Charris
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En los confines de lo posible, hacia las cumbres de la imaginación.

2023

Cuesta, Mery

El cruce del umbral, 2022. Óleo sobre lienzo. 75 x 300 cm.

El cruce del umbral, 2022. Óleo sobre lienzo. 75 x 300 cm.

El cruce del umbral, 2022. Óleo sobre lienzo. 75 x 300 cm.

“La duda es la madre de las ideas; sólo los ignorantes y los fanáticos no vacilan nunca”.

Stefan Zweig

1. Cuántas nubes 

Esto se acaba. Vivimos con la sensación de haber llegado al final de un paradigma, de vivir en los confines de algo que no puede tener continuidad, a lomos de un límite. Las cosas no pueden seguir así. Ya no nos sentimos como antes de la pandemia, y hemos aprendido que, en cualquier momento, puede cernirse sobre nosotros un imprevisto; ya no hay vuelta atrás en la degradación que las redes sociales han introducido en las formas de amar y relacionarse; la creatividad genuina será aplastada por las IA, etc. etc. Estas y otras visiones sombrías de un presente futurible conviven con nosotros en el día a día. Son presentimientos fatalistas, sensaciones funestas que vienen preludiadas por una certeza de estar viviendo en un momento clave, en una brecha. Pero ¿acaso no hemos tenido esta misma sensación de manera cíclica a lo largo del curso histórico? ¿Acaso los humanos no hemos estado surfeando el filo de la angustia vital durante toda nuestra historia? ¿Acaso cada generación no se ha creído el eje de un cambio? El escritor austriaco Stefan Zweig apunta en sus memorias El mundo de ayer (1942) al malestar difuso que, en cualquier tiempo, envuelve al sujeto. La sensación de incertidumbre como signo particular de nuestros tiempos se fundamenta sobre la situación actual de agotamiento de los recursos naturales, de tal manera que ese castillo de naipes capitalista erigido sobre el modelo de la eterna abundancia parece tambalearse. La premisa del crecimiento perpetuo – ya lo dice la física – es imposible. Por ello, parece que sí, que estamos llegando a un fin de ciclo y ahora lo que toca es decrecer.

Este cóctel emocional, servido por los medios de comunicación, aderezado con el regusto pesimista propio de la condición humana, y culminado con el puntito picante que le pone la moda de las ficciones distópicas, es la bebida de nuestros días. Y tras su ingesta, una sensación de duda en el estómago y un eructo de incertidumbre. Traigo a colación una pintura de Charris de hace más de 20 años que ya preludiaba las preocupaciones del pintor por las brechas, por el vértigo ante un presente que se consume y un futuro que se autoinmola; en aquel lienzo titulado Nochevieja I realizado por el Charris de 1996, unas cerillas con la palabra “futuro” flotaban en el confín de alguna playa, amenazando con ponerse a arder. Esta pintura que Charris hizo como comentario (algo jocoso) sobre aquel llamado Efecto 2000, nos deja de nuevo en el aire, dudando de lo que ocurrirá después de la combustión. 

Pero hagamos de la duda el motor de nuestras ideas, como propone Zweig al inicio de este texto. Las creaciones salidas de la imaginación de Charris reunidas bajo el título de Futurama podrían parecer visiones de futuro y final, pero son más bien dudas del presente, visiones sobre todas esas fallas y grietas que los medios de comunicación, las conversaciones y nuestra propia existencia nos generan en nuestra cotidianeidad. Son imágenes perturbadoras, idílicas, muchas veces hilarantes... pero, primero de todo, son dudas, vacilaciones que nos hacen sentir en un estado de flotación “La desorientación se debe en parte a la pérdida de un horizonte fijo” – escribe la ensayista alemana Hito Steyerl – “Y con la pérdida del horizonte, comienza también la retirada de un paradigma estable de orientación que ha establecido, a lo largo de la modernidad, los conceptos de sujeto y objeto, de tiempo y de espacio. Al caer, las líneas del horizonte estallan, giran y se superponen” (en Los condenados de la pantalla, 2014). La caída libre y la suspensión son excelentes metáforas del estado en que nos hallamos ante las decisiones que debemos llevar a cabo en nuestro presente, inconsistente, plagado de incertezas. De la misma manera, la superficialidad, el hedonismo y la exhibición de la felicidad son características de la información que circula hoy en la cultura digital, transmitiendo una sensación general de flotación y deseo de flotación, acrecentada por la ubicación literal de la información en el espacio levitante que posibilita la red, esto es, en una esfera global abstracta donde el tiempo y el espacio se redimensionan. No es extraño que las pinturas de Charris estén plagadas de nubes, brumas, vapores y suspensión: como las cumbres embelesadas de Lawren Harris, como el inframundo nebuloso de Arnold Böcklin, ¡cuántas nubes en los cuadros de Charris!

