¡Bienvenidos al Paraíso!
2016
D'Acosta, Sema
Extraños en el Paraíso, 2016. Óleo sobre lienzo. 75 x 300 cm.
La vida está sostenida por cadencias que se repiten. Es como un armazón construido con elementos previsibles cuyas estructuras mantienen en equilibrio el peso de los días. Esta disposición inherente de la que formamos parte sin darnos cuenta, nos da seguridad y amparo. El hábito hace la rutina, un automatismo que nos ayuda a establecer una zona social de convivencia y comodidad. Sabemos cómo actuar en cada momento, dónde está aquello que nos interesa, cómo podemos llegar a los sitios donde nos desenvolvemos y quiénes forman parte de nuestro contexto inmediato. Funcionamos por coordenadas. Si lo pensamos con detenimiento, lo más reseñable de lo cotidiano es que la mayor parte del tiempo no sucede nada insólito. Estamos, vivimos. El peso de lo que somos se halla en aquellos detalles ordinarios que pasan inadvertidos, pormenores transparentes en los que pocas veces reparamos pero que nos constituyen como personas. La naturaleza que nos vincula más allá de razas, idiomas o creencias -ese grado universal de entendimiento y necesidad que poseemos los seres humanos-, se desarrolla a diario en aquellos lugares comunes que compartimos. A todos nos ocurren casi las mismas cosas pero de diferente manera. Los mecanismos de nuestro zigzag vital se activan e impulsan por idénticas situaciones y comportamientos, un hecho que pasa desapercibido por insustancial pero que observado con quiescencia tiene un valor incalculable: su reveladora autenticidad. Como señala el pensador francés Henri Lefebvre “el mundo humano no está definido sólo por lo histórico, lo cultural, o lo social; ni siquiera por supra-estructuras políticas o ideológicas. Está definido por un nivel intermedio y mediador: la vida cotidiana.” 1
Esta constatación que reivindica las vicisitudes de lo aparentemente anodino encierra en su planteamiento la contradicción de ser una solución y al mismo tiempo una trampa. Prever es una autopista hacia las certezas, ésas que nos dan tranquilidad y apego, pero también un sustrato apto para la insatisfacción. Si nos desenvolvemos en lo predecible, si somos capaces de conocer de antemano mucho de lo que nos rodea, si cerramos demasiado el círculo y aceptamos las desavenencias que conlleva este ritmo monótono… acabamos atrapados en un bucle que nos afecta emocionalmente. Ante la falta de motivaciones y sumidos en esta calma monocorde, necesitamos evadirnos e inventar alicientes, por eso creamos expectativas ficticias que hacen volar nuestra imaginación. Se trata de auto-convencernos de que hay escapatoria y existen lugares a los que podemos aspirar. Mientras más lejos y diferentes, mejor. El objetivo es desconectar y dejar atrás las ataduras, los condicionantes. Incluso, llegado el caso, volver a empezar sin sobrellevar las cargas acumuladas o los errores cometidos.
La asunción de esta idea recurrente de huida, asociada a un Paraíso anhelado, es sin duda una invención moderna, una idea que se ha afianzado en el imaginario colectivo década tras década, generación tras generación, desde finales del siglo XVIII. El factor desencadenante del cambio hacia una sociedad nueva es la industrialización y mecanización de los modos de producción, un giro radical que vira progresivamente la vida del campo a la ciudad, un escenario inédito donde van a establecerse las estructuras del mundo contemporáneo, mucho más avanzado y lleno de oportunidades, pero también más alienante y determinista. En poco tiempo, estos efervescentes núcleos urbanos cambian radicalmente, crecen a un ritmo vertiginoso y absorben cada vez más y más gente. En este contexto bisagra entre unos modos de vivir que se apagan y otros que emergen con fuerza, la difusión de imágenes que permite la recién nacida fotografía y los relatos que se popularizan gracias a la prensa escrita, se convierten en el sustrato que aviva la imaginación de la gente y les incita a soñar con paisajes ignotos y aventuras en lugares desconocidos. Se construye entonces una idea difusa en torno a este Edén primigenio, salvaje pero plácido; en muchos casos, de sol perenne y playas cristalinas. Casi siempre, habitado por ingenuos indígenas dispuestos a colaborar con las razones de la civilización para salir de su primitivismo. Es la reinterpretación de la Arcadia que ensalzaba la Antigüedad y posteriormente retomaron en el Renacimiento, un lugar idílico donde predomina la ataraxia, los hábitos sencillos y una paz confortable. Un sitio rodeado de paisajes bucólicos donde las personas pasan sus días en sintonía con la Naturaleza, sin someterse a ningún yugo ni penalidad.
