Supercalifragimetafísico
1995
Mateo Charris, Ángel
-Las ideas serán verdaderas una temporada, las glosas serán aburridas, las tesis se quedarán tontas: pero las acertadas metáforas serán florecillas de los siglos, así como de desaparecidas generaciones sólo queda apenas una fíbula1.
-No está mal, pero a mí me gusta más esta: Lo importante no es lo que se come –le dijo Get-Down Lucky- sino el modo de masticarlo2.
-¿Y quien es ese Lucky?
-Uff, es una larga historia.
–Caramba, Carpanta, me pillas en una mala racha.
La cara de pena de mi amigo Carpanta era amenizada con un ruidoso concierto de tripas. Debía ser la enésima vez que intentaba algún método para echarse algo al gaznate y su ánimo andaba un tanto alicaído. Tanto que ni siquiera insistía con la tozudez que le era tan característica.
Me partía el corazón la mirada con la que observaba el hueso que arrastraba un chucho callejero.
–Carpanta, te propongo un trato. Tengo estropeado el televisor y ando sin pasta, de modo que seguirá así una temporada. Te invito a compartir mi cena, lo que haya, si a cambio me cuentas alguna historia que me entretenga un rato.
Mientras se iluminaba su gesto supe que iba a tener un convidado seguro las próximas noches. Con el fin de no extender un cheque en blanco improvisé una posible salida. –Pero no puedes contarme historias aprendidas. Si te copias o me traes una rematadamente mala: se acabó el condumio.
Sacó un palillo del bolsillo y se lo colocó tras la oreja.
–Bueno, ¿te parece bien o no?
Agarrándome del brazo se aseguró que enfilábamos, lenta pero inexorablemente, el camino a mi casa, o más bien a mi cocina. Sus tripas y él cantaban a coro:
–¡Supercalifragicojonudo!
UNA HISTORIA BLANCA
¿Qué le parecería un viaje a los helados paraísos del norte?
Leí por primera vez esta frase en el envoltorio de una bolsa de caramelos para la tos que me había recetado el doctor. Y volví a oirla algunos días después en las televisiones de un escaparate de electrodomésticos.
Una llanura blanca y enorme, una brisa mentolada y un gordísimo jersey de trenzas: un helado paraíso en el norte.
Busqué la bolsa en el cubo de la basura y rellené el cupón para participar en el concurso del viaje. La experiencia debería haberme enseñado a desechar cualquier esperanza para una ocasión como ésta, pero nunca aprendo, siempre acabo rellenando tarjetas y cartones, triangulitos de sopa y tapas de yogur que acaban en algún oscuro vertedero con nombre de apartado postal. Pero, sorprendentemente, una mañana tediosa de zapatillas y pijama remolones un telegrama me decía que había sido uno de los ganadores del concurso.
Recuerdo el avión, desde el que se veían los rompehielos dibujando con una fina y clara línea, y las nubes que sobrevolamos como en una inmensa réplica del cuadro de Georgia O’Keefe.
En realidad parecíamos estar convirtiéndonos en aceitosa materia pictórica. El anticuado avión de las líneas nórdicas parecía un deineka surcando el o’keefe, el aeropuerto un de chirico medio cocido y el taxista que me llevó al hotel un otto dix más contemporáneo. No pude quitarme esa sensación en todo el viaje. En mi pituitaria, no sé si en la de los demás, el aguarrás acaba en un aroma de eucalipto, muy parecido a los caramelos de mi gentil patrocinador.
Los días y las noches eran claros y luminosos (apenas el sol llegaba a esconder un trocito de su bola) y los habitantes de Whiteville eran tan enigmáticos e indescifrables como su idioma.
El resto de los ganadores del concurso habían decidido cambiar su viaje por otro a Cancún, así que yo debía ser el único turista en aquel remoto lugar. Paseé entre géiseres, monté en trineo e hice esculturas de hielo. Perseguí conejos blancos y fui perseguido por osos igualmente blancos, y un dia vi aparecer entre la niebla al fantasma de Malevitch en un gran cercado próximo al lago.
Allí todo parece borrado, como en una inmensa viñeta por empezar, sin memoria ni entorno, sin sótanos ni áticos.
Lástima que el premio no incluía pensión completa así que tuve que matar a una enorme morsa que fui comiendo poco a poco. El frío conserva muy bien los alimentos y una simpática cocinera lapona se encargaba de guisarme los filetes cuando el maitre del hotel andaba viendo partidos de hockey.
-¡Estupendo, Carpanta! Esta historia bien vale un salmonete congelado. Pero, por cierto, no salgo de mi asombro. ¿Cómo conoces tú tantos nombres de pintores?