2. Distopías y arcanos

Es interesante la fricción que se produce entre el título que Charris ha elegido para agrupar sus últimas visiones, Futurama, y el concepto de distopía que late de fondo en ellas. Concebida por el diseñador industrial Norman Bel Geddes, Futurama fue, primero de todo, una exposición que se celebró en la Feria Mundial de Nueva York en 1939 con la finalidad de mostrar cómo sería la sociedad en 1960, es decir, veinte años después. Su lema fue “The world of tomorrow” y fue un exitazo. Patrocinada por la General Motors, Futurama abría ante los ojos ávidos de novedades del visitante de los años 30, un universo de rascacielos, autopistas y coches – de promesas de seguridad, movilidad y autonomía -, un confort servicial y automatizado de superficies pulidas. Futurama contagiaba el optimismo de un crecimiento constante hacia una utopía de felicidad y bienestar. El impacto que esta exposición tuvo en la esfera pública fue acicate para la profusión de expresiones y de formas futuristas en la cultura popular (en películas y series, pero también en diseño, moda y publicidad), formas a las que hoy – en el primer tercio del siglo XXI – nos referimos como ‘retrofuturismo’. Charris, muy sensible siempre a todas las veleidades fantásticas del repertorio pop, rememora aquel robot que fue la sensación en el Futurama 1939 en su pintura Tecnolatría

Pero ¿qué ocurrió con la utopía de seguridad, bienestar y progreso? Tras el cierre de la Feria en 1940, prácticamente todas las instalaciones fueron desmanteladas por la necesidad de materiales que exigiría la Segunda Guerra Mundial. No es casualidad que en las décadas siguientes, en los 40 y 50, se popularizara el término ‘distopía’ para referirse a una sociedad ficticia e indeseable en sí misma, en las antípodas de lo que es ideal para todo el mundo. En este periodo, se reivindicó la obra de 1932 Un mundo feliz del escritor, viajero empedernido y espiritualista Aldous Huxley, y se publicaron las otras dos obras canónicas que completan el triunvirato literario de la distopía, 1984 (George Orwell, 1949) y Farenheit 451 (Ray Bradbury, 1953). En ellas, se habla de la alienación del individuo, de las trampas del estado y sus manipulaciones del imaginario colectivo, de la ingeniería social, de la mediocridad generalizada, de cómo las democracias pueden evolucionar hacia sociedades totalitarias, del consumismo exacerbado, del hacinamiento... En definitiva, las distopías eran anticipaciones, profecías ficcionadas que especulaban sobre posibilidades que empezaban a asomar las orejas. La madurez que confirió la contienda mundial a la sociedad occidental derivó en una catarsis en la que los sueños de utopía se hicieron polvo y se dio la bienvenida a la distopía. Los futuramas, es decir, los imaginarios de la ciencia ficción (que acabarían alcanzando su etapa dorada en los 60) serían abatidos finalmente por el pesimismo. Pero no culpemos a las distopías: ellas son solo ejercicios de anticipación, son intentos de detección de fallos, previsiones que desean dilucidar por donde va a saltar el sistema. Vigilar los peligros es más inteligente que disfrutar hedonistamente de las mieles del confort. 