Poco a poco el paradigma de Paraíso empieza a asociarse a las alejadas islas del Pacífico. Literalmente, el envés de Occidente. Más de veinte mil pequeñas islas y atolones diseminados en la masa de agua más extensa del mundo, un área infinita que Vasco Nuñez de Balboa bautizó en 1513 como los ‘Mares del Sur’. Este territorio recóndito y atrayentemente enigmático cuyas fronteras era imposible delimitar con exactitud, “cobra forma y consistencia en la mente de los exploradores europeos antes de que las primeras oleadas de misioneros y emigrantes corroboraran con sus narrativas posteriores los ingredientes del vasto espacio oceánico que sus predecesores habían moldeado. Quienes se ocuparon de reflejar sus percepciones y aventuras en aquel remoto rincón del globo lo hicieron siguiendo un guión bien aprendido, que variaba considerablemente de acuerdo con la época y el contexto social del que procedían, hallando, en definitiva, aquello que estaban decididos a encontrar. Quienes llegaban a las islas no se sentían defraudados ni por la geografía física del terreno, que por supuesto cumplía todos los requisitos del mito del Paraíso, ni por las cualidades de la población, que desfilaba ante sus ojos con las máscaras alternantes de la nobleza o de la corrupción que ellos mismos les habían proporcionado, corroborando de ese modo las teorías e ideas apriorísticas que reflejaron en la literatura, incluso cuando se fijaban como propósito contradecirlas”.2
El primer mito asociado a la subsistencia en el mar es ‘Robinson Crusoe’ (1719) de Daniel Defoe. El libro es considerado el inicio de la novela inglesa de aventuras, capaz de crear hasta su propio subgénero: náufragos, de pródigo recorrido tanto en letras como en cine. Pronto se convierte en un relato popular que estimula la fantasía de los lectores y transforma la idea de supervivencia en comarcas remotas bajo condiciones adversas en una situación posible, incluso estimulante. También las cavilaciones en torno al buen salvaje promovidas por el pensamiento de Rousseau contribuyeron a difundir la noción de que nos corrompemos al volvernos sociales, por lo que la felicidad es más fácil en un estado anterior del hombre. Está dicotomía moral despierta de la misma manera el interés de Diderot, que inspirado en las descripciones de Tahití que realiza Louis Antoine de Bouganville en ‘Viaje alrededor del mundo’ (1771), escribe un cuento filosófico reflexionando sobre dos concepciones opuestas de entender la vida y el amor humano. Por un lado, la racional conducta parisina; por otro, la opción de ser libres en armonía con la Naturaleza. Las memorias de Bouganville sobre sus días de estancia en Tahití, a la que denominó Nueva Citerea en homenaje a la isla de Afrodita de la mitología clásica, tuvieron mucha repercusión en los cenáculos intelectuales: “la descripción que supo hacer de su experiencia de viaje introdujo a la cultura occidental de su época en un mundo natural y diferente, donde se intuía la realidad de aquella idea de felicidad que tanto había obsesionado al siglo XVIII, y que los civilizados como él desde aquel momento ya no podrían olvidar.”3 Curiosamente, la construcción del recuerdo de su periplo debe más a la fantasía de autor que a la realidad. Sus descripciones no son asépticas ni diseccionan aquello que encuentra con rigor ni metodología; más bien al contrario, se sustentan en apreciaciones subjetivas motivadas por una tierra misteriosa que excitaba sus sentidos al mismo tiempo que su percepción de las cosas. De forma equivalente, otras expediciones que arribaron de forma primeriza en estos remotos parajes exaltan sus maravillosas virtudes, caso de la flota científica del barco Endeavour capitaneado por James Cook que llega a Tahití en 1769 con la intención de observar y medir el tránsito de Venus. Para los sufridos exploradores europeos acostumbrados al frío, las inclemencias y la rudeza de una vida de sacrificios en sus países de origen o alta mar, estas playas luminosas eran un verdadero sueño.