–Anda, yo fui restaurador una temporada.
–¿Además de maquinista, escalador, socorrista, sacristán…?
–Y electricista. Y astronauta.
–¿Astronauta?
–Si, pero esa es otra historia que merece por lo menos un asado de cordero. Mientras tanto vamos a buscarle la raspa a esta sardina.
El olor a pescado trajo de los tejados a Silvestre, mi gato, que miraba escéptico dudando que aquel tragaldabas fuese a dejar algo aprovechable para mover el bigote
–Esta profesión de perito en ayunas es una birria. Cuando mejor lo haces, más hambre pasas3.
–Pues esta noche sólo hay un huevo duro para cenar.
–Bueno, te contaré una historia de medio huevo.
UNA REVOLUCION POR MINUTO
Tengo un glóbulo rojo al que le gusta mucho la gimnasia rítmica. Suele deslizarse entre sus vecinos con un elegante vaivén y un giro que, cuando alcanza su mayor rapidez, dura sesenta y dos segundos. Exactamente.
Los demás lo ignoran e incluso se ríen de él, pero el glóbulo sigue entrenándose pues su máxima ilusión sería la de dar una revolución por minuto.
Carpanta empezó pronto a practicar una treta para conseguir comer más que yo. Sacaba el tema del arte y empezaba a tirarme de la lengua. Dicen que el hambre agudiza el ingenio y él pasaba muchísima. Cuando menos lo esperaba ya estaba yo soltando monólogos y él dando buena cuenta de la ensalada.
–Si una mancha roja sobre un fondo gris es un coche viejo en una playa de arena negra ¿deja de ser una mancha? Y si en una habitación con el suelo de cemento extendemos una pala de pimentón ¿empieza a ser algo más trascendente que una viñeta de tebeo? Y si al pimentón lo llamamos Bosnia y al suelo Europa ¿subimos por ello un escalón en el nivel de altura intelectual? Y si el coche se pone en marcha y deja la playa vacía ¿conseguirá interesarnos lo suficiente como para desear saber lo que va a ocurrir después?
–Pues eso digo yo.
–Carpanta, no me estás escuchando y encima no me has dejado ni una rodaja de sandía. Ya puedes empezar a largar y además hoy pones tú el café.
SUPERCALIFRAGIMETAFISICO
Cuando quise darme cuenta, ya se me habían pegado varios cientos de palabras a la suela de los zapatos. Una enorme A con acento se agarraba obstinada ocupándome media cara. Como pude me desembaracé de unos cuantos conceptos que se aferraban a mis tobillos ¡Qué pesados! Hacía un calor de mil y un demonios: un sol del que le gusta a Induráin en las escaladas. Las palabras parecían estar hechas de plástico, de skay, de fibra, de tejidos sudorosos, de resina y miel, de barniz. Cuando me cansaba de espantar letras y signos de puntuación, hacía una parada estoica y resignada y veía llegar a la marabunta: por detrás y por delante. Algunos párrafos y frases venían juntos en una insoportable actitud gregaria.
Avancé trabajosamente hasta un lago cercano. Me zambullí en sus aguas y en ellas las palabras parecieron diluirse; al menos se despegaban y se iban al fondo, a un lodo de bocadillos de tebeo y tipografías difuntas. Haciendo el muerto en aquel mar tibio me sentí más vivo que nunca, más niño. El sol anaranjaba mis párpados cerrados y secaba las gotas sobre mi piel.
Corrí a tenderme en la arena, libre de tanta palabrería irritante y cansina. Boca abajo, emparedado entre el cielo y la tierra, creí ser feliz.
Justo hasta que entreabrí un ojillo adormilado y enfoqué correctamente los minúsculos granitos de arena: eran miles, millones de pequeñas letras en un cuerpo muy pequeño. Apenas hormiguillas letradas que correteaban juntándose y formando palabras, frases y conceptos, unos huecos, otros graciosos, la mayoría innecesarios.
Decidí cerrar el ojo y no abandonarme a la paranoia. A fin de cuentas el dia era espléndido y las nubecillas benévolas. ¡Que raro es todo!– pensé, y las letras de este pensamiento, manifiestamente contentas, fueron a unirse a la multitudinaria orgía de palabras que bullía bajo mi cuerpo.
-Hoy he dormido en un banco junto al Círculo de Bellas Artes. Había unas revistas muy grandes y calentitas y he aprendido un montón de nombres. Esta historia te va a gustar, es de las tuyas.