Hoy las distopías están de moda y, como decíamos, añaden un toque de picante a la amargura general. Las ideaciones de Black Mirror se quedan escandalosamente desfasadas en una sola temporada: hasta a la distopía le cuesta anticiparse. Con ironía, Charris llama Futurama a sus anticipaciones, y digo con ironía, porque aquella exposición de 1939 en Nueva York (y su versión actualizada, Futurama II, que se celebró en 1964) querían inocular confianza en el futuro. El Futurama de Charris, por contra, acusa un fondo de amargura, y no sólo por pintar el futuro de negro, sino por la misma imposibilidad como pintor de retratarlo. Las imágenes de futuro que crean los pintores son un recuento de los miedos, las obsesiones o las esperanzas de cada época, son un mapa de direcciones posibles antes que otra cosa. 

Posibles caminos, distintas direcciones ¿Por cuál decidirse, por dónde tirar? ¿Pueden sernos útiles las mancias en estos dilemas? Como civilización, hemos confiado en los métodos de adivinación durante casi toda nuestra historia. Querer saber el futuro es una pulsión humana estrechamente relacionada con la necesidad de tener el control. Si bien Charris en su Futurama no parece querer inclinarse por estas opciones conscientemente, sus pinturas se visten de misterio y se perfuman de cierto misticismo bajo el que reverberan notas olfativas de tradiciones ocultas y herméticas. Sus pinturas son, muchas veces, pinturas del otro lado, en las que se alude a un panorama de fuerzas invisibles, universos paralelos que proponen muchos presentes y futuros posibles (Too late, Et in Arcadia Adorno clonado, El viaje a Marte). Sus cuadros permiten que nos asomemos a parajes simultáneos que revelan la amargura característica de la distopía, como muestran los desesperanzadores Universos paralelos o Un negocio muy elástico. El alegato a favor de la teoría del caos y la falibilidad de la ciencia aflora en El efecto mariposa, esa visión fantástica salida de algún recoveco de la mente imaginativa de Charris, que calcula secretamente efectos y consecuencias a escala global. 

Las visiones del pintor se han llenado de puntos y tramas en Futurama, y este lienzo, El efecto mariposa, es un buen ejemplo. ¿De dónde salen esos gestos compulsivos y veleidosos, a medio camino entre el signo codificado y la orla decorativa? Son manifestaciones del inconsciente, formas que emergen no se sabe muy bien por qué y que forman parte de una composición inédita y secreta. Como Hilma af Klint, Charris ha abierto el grifo del automatismo, en esta ocasión de manera aún controlada. Me encantaría ver cómo el pintor en un futuro abre la llave del depósito de agua del inconsciente hasta el tope. 

Sobre estas aguas de la pura intuición se alza, como un faro, La torre, una construcción babélica de dieciocho piezas que evoca un castillo de naipes, símbolo de la inestabilidad, pero también estupendo ejemplar de un juego de presentimientos. En la libre asociación de imágenes a pequeña escala (extraídas seguramente con más naturalidad del subconsciente), veo un territorio fértil de libertad que se ha permitido Charris para expresar su imaginación. La torre es una atalaya empedrada de imágenes que evoca la baraja de cartas del matrimonio Eames, constructo a caballo entre la arquitectura, el juego y las manifestaciones más arcanas de la imaginación individual y del inconsciente colectivo.

3. Emosido engañado 

Como un capitán solitario a los mandos de una nave que surca el mar brumoso de la actualidad (y que no ve tierra al fondo), Charris lanza sus dados, esto es, sus visiones predictivas y sus ideas coloreadas. Son opiniones, comentarios sociales y puestas en duda sobre el presente y el futuro que se sobreviene, y a veces, como auténticas profecías, se adelantan al futuro. Es el caso de Masculino, un lienzo que muestra a una cuadrilla militar que lleva a cuestas el tradicional juguete Mr. Potato. Lo portean a hombros en un paisaje nevado, un espacio completamente alejado del cuarto de juguetes que es el hábitat natural del señor patata. ¿Por qué? Mr. Potato debe pasar la ITV y debe ser retirado de circulación para revisar su calidad de emblema de la masculinidad. Y lo que son las cosas, después de que Charris realizase el cuadro, Hasbro (la marca fabricante del cabeza de patata) decide sustituir el nombre tradicional de Mr. Potato por solo Potato, en aras de la educación por la igualdad de género y el binarismo. Charris avant la lettre.

