Charris
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«Nuestras certezas están escritas en papel higiénico»

10.05.2020

“Llevo tiempo entrenándome para la incertidumbre y la fragilidad, así nada me sorprende demasiado”, dice el artista cartagenero.

A propósito de esta lluvia de fases y rutinas en las que estamos instalados, a merced del coronavirus, dice el pintor Ángel Mateo Charris (Cartagena, 1962), de quien seguro que el escritor israelí David Grossman destacaría que es alguien con quien merece la pena salir a correr mundo: “A ver si paso a la de no usar expresiones como ‘cuando todo esto acabe’ o ‘normalidad’ nunca más. Más difícil será intentar no tener un juicio para todo, solo estar, como la montaña que se ve desde mi estudio o la isla del Barón del mar asediado”. He aquí sus reflexiones más inmediatas sobre la pandemia, he aquí su mirada lúcida, jamás suicida, sobre nuestro mundo; en él respiramos, sin él no hay futuro. Sí olvido.

 

La antigua normalidad

“Todo empezó a parecerme más innecesario que nunca”

Había decidido no exponer durante un tiempo, cumplir estrictamente con lo pendiente y con los amigos, viajar menos y andar más, consumir y producir lo justo, disfrutar lo austero y repensar el mundo en el que me gustaría vivir. Tal vez estaba leyendo demasiado a los ermitaños, a los monjes japoneses, Yoshida Kenko y Kamo no Chomei, a Thoreau y al Tolstoi campesino, a Paul Kingsnorth o Wendell Berry, autores de la naturaleza y la vuelta a lo básico. Ya hace años que estoy en ello, pero siempre hay recaídas.

En primavera había estado un tiempo en Nueva York y las vistas desde el hotel era una fantástica estampa de rascacielos y poderío capitalista. Todo estaba bien hasta que el hecho de que todas esas luces, la mayoría oficinas, estuvieran encendidas las veinticuatro horas del día empezó a incomodarme, mucho. La gota y el vaso, Todo empezó a parecerme más innecesario que nunca, incluida la bienal y las ferias de arte, el turismo, los ‘outlet’, la alta cocina y todo lo demás.

Al volver, el Mar Menor se ahogaba en su propio vómito y los cruceros que llegaban regularmente a mi ciudad seguían vertiendo impunemente sus desechos al mar de Homero. Una plaga de ratas invadía mi barrio y se paseaban por los cables de mi fachada hasta el árbol cercano. Otro regalito del cambio climático y el cálido invierno, según leí después en la web de la BBC, que hermanaba mi calle con el resto de urbes del mundo. Las ratas, afortunadamente para ellas, no eran una de las 150 especies que se extinguen cada día según la ONU, en gran parte por la acción del hombre, e incluso dan nombre –rat race– al tipo de vida enloquecido en el que nos hemos metido. Así que este no era el peor de los tiempos, pero tampoco era todo lo bueno que podría ser con poco que nos diera un aire de sensatez y cordura, que el músculo durmiera y la ambición descansase, como dice el tango. Pero yo elijo ser optimista, aunque a veces cueste, y ahí seguía pintando todo lo libre que me salía, intentando ser más cómplice de los buenos que de los malos, cuando llegó la pandemia.

 

Preocupación

“El susto ya estaba ahí”

Llevo tiempo entrenándome para la incertidumbre y la fragilidad así que nada me sorprende demasiado, pero después de unas cuantas pandemias interruptas –la gripe A, el SARS, el ébola– parecía que esta cosa que pasaba en China, tan lejos, podía ser otro de estos souflés para los amantes de lo apocalíptico. Pero Italia está aquí al lado, tan cerca, y las cifras y las noticias empezaron a tomar una presencia de la que no te podías evadir. Y la imaginación vuela y ya no fui a ARCO, porque qué necesidad y porque es un coñazo, y porque no necesito viajar más por el momento, pero el susto ya estaba ahí y el miedo es su hermano mayor. Fue cuando me di cuenta que nuestras certezas están escritas en papel higiénico y su destino es el mismo.

 

¿Qué hacer confinado?