UN ARTISTA AUTISTA
De entre la enmarañada pila de apuntes, fotocopias y libros consiguió unas cuantas citas con las que sazonar su proyecto. Derrida con Lacan, Benjamin con una gota de Lichtenbergh, un eructo de Beuys con una vaselina de Oliva. ¡Caramba, qué brillante podía llegar a ser! ¡Qué imprescindible!
Henchido de gozo y satisfacción disfrutaba su gloria cuando un individuo lo aturdió. Con pajarita y camisa blanca le ofrecía una taza con una bolsita en una brillante bandeja. A su alrededor, grupos de personas se hablaban en un lenguaje ininteligible para él. Miró el techo, donde unas aspas ahuyentaban el calor de la sala; miró al suelo, salpicado de papelitos y colillas.
¿De dónde demonios han salido todos? ¿Qué quieren? ¿De qué hablan?
Recordó una cita de Nietzsche que podía sacarlo un poco de dudas.
Ante la indiferencia del cliente, el camarero apartó un poco los papeles y dejó el té en un rinconcito de la mesa.
–¿Ya está? ¿Eso es todo?
–Creía que era lo suficientemente aburrida como para que te pareciera culta e interesante.
–Muchas gracias. Tu cena para hoy será un canapé de criadillas de estornino con mahonesa a la leche de llama.
–No sea tonto. Si en realidad cuando el pedantillo reacciona y va a echar azúcar al té, del azucarero sale un alienígena de diecisiete metros con la cara de Nieves Herrero4 y lo engulle de un bocado, yendo a parar a su asqueroso aparato digestivo donde se encuentra a todos sus maestros citados.
–Eso está mejor. Aquí tienes tus morcillas.
...
–Los caracoles todavía no están. Si quieres ponte a leer algo que tengo que bajar un momento a la tienda.
Carpanta resistía como podía la tentación de abalanzarse sobre el frigorífico y empezar a devorar cualquier cosa comestible, pero un amigo es un amigo, así que se contentó con encender una de sus colillas y empezar a hacer aros de cebolla de humo, hamburguesas, patatas, besugos en el aire…
Cogió una revista y empezó a leer por donde estaba marcado: Temas metamágicos. ¡Qué cosas lee este tío!– pensó cariñosamente.
“La fabricación inconsciente de variaciones subjuntivas de un tema es algo que prosigue noche y día en cada uno de nosotros, por lo común sin que tengamos de ello noticia alguna. Es una de esas cosas que, lo mismo que el aire, la gravedad o la tridimensionalidad, tienden a eludir nuestra percepción, estando como están nuestras vidas tejidas con ellas.
(…) Para concretar este punto, permítaseme contrastar un ejemplo de deslizamiento deliberado con otro no deliberado y no accidental. Imagina que una tarde de verano Sara Adoracubos y usted acaban de entrar en una cafetería increíblemente abarrotada.
A partir de ahí prosiga usted; fabrique unas cuantas variaciones de la escena, con toda la libertad que desee. ¿Que clase de cosas ocurren cuando deliberadamente desliza usted la escena hacia variantes de sí misma?
A casi todo el mundo se le ocurrirían variantes bastante obvias, construidas por deslizamiento a lo largo de lo que podríamos llamar ejes naturales de corrimiento. Ejemplos típicos son:
Pudo haber sido una tarde de invierno, y no de verano.
Pudo haber ido usted con Adán Odiaesferas en lugar de Sara Adoracubos.
Pudieron ustedes haber ido a un restaurante en lugar de a una cafetería.
La cafetería pudiera estar vacía…5”
Carpanta entró en la cafetería donde Sara echaba a su café un cubito tras otro de consomé Maggi.
–Puagg, eso debe estar asqueroso– y pidió un par de rollos.
–¿Cómo lo sabe si nunca lo ha probado? –le respondió Sara echándose un cubito de hielo en el escote.
Un estruendo derribó la puerta del bar y un tipo armado hasta los dientes amenazó a Carpanta.
–He oído por ahí que tenemos a un tipejo al que le gustan las esferas – y con una ráfaga de ametralladora destrozó los rollos.
–¡Vamos, corra, por aquí! Ese Adán Odiaesferas no se anda con chiquitas.
El camarero lo llevó a la puerta trasera donde lo esperaba un carro que, para desesperación de Carpanta, era arrastrado por un tiro de caracoles…
–Eh, vamos, despierta. La cena ya está lista.
POSTERIDAD EN EL MICROONDAS
–¿Se sabe algo de cuando va a acabar esta feria?
–Yo creo que esta tarde ya habrá noticias.
Los bedeles de la sala de reuniones del Olimpo llevaban un semana de lo más ajetreada. Desde que se supo que la fecha para decidir el curso del arte estaba próxima habían tenido que atender cientos de llamadas, telegramas y visitas.