En este repaso de la actualidad al rojo vivo, pasan por el filtro reinterpretativo de Charris grupos y colectivos como los negacionistas (Negacionistas) o los turistas (Turistas, El viaje a Marte), reflejados como nuevos exploradores con resabios de misioneros de otras épocas, heroicos y patéticos a un tiempo, conducidos hasta los confines de la cordura por sus convicciones interiores. Multipintoresquismo es una acertada visión crítica de lo que hoy celebramos como multiculturalidad: la utopía de la convivencia enriquecedora entre las distintas culturas que conforman el mosaico humano, es y será pura fachada, complementariedad superficial de distintos patrones. Nada más que eso.

Los problemas medioambientales y el agotamiento de los recursos naturales - tema absolutamente seminal en las distopías clásicas - afloran en las pinturas de Charris en forma de monstruos, de una naturaleza que, más allá de la extenuación, se ha puesto en pie y se nos muestra adversa. La desaparición de los insectos es como un mal sueño, es una amenaza sorda que merecería ser el argumento de una buena película de eco-terror. Un grupo de personas parece desconcertada y paralizada; miran a derecha e izquierda, otean el horizonte y alguna de ellas examina el cielo a través de unos binoculares. El título del cuadro nos advierte de lo que ocurre: los insectos han desaparecido. ¿Acaso es el principio de una cadena de extinciones, o se han retirado los insectos para reaparecer mutados y más fuertes? Este cuadro representa a la perfección la incertidumbre a la que estamos sometidos en tiempos de cambio climático, en tiempos en los que la Naturaleza, madre y fuerza sobrehumana, se está tomando sus revanchas. 

Un mensaje coincidente expone la pintura Akkorokamui, basada en la leyenda tradicional japonesa del dios pulpo rojo y gigante, una deidad de poderosos tentáculos que tiene la capacidad de regenerarse a pesar de las heridas y ataques que el humano ignorante le infiere. Las leyendas, acontecimientos prodigiosos fundamentales para comprender la cohesión y la formación de las sociedades, nos han servido desde la antigüedad a los seres humanos para poder explicar los fenómenos naturales que acontecen, confiriendo a estos relatos de una fuerza religiosa, trascendente y espiritual. En Akkorokamui, el pulpo simboliza el trato que damos hoy a la naturaleza, y nos recuerda una ley inmanente: según como la tratas, así te tratará ella a ti. La pintura se inspira en el grabado de Hiroshigue III Hunting the Giant Octopus of Namekawa in Etchu Province de 1877, pero Charris le ha añadido su twist pop, y el pulpo cute nos resulta amenazador y escalofriante como el payaso de It ideado por Stephen King.

En resumen, lo masculino, lejos de ser una bendición innata con la que uno había sido favorecido solo por nacer en el seno de la sociedad patriarcal, es hoy un constructo peludo y lleno de aristas, un alijo de problemas; la vida es una carrera en un laberinto, lleno de espejismos, puertas falsas y arenas movedizas ideológicas; la naturaleza está emprendiendo revancha contra nosotros y está resuelta a vengar sus ultrajes. Esto no es lo que preveíamos cuando inauguramos por todo lo alto el Futurama de 1939. Parece entonces que, sí, que Emosido engañado, como dice el popular meme que, desde 2016, viraliza nuestras pantallas para expresar decepción general. El Futurama de Charris responde al empleo del arte como proyección de miedos y frustraciones del presente incluso cuando hablamos de futuro. 

4. Huyendo hacia la montaña análoga 

“Salía con un grupo de compañeros en busca de la Montaña, que es la vía que une la Tierra con el Cielo, que tiene que existir en algún lugar de nuestro planeta, y que debe de ser el lugar de residencia de una humanidad superior, hecho que demostró racionalmente ése a quien llamábamos Padre Sogol, nuestro decano en asuntos de la montaña, que fue el jefe de la expedición”.

