Charris
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Historias de playa

1993

Mateo Charris, Ángel

Me nacieron tiburón en unas aguas templadas al sur de Alborán y ni los años ni las olas lograron arrancarme la sensación de sentirme ajeno y exiliado en este mundo. Las palabras de los mayores y las leyes de la manada no fueron cadena suficiente para mantenerme alejado de los cantos de sirena de las costas. Las playas de blancas arenas me gustan especialmente y en ellas ver retozar a esos extraños animales que suelen coronar su cabeza de pelo y cubrirse de extraños y vistosos colores. Pocos tiburones creen en la reencarnación pero yo estoy seguro de haber sido alguna vez el señor que alquila los patines en alguna playa mediterránea. Me gustan las voces de los niños y los absurdos chapoteos de los humanos. Me gusta ver sus piernas sin escamas aleteando sobre mi soledad. Alguna vez hasta he encallado al acercarme demasiado a una noche de hogueras y músicas.

No entiendo a los hombres, pero tampoco los de mi especie me entienden a mí. Me gusta lo raros que son: unos gordos y fofos como medusas, otros flacos como quisquillas, unos escurridizos como anguilas y otros malos como morenas. Son dignos de estudio estos seres que en tierra caminan erguidos y en el agua se comportan como ranas reumáticas. Desde los depredadores en celo en busca de alguna hembra hasta los oscuros vendedores de abalorios, desde los ruidosos alevines a las ballenas varadas en sus tumbonas de flores; los acróbatas, los gourmets, los escandalosos, los organizados, todos ellos ofrecen entretenimiento sin fin a un espíritu observador. Lástima no poseer algún tipo de recurso que permitiera congelar alguno de los maravillosos instantes captados al vuelo de una mirada furtiva1.
Tanto me gusta el espectáculo de esta fauna colorida que estoy pensando en emigrar a otros mares donde las temporadas de baño sean más largas. Me han hablado de un mar cálido al oeste y de unas islas donde todo son playas2.
Cuando el hambre aprieta y los bancos de peces se me escurren, me gusta acercarme a una de esas playas de nudistas a saborear algunas nalgas tostadas, prietas y regordetas a poder ser, sin envolturas molestas que a veces son realmente difíciles de separar del bocadillo. Es preferible actuar en lugares distantes, pues aunque en ellos es natural destriparse de los modos más increíbles y por las razones más bobas, se asustan y arman mucho alboroto por un muslito mal repelado o una dentellada de aperitivo.
Sólo en una ocasión recuerdo haber sentido la crueldad en mis dientes y fue la vez que vi a la dama de mis sueños en brazos de alguien que no era yo; sentí el vacío en los brazos que no tengo y el ridículo de todo amor imposible que no quiere darse cuenta que lo es. ¿Puede un tiburón enamorarse de una muchacha feúcha y tímida? No sé allí afuera, pero en el mar y en mi corazón las historias más imposibles son las más profundas y dolorosas.

Esparcí al desgraciado entre Tabarca e Ibiza: es fácil ser bueno cuando no se está enamorado3.
Me nacieron tiburón y yo no pedí serlo y si pudiera ahora, en la absurda fantasía del deseo, ser algo, yo quisiera ser coleccionista de pequeñas y bonitas historias de playa.

 

1 El tiburón parece añorar un procedimiento similar a nuestra fotografía.
2 Puede referirse al Caribe y las Antillas.
3 Sin duda este tiburón ha leído a Cesare Pavese.



Fuente:

Catálogo Historias de playa de Juan Manuel Díaz Burgos. Ayuntamiento de Cartagena. Noviembre 1993.