Tenían orden expresa de no dejar entrar a nadie al edificio donde el destino, la Fama, la Historia y el Olvido estaban trazando las líneas por donde iba a transcurrir la historia oficial. Los editores de enciclopedias y libros de texto habían destacado a sus mejores corresponsales para ser los primeros en reflejar los nuevos cambios y tendencias.
–Algunos ya se ponen pesaditos. Hay un comisario de exposiciones que ya ha llamado ciento treinta veces.
–¡Pues anda que las fundaciones y los museos!
–O si no el embajador alemán: ha mandado una carta de “sugerencias”, según él, que ocupa quinientos folios.
–Y el americano, que viene escoltado por marines y se cree que está en las Naciones Unidas.
Las presiones llovían de todos lados: de los críticos, los coleccionistas, los galeristas, las corporaciones…
–Hasta han venido unos colombianos de no sé qué cártel ofreciendo dinero o balazos para que salga su candidato.
–¿Y tú qué les has dicho?
–Que aquí arriba las balas por un oído nos entran y por otro nos salen.
–¡Ja! Nunca mejor dicho.
Un timbrazo los avisó de que entraran al salón. Las decisiones ya habían sido tomadas. Unos artistas y movimientos obtendrían el reconocimiento general y otros serían olvidados para siempre, o al menos hasta que en alguna posterior reunión el Olvido cambiara de parecer. Todo estaba en un comunicado al que se iba a dar lectura en la sala de prensa.
Los fotógrafos y los historiadores se arremolinaban para ocupar un buen puesto. Los ordenadores personales y los taquígrafos esperaban la orden de salida.
–Bueno ¿y qué?
–¿Que cómo acaba? Ahora viene el postre. Los principios son los principios y un trato es un trato.
–Y no hay final si no hay principio: es decir, arroz con leche.
–Eso es.
CUENTOS JEROGLÍFICOS
Había antiguamente un rey que tenía tres hijas, o mejor dicho, que habría tenido tres hijas si hubiese tenido una más, pues la primera de ellas, de un modo u otro, no había llegado a nacer nunca.
Era, sin embargo, muy hermosa, tenía mucho ingenio y hablaba el francés a la perfección, como afirman todos los autores de esta época, aunque alguno insista en que nunca existió. Lo que sí era cierto es que las otras dos princesas distaban mucho de ser bellezas. La segunda, en efecto, hablaba con un fuerte acento de Yorkshire, y la más joven, tenía una pésima dentadura y una sola pierna, lo que hacía que bailase muy mal6.
–Un momento, un momento. Eso es del libro que está en mi mesilla, el de Walpole. Esto es trampa.
–Maldición, me han pillado. ¡Vaya una suerte la mía!
–Te dije que no te podías copiar.
–Lo sé, lo sé. Pero es que estaba en blanco. ¡Maldición y requetemaldición!
Había llegado a acostumbrarme a las historias de Carpanta. Hacía ya días que me habían arreglado la tele y, aunque comía como una lima nueva, no podía dejar que sus tripas fueran por ahí despertando al vecindario.
–Está bien. Pero que sea la última vez.
–Ni última vez ni nada. Soy un estúpido y una palabra es para siempre. Me voy corriendo a buscar algo antes de que pasen los basureros.
Todas mis insistencias fueron en vano. Desde ese día Carpanta seguía viniendo por casa pero se iba en cuanto llegaba la hora de cenar. Paseaba su hambruna por la ciudad y seguía viviendo debajo del puente. Decía que estaba pensando en irse de vacaciones con Hambrientos Sin Fronteras a Somalia o a Uzbekistán.
Siempre he pensado que Carpanta me contó aquella historia del libro para que lo pillara y acabara así nuestro pacto. Y no porque no le gustara mi forma de cocinar (puedo dar fe) sino porque, en lo suyo, es un gran artista y, como dice Lee Marvin, el hogar y las zapatillas son el peor enemigo de un artista.
1 Ramón Gómez de la Serna.
2 En Gente Nocturna de Barry Gifford.
3 Algunas expresiones de Carpanta están tomadas del personaje de tebeo creado por Escobar en 1945.
4 Presentadora de televisión popular en los años noventa.
5 Investigación y Ciencia. Nº 75. Dic. 1982. Temas metamágicos por Douglas R. Hofstadter.
6 Cuentos Jeroglíficos de Horace Walpol
Fuente:
Catálogo Supercalifragimetafísico de Charris. Galería My Name’s Lolita Art. Valencia, 1995.