Tras la llegada masiva de millones y millones de emigrantes a América en el siglo XIX, las apartadas islas del Pacífico Sur quedarán como el último reducto verdaderamente ignoto de la tierra, el confín más apartado. Su lejanía y difícil comunicación, convierten a la Polinesia en un lugar fabuloso, un desiderátum alimentado con leyendas que van arraigando en el inconsciente de las sociedades avanzadas. Su continua sublimación, atrae como un imán a escritores ávidos que refuerzan con experiencias y relatos maravillosos, siempre a medio camino entre lo verdadero y lo ficticio, la representación de una región cada vez más quimérica. Tanto, que acaba convirtiéndose en una ucronía. Así ocurrió con Herman Melville, que relata en ‘Typee’ (1846) su propio cautiverio cuando fue apresado por una tribu de antropófagos en la isla de Nuku Hiva, la mayor del archipiélago de las Marquesas. El grueso de la historia es autobiográfico, pero el autor se permite muchas licencias creativas, dando rienda a la inventiva en aquellos pasajes que considera más rutinarios. Coincide con los narradores anteriores en destacar los placeres y tentaciones de las islas, especialmente en lo referido a la belleza y dulzura de las vahinés, que describe como jóvenes de piel bronceada, rasgos delicados, figura agraciada y movimientos sugerentes. Indudablemente, también este mito erótico de la sensualidad primitiva resulta de gran persuasión entre los que se ilusionan con este Edén tangible.
En el verano de 1888, debilitado por incesantes problemas de salud, Robert Louis Stevenson decide poner rumbo a Honolulú en busca de un clima benigno que mejore sus continuadas dolencias. Después de un prolongado crucero por las islas se instala en Samoa, donde compra una finca y pasará los últimos años de su vida, convencido de que su cuerpo ya no resistiría los duros inviernos de su Escocia natal. Construyó su casa en Vailima, hacia el interior de Apia, en las laderas del monte Vaea, cerca de donde hoy puede encontrarse su tumba. Debido a su afición a las peripecias, siempre le había atraído la idea de recorrer esta parte del mundo, un final adecuado para un escritor itinerante motivado por el afán de aventura. Los textos que reúne de este periodo bajo el título de ‘En los Mares del Sur’ (1893) son una detallada descripción de paisajes y personas, un diario pormenorizado que cuenta con estilo sobrio un sinfín de detalles de la vida aborigen, a la que mira con sentido humanista y visión antropológica. Una década más tarde, Jack London recorre también estos lares idealizados. Su perspectiva de la situación es distinta, más cruda. En sus historias no hay ganadores ni perdedores, predomina la ironía y el escepticismo e incluso la denuncia ante los abusos que sufren los autóctonos. Su forma de narrar, casi cinematográfica, muestra de forma visceral el envés de aquello que ensalzan las postales: un lugar de Naturaleza inclemente donde conviven tribus caníbales y traficantes de esclavos. Los protagonistas de sus ‘Relatos de los mares del Sur’ (1911) son gente hecha a sí misma, marineros curtidos o nativos resignados que sobrellevan como pueden su origen salvaje y la imposición civilizadora. Para los viajeros-escritores decimonónicos, esta última frontera era un terreno fértil donde mezclar vida y obra, donde contar las excelencias de un marco plagado de incógnitas cuya imagen bucólica enamora a desengañados y descreídos.
La representación de un supuesto Paraíso terrenal todavía accesible, potencia la mentalidad imperialista de la época, que toma forma a través de estereotipos que se consolidan con la amplificación que permite esta literatura popular y se materializa en las exposiciones universales que en el tiempo de ocio pueden verse en la ciudad, un invento etnográfico donde se muestran los últimos descubrimientos y progresos tecnológicos, además de singularidades exóticas traídas de ultramar, incluidas personas de otras razas. Por supuesto, estas escenografías concebidas con fauna, flora y construcciones autóctonas son las que despiertan mayor interés del público burgués, que satisface con este sucedáneo el conocimiento del planeta más allá de Europa. El formato impone superioridad, y tal como recuerda Ana María Guash “allí el mundo entero simulaba materializarse sin implicar riesgo alguno para los visitantes, quienes contemplaban esa puesta en escena de otredad como quien contempla un cuadro, cómodos en la posición de privilegio que la mirada de Occidente confiere al espectador”4 Paul Gauguin revela en una carta escrita a Émile Bernard, que su imagen de los mares del sur deriva, precisamente, de las presentaciones propangandísticas de los asentamientos franceses en Oceanía que observa en la Exposición Universal de París en 1889. Aunque este evento es recordado para la posteridad por un emblema como la torre Eiffel, exorbitante construcción en hierro que con el tiempo pasará a convertirse en el símbolo más reconocido de la capital, durante los meses que duró la muestra lo que de verdad llamaba la atención de los asistentes era Le Village Nègre, un poblado con 400 indígenas que exhibía en cautividad a personas vivas integradas en una recreación de su hábitat natural.