Fragmento de La montaña análoga de René Daumal (1944) 

La montaña análoga es un libro excepcional. A medio camino entre la novela de aventuras y el ensayo filosófico, este breve e inacabado escrito de René Daumal aborda pioneramente el viaje como experiencia iniciática. Un viaje a un lugar inexistente (un monte que no es visible a los ojos humanos, la llamada Montaña análoga), en una misión a ciegas en la que participa una tripulación de ocho idealistas que se conocen a través de un anuncio en el periódico. La expedición está capitaneada por un tal Padre Sogol, personaje que simboliza la inversión de la lógica y la renuncia a la razón, puesto que Sogol es Logos al revés. Daumal, poeta francés de corta trayectoria y muerte prematura (falleció dejando La montaña análoga inconclusa), volcó en esta historia de aventuras todas sus creencias sobre esoterismo occidental, cábala y religiones orientales, que asoman más o menos veladas a lo largo de la narración ofreciendo, a la postre, un alegato personalísimo sobre cómo conseguir la plenitud espiritual (cómo alcanzar la cima de la montaña), y cómo integrar el potencial de la imaginación en nuestro camino de vida. Daumal escribió esta novela en trágicas circunstancias, en los periodos de lucidez intermitentes que le permitían su estado terminal de enfermo de tuberculosis hasta su fallecimiento con solo 36 años. Se hace comprensible que la espiritualidad y la imaginación se vuelvan tablas de salvación cuando la esperanza se extingue.

Hay unas evidentes concomitancias entre todo lo que rodea a una novela rara y un discurso bello y al límite como es La montaña análoga con el universo de Charris, construido sobre los imaginarios de la aventura, las misiones, los confines y los mundos inexplorados. Para el pintor, como para Daumal, la imaginación acaba siendo la mejor opción para seguir hacia delante. Ante la desesperanza, huir a la montaña análoga, ante la incertidumbre, dar rienda suelta a la imaginación, a la posibilidad de otros mundos que rozan el absurdo, la visión y la profecía.

La imaginación es la materia del lenguaje de Charris. El mitólogo francés Gilbert Durand realizó toda una serie de aproximaciones hacia la importancia de la imaginación como método epistemológico, dejándonos obras de referencia para el análisis de la cultura visual como La imaginación simbólica (1964). Durand se refiere a la imaginación como una facultad psíquica exclusiva del humano, un espacio de libertad y ensoñación que permite elaborar aquello que aún no existe. Pero es, además, un territorio de rebeldía frente al determinismo, particularmente en las sociedades occidentales, donde la imaginación va de la mano con la iconoclastia. La imaginación individual (desvinculada del imaginario, que es una construcción colectiva y compartida) es una potestad creadora irreductible que permite conjeturar más allá de los límites geográficos y culturales, más allá de los confines de lo posible. En estos límites, en estos umbrales, habita Charris. ¿Acaso no podría ser el propio pintor esa figura que, erguida, mira de frente y sin temor la cabeza del monstruo en la pintura El cruce del umbral? Este cuadro puede ser interpretado como ese enclave donde conceptualmente se sitúa Charris en Futurama; es un umbral, un lugar entre la duda y la certeza, entre el presente y el futuro, un confín entre lo posible y la pura elucubración. 

Hay en El cruce del umbral un atisbo de heroicidad. Según los arquetipos del imaginario (que tan bien desgranó el propio Durand con la venia de su preceptor Jung), ese personaje que encara a Frankenstein podría representar al héroe que llega a un punto crucial de su camino. El héroe de las mil caras de Campbell reverbera en esta pintura, en su pose erguida bajo el filo del rayo. Pero el héroe contemporáneo, el de hoy, presenta ciertos matices de color modelados por la luz que proyecta la distopía: en la actualidad - cuando la resistencia es disidencia controlada, cuando la lucha contra un sistema omnipotente parece condenada al fracaso -, el héroe se vuelve un producto de la imaginación fantasiosa, irreal en su posibilidad de triunfar, demasiado real en su psiquismo. ¿Es un héroe decepcionado? ¿Está cansado? ¿Qué piensa cuando mira a los ojos a esta criatura nacida de los estudios Universal de los años 30? ¿Le pesa la mochila?

