Charris
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Diario de viaje

1993

Mateo Charris, Ángel

Madrid, 10 de mayo. Todo viaje empieza por una necesidad. La mía es perentoria y de ella depende mi carrera y mi supervivencia: soy un pintor sin pinceles. Los únicos que uso ya no están en el mercado. No sé pintar con otros, los he probado todos y el toque personal del que todos hablan desaparece sin mis compañeros de obra de toda la vida. El importador sudamericano que los distribuye por Europa se ha esfumado como por encanto. Mañana mismo cruzo el charco para seguir la pista del fabricante o de las existencias que aún puedan quedar desperdigadas.

Miami, 15 de mayo. El distribuidor, su familia y todas las existencias de sus almacenes han desaparecido sin dejar rastro. Se les realciona con algunas sustancias sospechosas. Dokoupil me lleva hasta un restaurador que localiza la fábrica de pinceles: Pinar del Río, Cuba.

Pinar del Río, 25 de mayo. La fábrica ha sido desmontada y remodelada como discoteca para turistas. Los viejos trabajadores y un tipo que dice ser hemano de Beny Moré me remiten a los proveedores de los mangos y de las cerdas de los pinceles: en la vieja factoría sólo se montaban los materiales traídos del exterior. Próximo destino: Yucatán.

Algún lugar de México, 2 de junio. Estoy perdido en una selva pegajosa e intrincada: palmeras borrachas de sol y las únicas ruinas sin turistas a este lado del universo. Hay bichos por todas partes y, si no estuviera tan agobiado, tal vez podría disfrutar un poco de la situación. Una mona con cara de Frida Kahlo me ha robado el tapón de la gasolina y mis reservas líquidas se limitan a una caja de mescal con sus correspondientes gusanos.

Veracruz, 7 de junio. De vuelta a la civilización y a mis pesares. Me desconcierta la forma en que los materiales circulan por este continente. He descubierto que la madera de los pinceles se saca de un árbol que sólo se encuentra en la selva venezolana. Alma llanera y tozudez española.

Amazonas, julio. La red de autopistas Simón Bolivar acaba de cargarse el último bosque de los arbolitos que andaba buscando. He llegado a tiempo de comprar unos cuantos troncos que envío inmediatamente a Europa.

Cartagena de Indias, 20 de julio. Jornadas de relajo y distensión: mucha cumbia y vallenato. La pista de los pinceles me lleva al cono sur. Algo me dice que pronto se solucionarán mis problemas.

Buenos Aires, 1 de agosto. Me he encontrado con Dis Berlin en el gigantesco rastro porteño. Por medio de un amigo de una prima de un amigo de su amiga he logrado saber que las cerdas de mis pinceles están hechos con unas plumas duras y leñosas de la cola de unos pingüinos que sólo viven en una isla chilena. Estoy a punto de volverme loco. Mi galerista no para de telegrafiarme de hotel en hotel: mi carrera peligra.

Espacio aéreo internacional, 15 de agosto. Lo he conseguido. Me llevo dos parejas de pingüinos para España. Los permisos para sacar los bichitos me han costado un ojo de la cara y la promesa de pintar carteles para Greenpeace, Wildlife y doscientas organizaciones más durante los próximos setenta y cinco años. Tendré pinceles, pero ahora…¿sabré qué pintar? Las ausencias del estudio son caras para el pintor. De todas formas me encuentro agobiado pero satisfecho. Todo sea por el arte. Las nubes desde el avión se ven preciosas.



Fuente:

Catálogo Cha Cha Charris. Galería Siboney, Santander. Noviembre de 1993.