algunas de sus representaciones más convincentes se han realizado en lugares estancos, minúsculos, inhóspitos o periurbanos. Como el Nottingham industrial, donde Paul Isherwood y Wayne Burrows han llevado a cabo su reciente Exotica Suite (2015), un excelente álbum de spoken word basado en un volumen de relatos de Burrows. O como el Detroit desmantelado, esa ruina del siglo XX, cadáver viviente de la industria del automóvil, donde el dúo Kava Kon ha compuesto su Tiki for the Atomic Age (2009), otra de las buenas aportaciones a la renovación de la exotica. O como las galerías, en fin, donde se expone Los Mares del Tiki, en cada una de las cuales la intervención de Charris ha entreabierto una puerta que da a la más amplia curva del archipiélago más lejano.

 

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