Charris nos regala más visiones heroicas contemporáneas en Futurama; una de ellas es Maternidad, esa mujer con el niño a cuestas y ropa deportiva que sube con esfuerzo una montaña, una interesante visión del papel de la mujer madre hoy, que debe ser hábil, fuerte, enérgica, capaz, segura y en forma, que no debe abandonarse a los vicios y los malos hábitos, que ha de ser activa intelectual y sexualmente, también competente, justa y hábil... Sencillamente agotador. Esta madre del presente-futuro refuta y actualiza las representaciones tradicionales de las maternidades en el arte, y nos devuelve un diagnóstico tan acertado como preocupante. Las mujeres vuelven a ser las heroínas en una de las pinturas que – desde mi punto de vista – mejor condensan el espíritu que respira todo Futurama. Son ellas, Las estoicas. Ellas y sus perros, es decir, las mujeres en alianza con la naturaleza, avanzan hacia el ojo de huracán, directas al tornado: no tienen miedo. En esta pintura se hace evidente la destrucción del paradigma, el fin de ciclo. Pero – y aquí aplicamos una interpretación feminista de la imagen – las mujeres avanzan y no se paran, afrontan el riesgo y lo que venga por delante. 

Los perros que flanquean a las estoicas son símbolo de una sombría preocupación del pintor que aparece en diversas obras, y que es a la vez la luz al final de túnel: es la relación con la naturaleza, viciada y en un punto crítico (como nos recordaba el pulpo rojo cabezón saliendo de las aguas con su sonrisa socarrona), pero también utopía final y única salida para la expansión espiritual. Esta es la visión que Charris plasma en El reino pacífico, idílica estampa donde animales y niños charlan en armonía. La pintura se basa en una de las pocas profecías halagüeñas que ofrecen los antiguos escritos, concretamente la que se recoge en el versículo 6 del capítulo 11 del libro bíblico de Isaías cuando dice: “Morará el lobo con el cordero, y el leopardo con el cabrito se acostará; el becerro y el león y la bestia doméstica andarán juntos, y un niño los pastoreará”. Una visión optimista y enternecedora de raíz judeocristiana (¡cómo nos delata la cultura inculcada!) que contrarresta las especulaciones tendentes al pesimismo que Charris ha ido pintando aquí y allá. Por fin una profecía positiva en la que el humano se pone de acuerdo con la naturaleza. Los montañeros han llegado donde deseaban llegar.

Todo está a punto de acabarse y es ahora cuando debe comenzar el viaje. Cogemos nuestros bártulos expedicionarios y nos internamos en el páramo de la duda para subir las laderas de la imaginación hacia sus cumbres, en las que ignoramos qué futuro nos aguarda. Como los excursionistas de Boomerpunk (after Enid Blyton) miramos la montaña y nos situamos en el umbral de la duda ¿Subimos o no? ¿Nos irá bien allá arriba, llegaremos sanos y salvos, podremos subir a lo alto y volver a bajar? Este arduo ejercicio de alpinismo imaginativo es lo que propone Charris con Futurama, una determinación de seguir hacia delante como ejercicio de exploración y de reflexión. La vista desde las cumbres permitirá tomar una bocanada de perspectiva pura que transformará nuestra manera de entender el presente y el futuro. Porque ¿de qué sirve, si no, subir una montaña que no existe? 

“El alpinismo es el arte de recorrer las montañas encarándose a los mayores peligros con la mayor prudencia. No podemos quedarnos eternamente en las cimas. Hay que volver a bajar. ¿Para qué subir entonces? Por esto: lo alto sabe de lo bajo, lo bajo nada sabe de lo alto. Al subir no dejes de tomar nota de las dificultades del camino; mientras estés subiendo puedes verlas. Al bajar ya no las verás, pero sabrás que están ahí si te fijaste bien en ellas”. 

René Daumal



Fuente:

Catálogo "Futurama". Sala Verónicas, Murcia.