Charris
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Ultramar

1993

Mateo Charris, Ángel

Del primo Roberto sólo tenía la memoria de una vieja foto que lo mostraba disparando en una caseta de feria junto a mis padres adolescentes. Era uno de esos parientes perdidos en la caja de las fotografías y las esquelas, los recordatorios de comunión y las invitaciones de bodas. Se le suponía en una América difusa a la que parecía haberse encaminado tras una lejana guerra.
Mi madre lo decía entrañable y músico, y mi padre loco y aventurero, pero nadie había vuelto a saber nunca más de este exótico primo al que ciertamente sólo nos unía una intrincada e indescifrable línea de parentesco. Me costó días relacionar al primo de la escopeta con el Roberto Lorca del que enviaban una notificación de la embajada cubana para mi madre ya desaparecida. El celador del ayuntamiento, que me había localizado tras indagar en antiguas direcciones, me hizo albergar esperanzas de fortunas y herencias inesperadas: el tío de América me disparaba desde el otro lado del mar una perdigonada de dólares, piñas y fríjoles, plantaciones de café y daiquiris bien cargados.
La imaginación novelesca heredada de mi madre luchaba con el sentido común que mi padre había intentado inculcar en mí, haciéndome vivir unos días de vaivén y marejada.

Debía haber intuido que, desde siempre, el hondo pragmatismo de mi padre vencía a las fantasías maternas, así que no debí sorprenderme tanto al ver que la única razón por la que dos países, varios ayuntamientos y un buen montón de funcionarios se habían movilizado era para hacerme llegar un viejo cofre lleno de cosas viejas que el difunto Roberto Lorca (que Dios me lo bendiga) había querido hacer llegar a mi madre, con la que no se comunicaba desde hacía más de cincuenta años. ¿Y qué contenía tan viajero cofre? ¿Qué mensaje contenía la botella arrastrada desde tan lejano continente? Fotos y discos, vitolas de puros y cartas amarillentas, una bandera republicana agujereada y unas cuantas pipas talladas: nada con el más mínimo valor, que diría papá, la historia de una vida, que diría mamá.
Decidí ocupar un anodino fin de semana invernal descifrando el jeroglífico Roberto, así que llevé tan curioso cargamento a casa de mi entrañable amiga cubana, Silvia Molina, que era la única que podía ayudarme a re-crear un mundo tan extraño para mí. Supe así quiénes eran Arsenio Rodríguez y Toña la Negra, Cachao y María Teresa Vega, las caras negras de la gente negra que saludaban desde las portadas de los viejos discos rayados de tanto ponerlos.

Sufro la inmensa pena de tu extravío,
siento el dolor profundo de tu partida
y lloro sin que sepas que el llanto mío
tiene lágrimas negras,
lágrimas negras como mi vida.

Y en las fotos, a las que el primo Roberto se había dedicado a recortar cuidadosamente su cabeza, aprendí a descubrir el Malecón y Varadero, los jazmines de Cuba y las guayaberas. Sólo en una de ellas quisimos reconocer al adolescente de mi foto en la feria y en los hombres que lo flanquea-ban Silvia creyó ver a Beny Moré y Chocolate Armenteros, músicos buenos de la vieja Cuba.
Así que mi padre pudo tener razón al recordarlo músico. Un tal Bienvenido Granda le dedicaba una partitura con cariño y cierta envidia: a tu diosa de la rumba.

Es la diosa de la rumba,
alegre rayo de aurora,
trigueña fascinadora.
Cuando el cuerpo le retumba
tiene su cuerpo dulzor,
tiene su alma candela.
Para entonar el tambor
tiene sandunga hechicera.

Banderines de equipos de béisbol, vitolas y etiquetas de cajas de ron eran las piezas más curiosas de la cosecha. Desde ellas, piratas caballerescos y exóticos animales me hablaban de otro mundo y otro color: de un siglo hermoso y una risa.
En el fondo de una caja pintada y tras muchas otras cartas mandadas desde suelo cubano, una carta dirigida a mi madre y devuelta desde una Cartagena distinta, la de Indias, llamó enseguida mi atención. Pocos años después de su partida, Roberto escribía a mamá una carta contando alguna de sus aventuras americanas, intrascendencias y chismes, y le mandaba la letra de su primera canción, que había compuesto para un negrito amigo suyo. Con el dinero que ganara cuando fuera un gran compositor le mandaría un mantón de la China y una guayabera para mi padre.

No puedo ser feliz,
no te puedo olvidar.
Siento que te perdí
y eso me hace pensar.
He renunciado a ti,
ardiente de pasión:
no se pude tener conciencia y corazón.
Hoy que ya nos separa la ley y la razón,
si las almas hablaran, en su conversación
las nuestras se dirían cosas de enamorados.
No puedo ser feliz
No te puedo olvidar.

La tapa de la caja que guardaba la única carta que Roberto Lorca había escrito a mi madre llevaba una bonita vista de la Habana vieja. Días después de mi visita a Silvia, ésta me llamó para confirmarme que la imagen había sido pintada por Wssel de Guimbarda, un pintor nacido en Cuba que había pasado la mayor parte de su vida en la Cartagena española, la mía, y que se cotizaba bastante entre los círculos de anticuarios. ¿Qué te parece? Así que, después de todo, el viejo cofre del primo guardaba un pequeño tesoro.
Mi madre luciendo un hermoso mantón de la China bailaba conmigo un precioso bolero mientras mi padre, que jamás hubiese usado guayabera, meneaba la cabeza con desaprobación, sabiendo que jamás podría deshacerme ni de la valiosa caja ni de ninguna de las otras basuras que guardaba el cofre.
Mi padre se preocupaba por mi falta de sentido práctico.
Mi madre lo consolaba cantando: 

Eso no es ná, camará,
eso no es nada, caramba,
eso no es ná.



Fuente:

Catálogo Ultramar de Silvia Molina Pantiga. Diputación de Albacete. Mayo, 1993.