Juan Antonio Ramírez explica con claridad la atracción por lo exótico en esta época: “puede admitirse la opinión generalizada de que esta pulsión por lo alejado toma un sesgo especial a finales del siglo XIX. Es un momento clave para la historia del colonialismo, cuando algunos estados europeos completan el reparto del continente africano y toman posesión de importantes parcelas de Oceanía, Asia y América. Se desencadena entonces en los países del viejo continente un proceso ambivalente de minusvaloración y de idealización de esas colonias, pues si por una parte había que justificar la intervención en ellas con el consabido argumento de que se ejercía una labor civilizadora, también se consideraba conveniente atraer a los colonos desde la metrópoli con el señuelo implícito de que podían vivir allí en un ambiente paradisiaco, no contaminado por ataduras morales y materiales.”5
Antes de llegar a Papeete en junio de 1991, Paul Gauguin había intentado huir de Occidente yendo a La Martinica. Aunque esta primera estancia en el Trópico termina mal porque después de varias vicisitudes debe repatriarse en pocos meses, supone un revulsivo al quedar fascinado por la exuberancia del paisaje. En Tahití, su impresión inicial es de decepción: cree haber recalado demasiado tarde en un mundo europeizado y en proceso de desaparición, por lo que decide alejarse de la ciudad para asentarse en Mataiea, entonces a cinco horas en carricoche de la capital de la Polinesia francesa. Una vez allí, se impregna de la personalidad del lugar y sus gentes, incluso convive con una joven aborigen que le sirve de modelo para sus obras. En un corto plazo de tiempo, encuentra el Edén que anhelaba, pero la necesidad le hace volver a París dos años después. Su producción ha sido ingente durante este periodo y su obra nueva crea expectación cuando es mostrada al público, pero no es bien entendida. En los círculos literarios despierta admiración y muchos escritores hablan de él; entre los pintores, sólo Degas es capaz de admirarla. Monet y Renoir opinan que es simplemente mala. Camille Pisarro intenta explicarle que ese tipo de arte no le pertenece, que él es alguien civilizado y no un salvaje.6 A pesar de sus esfuerzos y el entusiasmo que demuestra, regresa a Oceanía decepcionado y con la sensación de haber fracasado. Envejecido, enfermo, solo y luchando contra la adversidad a diario, realiza sus mejores cuadros en estos años. Antes de morir en 1903, vuelve a iniciar una nueva aventura en Las Marquesas insuflado de una última llamarada de entusiasmo.
La celebridad de Gauguin se sustenta en esta última década de vida, un lapso breve que lo convierte en uno de los artistas más seguidos durante la primera mitad del siglo XX por representar lo opuesto a lo urbano y burgués, a lo oficial y académico. La búsqueda de una naturaleza primitiva cargada de mitos ancestrales, la huída incesante hacia lo desconocido, la ruptura con los cánones previos, el uso libre del color para representar la luz de las Antípodas… construyen una visión muy vivaz que, desde entonces, condicionan la mirada de la Modernidad hacia lo exótico. “Gran parte de la reputación póstuma de Gauguin se fundamenta en las obras realizadas en Tahití. Su personalidad pasó igualmente a formar parte de su posterior culto. La idea del artista considerado un genio que trabaja al margen de la cultura occidental en el intento de realizar un arte más puro, sin recurrir a los convencionalismos del realismo, ganó interés cuando Gauguin fue tildado de precursor del Expresionismo.”7 De hecho, el primitivismo se convierte desde entonces es una de las sendas del arte moderno. Para los componentes de Die Brücke, resultó esencial la retrospectiva sobre Gauguin que preparó en 1910 el museo de Dresde. De hecho, los componentes del grupo y sus allegados eran ávidos visitantes de las colecciones etnográficas y esta muestra reafirma su fe en las culturas no contaminadas. Los que pudieron, incluso se atrevieron a peregrinar cuando tuvieron oportunidad. En 1913, Emil Nolde viaja a los mares del Sur sumado a una expedición de oftalmólogos que iba a estudiar enfermedades de los maoríes de regiones de Papúa-Nueva Guinea, por aquel entonces condominio alemán. Igualmente, Max Pechstein al estallar la Primera Guerra Mundial hizo otro recorrido por estas tierras lejanas.
