La pesca en el lago Exilado
1995
Mateo Charris, Ángel
–Majestad, malas noticias. En la próxima Documenta el porcentaje de pintura bajará al seis o el siete por ciento. En el Art in America de este mes no sale ni un cuadro fotografiado: es la primera vez en la historia. Y en la liguilla de fútbol, los bricoleurs, los instaladores y los fotógrafos nos sacan más de diez puntos.
–¡Ah, bastardos! ¿Qué mierda pretenden hacer con el mundo esos descastados?
El paso de la barca rasgaba la calma del lago Exilado. El grito de un grajo se perdía entre la oscura arboleda. Los peces dormían y el rey descargaba su furia contra las pobres lombrices del cebo.
La caña de pescar silbaba en el aire en el único momento en que el monarca renunciaba a sus gruñidos y maldiciones. El lacónico asistente que lo acompañaba en sus habituales pesqueras por el lago ya estaba acostumbrado a las explosiones de ira que seguían a la narración de cualquier noticia del mundo exterior.
Desde su exilio dorado, el rey de la Pintura había jurado no volver a pisar ninguna nación civilizada hasta que la patulea de ineptos diputados y parlamentarios de pacotilla que habían derrocado la monarquía estuvieran criando cerdos en los lodazales del pantano Pompier. Siempre exculpaba a sus súbditos de tamaña tropelía –él sabía cómo lo amaban– y solo esperaba el momento en que algún acontecimiento los sacara del extraño encantamiento a que los habían sometido los políticos del reino.
Mientras tanto, la pesca de la trucha y la redacción de su Tratado de protocolo en las artes del ajedrez llenaban sus veladas eternas y aburridas.
–Dicen que va a llover esta semana santa.
–Por mí como si caen sapos. Y si es en la boca de alguno de esos calabacines mejor que mejor. ¡Qué el diablo los confunda!
Una hermosa trucha mordió el anzuelo y el humor del rey cambió repentinamente de bando. El invierno regalaba una cálida tarde fuera de temporada.
–Caramba, buena pieza, ¿eh?. Vamos al Tórculo a echar unas pintas y a taparle la boca a ese insolente de De Buril.
El Tórculo era un viejo barracón de madera que hacía las veces de gasolinera, tienda de ultramarinos, bar y taller de reparación de vehículos. Un viejo calendario pinchado en sus paredes había congelado el tiempo décadas atrás y el polvo, condensado en finas capas de historia, le daba una agradable pátina de elegancia y encanto al destartalado lugar.
De debajo de un citroën negro modelo Tiburón salió un grasiento De Buril. Con su mono azul impecablemente manchado y sus manos de trabajador, no era la imagen que se podía esperar del hijo del rey del Grabado, pero los tiempos nos deparan a menudo paradojas exquisitas.
–Qué, Majestad, vaya rodeo se ha dado usted para venir de la pescadería.
–Un kilo y medio por lo menos. Esto no lo has visto tú ni en fotografías –contestó un rey acostumbrado a la socarronería del príncipe mecánico.
–Bueno, bueno. Más de ochocientos gramos no pesa esa sardinilla.
Discutieron un buen rato sobre tamaños y hazañas pesqueras, pero a la tercera cerveza ya estaban hablando de tiempos pasados y nobleza de sangre. El alcohol daba alas a la nostalgia y enriquecía el arsenal de maldiciones.
–Tal vez nos adelantó la historia. A lo mejor tienen razón y no tenemos un sitio en el presente –polemizaba un resignado De Buril más preocupado en enfurecer al rey que en defender tesis que no compartía.
–Nosotros también somos presente. Y promesa de futuro: el buen barril del mejor roble que anuncia un vino glorioso.
El rey desgranaba como en rosario las causas de su caída, que encontraba más en los vicios de la aristocracia que en el empuje de los nuevos tiempos. Culpaba a las frívolas y atolondradas herederas de la noble baronesa Abstracta del desprestigio sembrado ante la sociedad. Tan aparentes y cabezas huecas ellas, tan poco parecidas a su abuela. Culpaba también al acartonado y ultraconservador Duque del Realismo y a todos los personajillos y usurpadores que habían convertido el linaje en moneda de cambio.
Hablaron del tiempo de la veladura y del tema, de claroscuro y de antepasados gloriosos. Se enredaron en ismos y en santos, en bebedores de absenta y anarquistas revolucionarios.
La última luz de la tarde llenó la estancia de silencio.
–¿Y qué tal andan los príncipes? ¿Son tan malos pescadores como su padre?
La mención de sus hijos sacó al rey de su ensimismamiento. Una oleada de orgullo paternal y seguridad invadió su ánimo.
–¿Sabes que el mayor es campeón de tenis de su universidad? Y en los estudios aventaja a todos esos empollones hijos de presidentes y de dictadores de tres al cuarto.
–Sí que lo sé.
–¿Y que el pequeño ha sido nombrado explorador del año? ¿Te imaginas? Él y su pequeño grupito han conseguido arrebatarle el Rabo de Castor anual a todos esos grupos de apandadores republicanos.
–¿Cómo no he de saberlo? He tenido que oírlo decenas de veces esta semana. Casi tantas como tendré que oír lo de la trucha de hoy los próximos meses.
No había nada de lo que se sintiera más orgulloso: sabía que con ellos la monarquía de la Pintura sería restaurada algún día. Los veía crecer entre los hijos del mundo y los sabía tan preparados como el que más. En ellos veía depositados todo el honor y el saber de sus antepasados en una vida por estrenar.
–A lo mejor invito a pescar el mes que viene a ese babuino de presidente. A ver si ese engreído es capaz de sacar una trucha como ésta.
–¡Majestad, se adapta usted elegantemente a los nuevos tiempos!
–De paso podría darle un empujoncito en el centro del lago. He oído que no sabe nadar –dijo picaronamente guiñando un ojo.
El rey, alzando su jarra al aire, contento y seguro, brindó con su amigo.
–¡Por el futuro!
En la serena calma del lago Exilado la desbandada de un grupo de garzas pareció aplaudir las palabras del monarca.
Fuente:
Catálogo de Charris en Sala Verónicas. Comunidad Autónoma de Murcia. Diciembre, 1995.




