Charris
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Pacíficos en "Avería de pollos"

15.07.2021

Alejandro Hermosilla en el estudio de Charris

Alejandro Hermosilla en el estudio de Charris

Alejandro Hermosilla en el estudio de Charris

Pacíficos en Avería de pollos de Alejandro Hermosilla

Hoy es un día muy agradable porque se presenta en el Museo Arqueológico de Cartagena la nueva exposición de Ángel Mateo Charris: Pacíficos. Una sugerente colección de obras de inspiración polinesia con vistas al mar, a la brisa de las islas océanicas y a la risa de viejos ídolos y dioses ancestrales para la que he realizado un híbrido texto creativo que aparece en el catálogo y posteriormente, formará parte de un pequeño libro testimonial que se podrá adquirir en la web del pintor. La muestra por cierto se podrá visitar hasta mediados de septiembre.
La colaboración surgió espontáneamente durante una visita al estudio del pintor. A los escasos minutos de nuestro encuentro, le relaté un sueño que había tenido el día anterior en el que la rutilante cabeza de un oscuro Dios emergía del centro de una isla ante la absoluta indiferencia de los aborígenes nativos. A Charris le pareció muy significativo mi relato porque precisamente era esa actitud despreocupada frente a lo insólito o el horror de los habitantes de los archipiélagos polinesios la que intentaba captar en las obras en las que estaba en esos momentos trabajando.
Durante su visita a la Polinesia, una mañana se despertó preocupado ante la noticia de la pronta llegada de un tifón pero, para su sorpresa, los isleños se mostraron absolutamente indiferentes ante el devastador fenómeno natural. Muchas chozas y cabañas fueron arrancadas por la fuerza del viento pero sus habitantes no mostraron desconsuelo alguno. Sonreían ajenos a todo tipo de preocupaciones mientras las reconstruían y cuando se les preguntaba por las pertenencias que habían perdido, se le quedaban mirando sorprendidos o reían en voz alta como dulces pájaros nocturnos.
Una circunstancia que le fue adentrando en el delicioso estado de ensoñación del que surgieron las obras que formaron parte de Los mares del Tiki y ahora de Pacíficos. Muestras que se complementan perfectamente como lo hacen, por ejemplo, las dos partes de la famosa novela de Lewis Carrol: Alicia en el país de las maravillas y Alicia a través del espejo.

Días después, por influjo de esta anécdota, comencé a realizar el texto, Los mares del Sur, que forma parte de este catálogo. Por entonces, las obras de Pacíficos no se encontraban totalmente concluidas. Muchas, aunque ya se vislumbra su acabado final, eran meros esbozos. Así que tuve que apoyarme en los fragmentos de sus diarios que me dejó leer y los lienzos ya terminados que formaban parte de Los mares del Tiki para realizarlo. Aunque, siendo sinceros, no me interesaba explorar tanto la obra de Charris sino partir de sus sugerentes creaciones para explorar el misterio ánima de la Polinesia. Intentar comprender los motivos ancestrales que provocan ese inquietante comportamiento de sus habitantes que ha fascinado (y horrorizado) a partes iguales a múltiples aventureros, escritores y artistas occidentales a lo largo de los tiempos.
Un espíritu que, aparentemente, el turismo y el avance de la tecnología han exterminado aunque, como muestran los lienzos de Ángel, pervive intacto (tan peligroso, cálido y rebelde como siempre) en las profundidades de sus océanos, selvas o templos ceremoniales.
En fin. Es por estos motivos que no aconsejo visitar Pacíficos con espíritu crítico. Creo que es mejor dejar los libros teóricos a un lado y sumergirse en la muestra con ánimo curioso. Como quien se va de excursión o realiza un pequeña inmersión a un lejano (pero familiar) océano.
Creo que Pacíficos es una especie de reposado viaje de Charris por el país de las maravillas polinesio. Hay algo en estas obras sumamente relajante. Muchas de ellas parecen haber sido realizadas en un estado de duermevela entre el sueño y la vigilia. En realidad, son estampas. Bromas. Gráciles visiones. Camisas estampadas de flores movedizas. Estanques orientales. Sonrisas oceánicas. Reconfortantes siestas. Cantinelas ancestrales que mezclan el blues, el pop y el calipso; el baile y la quietud; los viejos secretos y el comercio capitalista (de imágenes y recuerdos prefabricados).
Hay algo en la utilización del color que me recuerda a la faceta más risueña (y dadaísta) de los impresionistas y algo (vuelvo a repetirlo) en la temática que me hace rememorar la Alicia de Lewis Carroll. Estoy seguro de que quienes visiten la muestra van a salir, en cierto modo, reconfortados. Como quien, tras bañarse en el mar durante una calurosa tarde de verano, percibe que varias algas se han quedado atrapadas en su cabello y las acaricia divertido recordando su niñez. Aunque, durante breves instantes, se pregunta si los fragmentos de las esponjosas plantas marinas no serán los colmillos de una piraña o las patas envenenadas de un cangrejo. Shalam