“Tapar el estruendo de Twitter”

Los tiempos interesantes tienen eso, que van muy rápido. Estas semanas las he dedicado a trabajar muy poco, a agobiarme a ratos, a engancharme más al móvil al que ya tenía dominado, a preocuparme y a sufrir por las malas noticias de los cercanos y los lejanos, a salir lo imprescindible, pero también a sembrar y cuidar las plantas, a disfrutar con mis gatos y a ver llover. Empecé, descolocado por el encierro, a intentar que lo que creía la vida no se me escapara entre los dedos, a ‘aprovechar’ el tiempo: a leer todo lo pendiente, a escuchar música, a ver series y cine, a entretenerme, craso error, porque la dinamo se pone en marcha y activa no sólo lo que quieres sino también la ansiedad y los cambios de humor, la montaña rusa de los miedos y los deseos. Así que me relajé y deseché cualquier intento de rellenar mis lagunas culturales, escribir uno de los millones de diarios de la pandemia, ni crear series de dibujos del coronavirus o el libro de recetas del COVID-19: Nada de hacer algo productivo, despotricar del “Resistiré” y poco más.

Aún así, por puro vicio y sin presión alguna, han ido apareciendo obras: playas, calas, mares, muy pequeñas y muy tontas, pequeñas celebraciones de la vida, parches con los que tapar el estruendo de Twitter y los telediarios.

 

Certezas

“No hay que hacer planes”

Sigo pensando que es fantástico sentir y estar vivo, que la vida es sueño, que decía uno, y que estamos hechos de la misma materia que ellos, que decía el otro, y que no hay que hacer planes, aunque sea muy incómodo vivir sin ellos. Siento que nadie sabe nada, yo el primero, aunque dé un poco de vértigo reconocerlo.

 

Cultura que acompaña

“Puede que los médicos acaben recetando libros”

Las cosas más importantes no siempre tienen que ser las que sirvan para algo. Y la cultura siempre ha tenido fama de cigarra, de entretenimiento banal para muchos, pero en este confinamiento se ha demostrado cuánto ha servido el trabajo de los creadores para la salud mental y el equilibrio emocional de muchos seres humanos. La OMS hace unos meses recomendó incluir el arte y la cultura en los sistemas sanitarios. Puede que los médicos acaben recetando libros, sinfonías o exposiciones como ya hace el servicio japonés de salud con los paseos por el bosque: arte por prescripción facultativa. Tiene sentido, amueblar la cabeza nunca está de más, pero igual es otra forma de encontrarle la rentabilidad a cualquier cosa que haga el ser contemporáneo. Nunca me gustó eso de las industrias culturales.

 

Certezas

“El dolor une mucho”

El dolor une mucho. Y el miedo también. Impresiona ver la entrega de los profesionales de la salud, los héroes por sorpresa, barrenderos, soldados, limpiadoras, los gestos de solidaridad cuando aparecen, los mensajes de apoyo, la disciplina conque la mayoría de la población se ha tomado las normas. Parecía que por una vez a la ciencia y a los expertos se les dejaba hablar y tomar las riendas, incluso en este terreno de incertidumbre y arenas movedizas, donde hay que trabajar junto a la mayor enemiga del rigor, la prisa.

Me ha emocionado volver a oír el habla de los pájaros en todo su esplendor, sin interferencias, las aguas limpias de Venecia y la naturaleza avanzando en las ciudades del mundo, la contaminación en retirada, los coches en los garajes y la vuelta de los vencejos al techo de mi estudio, directamente desde el Sur del Sahara como cada año, aunque cada vez sean menos, y el saber que se han pasado diez meses en el aire sin posarse hasta que han vuelto aquí, donde a veces se despistan y acaban dando vueltas entre mis lienzos y caballetes y tengo que ayudarlos a volver a salir.

 

Desasosiego

“Enseguida se ha presentado la miseria humana”

Pero la vida está hecha con hebras de muchos colores y enseguida se ha presentado la miseria humana: estafadores, mentirosos, egoístas, todos tratando de sacar partido para sus intereses, pasta lo primero, porcentajes en las encuestas, cuarto de kilo de poder, audiencia. También los ignorantes que con cuatro titulares de prensa y unos cuantos bulos de facebook se han hecho epidemiólogos, médicos, expertos en comercio internacional, jueces del Supremo desde sus balcones, torquemadas, policías sobreactuados…

Estos días se ha puesto de moda reproducir cuadros famosos con disfraces y utensilios domésticos, pero el que mejor nos ha salido a los españoles ha sido el del combate a garrotazos de Goya, un clásico que vuelve estos días con más fuerza y empuje. Mucho ruido para tapar el miedo a lo que viene, a las consecuencias económicas, a lo oscuro que se muestran los horóscopos, a la muerte, a la pérdida, al soplido del lobo feroz que puede hacer sucumbir nuestras casas ya sean de paja, madera o ladrillos.