Quizás el caso más peculiar de los admiradores de Gauguin sea el de Henri Matisse, que desembarca en Tahití en 1930. En esta travesía no puede pintar porque una dolencia le impide hacer esfuerzos con el brazo, así que se dedica contemplar con atención la luz y comprar telas decoradas con motivos básicos y producidas de manera artesanal. Proveniente de una familia de tejedores, su sensibilidad por estos materiales era manifiesta. Para capturar aquello que le interesa, se compra una cámara y se dedica a hacer fotos de pájaros en vuelo, del mar y del cielo. Se fija especialmente en las hojas y el contraste del follaje. A su vuelta, concibe sus primeros grandes diseños textiles y comienza a usar perfiles recortados. Muchas de las formas que absorbe en este viaje de ultramar aparecen reflejadas entonces. Su capacidad de síntesis resulta sorprendente: con elementos mínimos logra comunicar muchas sensaciones aprehendidas. Ya no con la vehemencia e impulsividad de los expresionistas, sino con la sutileza y concreción de un visionario.
Existe una paradoja inherente a esta evasión hacia lo desconocido y no es otra que entender que se acude a los confines de la expansión colonial y no a territorios inexplorados. Es más, cuando Gauguin viaja a la Polinesia encuentra un ecosistema pervertido que exacerba su imaginación, potenciando aquello que considera autóctono y silenciando cualquier efecto extranjero que distorsione su concepción previa de lo que esperaba encontrar. Al final, reconstruye una imagen inventada que difunde como verdadera y cala en el imaginario artístico. Por aquel entonces, la pintura hereda de la literatura de viajes su enorme potencial evocador, un relevo que toman la fotografía y el cine para condicionar de manera definitiva nuestra percepción del mundo. Precisamente, las revistas ilustradas se convertirán en una de las referencias visuales del siglo XX, alcanzado tiradas de millones de ejemplares en Alemania, Francia, Inglaterra y Estados Unidos. Este mecanismo global de divulgación se sustenta en el ensayo fotográfico, un acercamiento directo a latitudes remotas que permite conocer con detalle lugares idealizados. El paradigma de estas publicaciones fue la revista Life, que tuvo su apogeo en los años 40 y 50. Incluso llegó a editarse una edición en castellano (Life en español, 1952-1969) para Latinoamérica que podía adquirirse en nuestro país. En marzo de 1957 publicaron un extenso reportaje titulado Grandes aventuras: viaje romántico a los mares del sur donde se mostraba (a todo color) vistas bucólicas y escenas de ensueño de los diferentes archipiélagos de la Polinesia.
El primero que rodó escenas en las islas del Pacífico Sur con el fin de plantear una película fue Robert J. Flaherty, un ingeniero de minas norteamericano convertido en explorador-director que en 1922 presentó ‘Nanuk’, un documental pionero sobre las costumbres y hábitos de los esquimales. La buena respuesta del largometraje en Europa sirvió para que la Paramount le financiara dos años en Samoa, donde se vuelca con un proyecto titulado ‘Moana’(1925) centrado en una pareja de nativos locales. El gran atractivo para el público occidental era ver paisajes, personajes y modos de vida absolutamente opuestos a los suyos. Tras firmar un contrato por la Metro-Goldwyn-Mayer para seguir desarrollando filmes de este género, se produce un giro hacia lo comercial que no agrada a Flaherty, cuyo respeto por los pueblos y su cultura era prioritario y prefería no inventar historias ni incluir estrellas conocidas, sino dejarse llevar por las circunstancias. Debido a ello, aunque ya tenía bastante material grabado, decide abandonar sin terminar los dos proyectos que había acordado con la productora. ‘Sombras blancas en los mares del Sur’ (1928) fue concluido por W. S. Van Dyke. ‘Tabú’ (1931), rodada entre Tahití y Bora Bora, fue la última película que realizó F. W. Murnau antes de morir en un accidente de coche con 42 años.
