Charris
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El eclipse

1994

Mateo Charris, Ángel

Catálogo El año del eclipse. Diseño: Charris

Catálogo El año del eclipse. Diseño: Charris

Catálogo El año del eclipse. Diseño: Charris

Alicia M. detestaba a todos los miembros de su familia y especialmente a su abuela. Su padre y sus hermanos sólo le inspiraban un ligero fastidio, sus primos una irritación permanente, la maestra un poco disimulado desdén pero, entre todos, despreciaba sobremanera a la matriarca.
De ella odiaba las largas sesiones de cepillado en las que su cabeza sufría toda clase de torturas y suplicios, el largo repertorio de amenazas, acusaciones y exigencias de castigo con las que sazonaba las relaciones entre su padre y ella; odiaba su perfume dulzón y los cariños fingidos delante de las visitas. Pero todo esto ocurría a miles de kilómetros de distancia por debajo de su esmerada educación.
Alicia M. era una niña modélica, muy dotada para la música y las ciencias naturales y capitana de una banda de herederas descerebradas.
Sus inocentes diez años estaban aquella mañana ajenos por completo al bullicio que reinaba en el jardín; los invitados y el resto de la casa habían ocupado el lado norte y ella disponía de un amplio margen de movimientos en el sector desocupado.
La niña trazó un rastro líquido alrededor de una mecedora vacía y meticulosamente llenó un platito debajo de ésta. El rastro se alargó hasta unos periódicos arrugados donde la niña había establecido su mesa de operaciones. La lata de gasolina estaba casi vacía y Alicia M. esperó pacientemente hasta que la abuela se sentó, como hacía siempre en su mecedora.
–Abuela, ¿me dejas tus lentes?
La anciana no respondió porque se encontraba enfrascada en una de sus continuas modorras, así que la niña le quitó con cuidado las gafas y empezó a experimentar uno de los ejercicios recientemente aprendidos en el colegio: los gruesos cristales comenzaron a condensar los rayos de sol y un leve humito comenzó a prender en los periódicos.
De pronto el barullo del jardín comenzó a subir y el sol a bajar lentamente de intensidad. Su padre la llamó con urgencia.
–¡Alicia, corre, ven a ver el eclipse!

El perro sabía que ya era la hora de ocupar su lugar habitual junto a la verja del jardín. Lo venía haciendo todas las tardes de los últimos tres años, con lluvia y sol, con frío y nieve, impasible y obstinado: mi estatua de jardín, lo llamaba el dueño de la casa y enseñaba a los visitantes que intentar llamarlo cuando entraba en trance era poco menos que imposible. Y allí estaba aquella hermosa tarde la estatua de jardín, vigilando la acera de enfrente, esperando lo mismo que día tras día: a su dueño traidor. Lo hacía desde el momento en el que el viejo pescador lo dio a los encaprichados hijos de su jefe, que le pusieron un estúpido nombre de perro y le hicieron la vida insoportable durante una temporada, justo hasta que se cansaron del juguete.
Se escapó varias veces al principio, añorando los días de pesca en la barca y la compañía del viejo, pero la última vez que lo hizo encontró en los brazos del marinero un estúpido chucho: su corazón de perro quedó tan roído como un hueso de cachorro y ya sólo vivía para ver pasar al amo y a su enemigo. Imaginaba cómo lo despedazaría a la mínima ocasión que tuviese, cómo le quebraría el espinazo y cómo no lo soltaría hasta que lo mataran a palos. Sabía que este odio acabaría destrozándole, pero la venganza era lo único que le ayudaba a sobrellevar su tediosa vida de perro de ricos.
–Sultán, ven aquí. –oyó que decía el dueño a un grupo de amigos– ¿lo veis? No se movería ni aunque un camión le pasara por encima.
Aquella tarde se le hizo extrañamente corta, pero cuando noto que oscurecía corrió a ocupar su habitual lugar en el porche. Minutos después el  perro notó que volvía la luz y pensó: ¿me estaré volviendo loco?

La señora Martin enviudó cuando acababa de cumplir los treinta años. Una buena herencia y un hijo clavadito a su marido fue lo único que le quedó tras los mejores años de su via: el resto sólo fue eso, el resto de su vida.
No le gustaba que la compadecieran y nunca demostró un dolor mayor al que las apariencias hacían necesario. Todo el mundo convenía en que nunca habían visto a una mujer con mayor vocación de viuda.
Pero a los pocos días de la muerte de su marido, ella notó un inmenso agujero en su interior que no consiguieron llenar ni su dedicación materna, ni los negocios, ni la religión. Su inmenso pantano siguió vacío durante años hasta que encontró el manantial con el que llenarlo: litros y litros de ginebra, ríos y mares que consiguieron calmar el hondo cráter de su alma. Nadie notó nunca su afición, como nadie notó nunca su vacío, y lady Beefeater envejeció entre la consideración de sus vecinos y las risas de sus nietos.
El día del eclipse la venerable dama llevaba en el cuerpo un litro y medio de trasvase.

La casa de la familia parecía una romería aquella tarde. El anfitrión, gran aficionado a la astronomía, había instalado un gran telescopio en el jardín y repartido cristales ahumados. Lo más selecto del vecindario se reunió en torno a unos espléndidos canapés y un acontecimiento único en la década: el eclipse.
Excitados y distendidos comentaban lo espléndido que había resultado y se las daban de expertos en la materia.

El señor M. echaba mano de su erudición para asombrar a la concurrencia y, de paso, consolidar su prestigio en la comunidad.
–Gonzalo ¿qué te ha parecido? –dijo dirigiéndose a uno de los invitados– Tienes que pintar un cuadro sobre esto.
–Sí, he hecho fotos –contestó lacónicamente el pintor.

En el otro lado del jardín algo llamó la atención de la inquieta cámara del invitado: una anciana cepillaba el cabello a una niña mientras un perro sesteaba a sus pies. El señor M., atento al interés que mostraba el artista, se apresuró a informarle.
–Son mi madre y mi hija –y poéticamente embelesado concluyó– ¿No es una estampa deliciosa?



Fuente:

Catálogo El año del eclipse de Gonzalo Sicre. Ayuntamiento de Cartagena. Octubre, 1994.