Dos en la carretera
06.11.2026
El deseo, 2026. Óleo sobre lienzo. 50 x 61 cm.
Se puede viajar de muchas formas y a cualquier sitio. Se puede viajar largo y lento o breve y rápido, viajar con el cuerpo y con la mente, a lo conocido y a lo desconocido. A lo real y a lo imaginario.
Hace años tras un viaje por Massachussetts buscando las costas pintadas por Edward Hopper junto al pintor Gonzalo Sicre, nació una exposición, Cape Cod/Cabo de Palos, que acabó siendo un poco de todo eso a la vez. Un viaje a la imaginación americana: a la estética de motel y al cine de los cuarenta y cincuenta, a la novela negra y también a una Norteamérica de pintores, primero Hopper pero luego también otros menos evidentes: Rockwell Kent, Georgia O’Keefe, Grant Wood, Marsden Hartley, Lawren Harris, Lois Dodd, Alex Katz, Fairfiel Porter. También los ilustradores, los publicistas, los fotógrafos de National Geographic y tantos otros (Cassavetes, Capra, Jim Jarmusch, Hoagy Carmichael, John Dos Passos...). Aquello fue hace casi treinta años.
Y en algún momento me prequnté que si Se puede viajar en el tiempo y en el espacio, al mundo de los escritores y al de las leyendas, a lo exótico y a las invenciones culturales, tal vez se podría viajar también a una exposición.
Lo hice brevemente hace años para otra muestra en el MURAM (Cartagena) Con la treta de hacer una antológica que no lo fuera: una falsa antológica, pinté obras que podrían haber estado incluidas en aquellas exposiciones del pasado pero que no existían aún.
Ahora lo hago otra vez aquí. No se trata de volver a aquellos lugares –aunque también– sino a la atmósfera que vivía mientras pintaba aquellos cuadros, repasando materiales originales, volviendo a ese no-tiempo, a esa América que aún se parece menos a lo real de lo que se parecía entonces, décadas después, fijándome en otras cosas, sin nostalgia y sin reparos, a lomos de un Miura que no necesita carnet de conducir. Y Vuelve a encontrarse mi país pintado con el de mis colegas de allá. Y veo que la gente viste aún igual, que los cielos siguen siendo muy azules y la luz brillante. Vuelvo a un continente en el que ICE era sólo una cámara frigorífica junto a una tienda de carretera, más analógico que digital, más inocente y menos paranoico, y veo que aún se puede circular por sus carreteras y alojarse en moteles invernales, jugar a ser arqueólogo Pop y recorrer la frontera entre el arte y todo lo demás. Así que sí, se puede, aunque te tachen de raro o precisamente por eso.
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Uno de los primeros referentes populares de road movie es “Two for the Road” de Stanley Donen (1967). También hay quien considera que “La Diligencia” de John Ford es la primera del género, pero aquí hablamos de coches y carreteras y, aunque es inevitable referirse a Homero en cuanto quieres hablar de viaje y destino, para hablar de esta odisea hay que hablar de asfalto y millas, de humanos e ingenios mecánicos.
Un año antes de la película, en 1966, se había presentado el MIURA, el primer modelo de Lamborghibi, una marca que crearía leyenda dentro del sector automovilístico. TAMBIËN del mundo de los sueños y de los anhelos de prestigio. Un coche nacido para mejorar el Ferrari y saciar la ambición y el perfeccionismo de su creador, Ferruccio Elio Arturo Lamborghini.
Ni Audrey Hepburn ni Albert Finney conducen un Miura en su recorrido por Francia a lo largo de los años en los que transcurre aquella historia, seguramente porque sus personajes no se lo podían permitir, al menos en gran parte de la película, pero compartían esa pasión de avanzar hacia un destino incierto al tiempo que quemaban llantas al son de Henry Mancini. Como los personajes de Kerouac de On The Road podrían decir aquello de que no teníamos más dinero, pero no nos importaba: el camino era la vida. A veces los coches caros es mejor desearlos que tenerlos.
En la Pintura rigen un tiempo y un espacio diferente. Puedes empezar el viaje en una época y acabar en otra, atravesar paisajes imaginarios, pintados antes que reales, universos de artista, referencias cruzadas. Un díptico puede reunir obras pintadas en diferentes épocas porque en la creación son la misma. La obra de un artista es un políptico infinito. Un juego de locos. Pero, y ahí va otra vez Kerouac: Las únicas personas que me interesan son los los locos, los que están locos por vivir, locos por hablar, locos por salvarse, los que lo desean todo a la vez, los que nunca bostezan ni hablan de lugares comunes, sino que arden, arden, arden como fuegos artificiales extraordinarios que explotan como arañas en las estrellas, y en el centro vemos estallar una luz azul, y todo el mundo dice «¡Uau!
El dos es el único número par y primo: una rareza.
Dos cosas, una pasión innecesaria y una obstinación a prueba de fuego, se necesitan para esto del arte. dos: creador y espectador, razón e intuición, luz y oscuridad, salida y meta, deseo y posibilidad, curiosidad y un cierto grado de insensatez, y, en determinadas ocasiones, un conductor y un coche.