A partir de aquí, Hollywood se apodera de todo este imaginario post-colonial polinesio para crear estereotipos que resultasen atractivos para el público. Por un lado, recurre a melodramas sencillos protagonizados por personajes populares como Elvis Presley (‘Amor en Hawaii’, 1961); por otro, recrea historias de guapos aventureros blancos que recalan en playas cristalinas llenas de palmeras, aguerridos marinos que con decisión toman las riendas de un conflicto y acaban conquistando a la hermosa vahiné, que siempre resulta ser la hija de un generoso jefe tribal. Tal es así en ‘Rebelión a bordo’ (1935) protagonizada por Clark Gable y ganadora del oscar a la mejor película estadounidense de ese año. Su remake de 1962 significó un antes y un después en la vida de Marlon Brando, encargado en esta segunda versión de encarnar al carismático y joven capitán Fletcher. Al igual que en la historia, el actor se enamora de una joven lugareña, Tarita Teriipia, que acabará convirtiéndose en su tercera esposa. No sólo eso, su fascinación es tan grande y queda tan prendado de la belleza de este territorio, que decide comprar el atolón de Tetiaroa y hacerlo su refugio privado.
Tras la estabilidad que ofrece el nuevo orden internacional una vez concluida la Segunda Guerra Mundial, la recuperación económica de los países avanzados y el desarrollo de la cultura del ocio posibilitan que emerja una clase media pudiente con la suficiente capacidad para viajar y permitirse vivir en primera persona experiencias antes impensables. El turismo va a explotar esa necesidad de satisfacer emociones aprovechando las expectativas que genera cada zona o ciudad-emblema. Evidentemente, su misión es fortalecer clichés asumidos hasta lograr afianzar una imagen estándar de cada lugar. Así, las agencias de viajes convierten los Mares del Sur en un destino asociado a la tranquilidad, la desconexión, el sol, la relajación y el disfrute… Para los estresados trabajadores de Europa o Norteamérica acostumbrados al frío y la lluvia, un idílico resort donde recuperar fuerzas y regocijarse en el Edén. Sin duda, el reverso de lo cotidiano, evadirnos de todo lo que nos apesadumbra. “El hecho de que, actualmente, se demanden experiencias, en el fondo, proviene de una voluntad más o menos inconsciente de romper con lo habitual. Buscar aquello diferente es fruto de la sociedad consumista, del creciente papel de las emociones, de la existencia de intangibles… A nivel inconsciente, lo que nos atrae de un destino turístico antes de visitarlo es el interés o la curiosidad por aquella cultura. Sin embargo, lo que nos empuja a marcharnos y desplazarnos hacia ese lugar es algo más profundo que el interés, se trata de la voluntad de huir del día a día.” Es curioso observar cómo después de varios siglos, el deseo de escapada que ya sintieron los románticos sigue indemne, pero reconvertido por una industria especializada en ocuparse de gestionar nuestro tiempo libre. Ya no es tanto la búsqueda de uno mismo a través de la alteridad y al acercamiento a otras sociedades y paisajes, sino más bien un ejercicio de distracción (y dicha momentánea) que alimenta con su espejismo un sucedáneo de felicidad.
1 Lefebvre, H. ‘Fundamentos de una sociología de la cotidianeidad’. Crítica a la vida cotidiana, pg. 45. Anagrama. Barcelona, 1973.
2 Fresno Calleja, P. Travesías Literarias en el Pacífico: de los Mares del Sur a la Nueva Oceanía. Pg. 3. Publicaciones On-line de la Universidad de Barcelona. BELLS, 13, 2004.
3 Bestard, J. El viaje de la filosofía. ‘Viaje a Tahití’. Pg. 8. José J. de Olañeta, editor. Palma de Mallorca, 1999.
4 Guash, A. M. ‘Contra el mapa: disturbios en la geografía colonial de Occidente’. Pg. 69. Editorial Siruela. Madrid, 2008.
5 Ramírez, J. A. ‘El objeto y el aura’. Pg. 73-74. Ediciones Akal. Madrid, 2009.
6 Cachin, F. ‘Gauguin, ese salvaje a mi pesar’. Pg. 95. Editorial Aguilar. Madrid, 1991.
7 Stevenson, L. ‘Gauguin?. Pg. 21. Editorial Libsa. Madrid, 1992.
8 Ahlfert, C. ‘El viaje como experiencia’. Revista PAPERS TSI, número 2. Barcelona, 2012. Facultad de Turismo y Dirección hotelera Sant Ignasi. Universidad Ramon Llull.
Fuente:
Libro "Los mares del Tiki", 2016