 

Autoconocimiento

“Aparece otro tipo en el espejo que te deja perplejo”

Creo que llevo tiempo preparándome para esto, para la resiliencia, pero, si acaso, llego al aprobado raspado. He aprendido que cuando crees que te conoces a ti mismo, aparece otro tipo en el espejo que te deja perplejo y que cuestiona todo lo que sabes, pero que no importa, todo es circunstancial y se puede estar cómodo con un traje y en pantuflas, y que la personalidad no importa tanto (lo siento, influencers), que hay muchos en cada uno y que lo flexible casi siempre le gana a lo rígido.

 

Lo esencial

“Y que el que tenga un amor, que lo cuide, que lo cuide”

Respirar es esencial. Beber agua es básico y un poco de comida viene bien. Todo mejor bajo un techo medio decente. Lo demás es accesorio, pero enseguida llegan las relaciones (con amigos, la familia, los animales, las plantas, los desconocidos, la tierra), la libertad (ahora que tanto la echamos en falta), la solidaridad, la ternura, la pintura (porque es mi manera de asentarme en el presente) y el que tenga un amor, que lo cuide, que lo cuide.

 

Cambio(s)

“Todo dependerá de cuánto dure esto”

La muerte lo cambia todo, a los que les toque topársela de frente o de lado los pondrá boca abajo. Para los demás, todo dependerá de cuánto dure esto. Si es breve y las réplicas no aparecen como avisan, será una temporada mala, un recuerdo, una colección de anécdotas. Si dura más nos cambiará todo, a algunos trágicamente, economía, trabajos, sueños, a otros sólo les saldrán un par de guisantes bajo el colchón. Pero vivir es también cambiar, inevitablemente.

 

Futuro y deseos

“Podemos entendernos y solucionar casi todos nuestros problemas como especie”

No quisiera engrosar la nómina de adivinos, consultores y nigromantes que pululan por los platós de televisión (o videoconectados, mejor), emisoras de radio y diarios. Así que no hablaré de predicciones sino de deseos.

Espero que la sociedad cambie, no quiero volver a una normalidad con la que no íbamos bien, aunque casi todo el mundo pareciera encantado. Podemos hacerlo mejor, podemos vivir más tranquilos, respirar mejor, bañarnos en playas más limpias, que el comer nos nutra y no nos envenene, que la competición no deje a los débiles en la cuneta, que San Dinero no sea el patrón de cada pueblo y fiesta. Podemos entendernos, seguro, y solucionar casi todos nuestros problemas como especie, ahora que tenemos la tecnología y el talento por primera vez en la Historia. Si no nos pegamos un tiro en el pie y colaboramos, si vamos juntos y no enfrentados

Lo cual no quiere decir que lo vayamos a hacer, pero se lo debemos a los que se fueron y a los que vendrán y, sobre todo, a los que estamos. Ahora. Aquí.

 

¿Quién dijo miedo?

“Otra cosa sería insensatez e inconsciencia”

¿He llegado a sentir miedo? Claro, el de la pura supervivencia: al posible portador demasiado cercano, al producto infectado, a la tos sospechosa, al oscuro presagio, el miedo a perder a los tuyos. Normal y razonable, otra cosa sería insensatez e inconsciencia, pero no he sentido el miedo que te paraliza y te ciega.

Todo va a ir bien. Cuando era pequeño tuve uno de esos sueños vívidos –debía andar yo con lo de las catequesis de la primera comunión– en el que se me apareció Dios y me dijo esas cinco palabras. Se me apareció con la misma apariencia del Sagrado Corazón del altar portátil, que cada mes pasaba unos días en mi casa tras rotar, por riguroso orden, entre los vecinos del barrio. Cuando se lo conté entusiasmado a mi madre por la mañana se asustó un poco y pensó que me iba a pasar algo, morir supongo, o que no era muy normal (lo cual ha acabado siendo cierto). A lo largo de los años me he acordado muchas veces y, quitando la tramoya, el vestuario, las devociones y el corazón apuñalado, siempre me ha quedado esa certeza, no sé si infantil: Todo va a ir bien.

Estos días he visto ese mensaje en los carteles y en las canciones de los balcones italianos: andrà tutto bene.