300 exploradores
1996
Mateo Charris, Ángel
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300juego
En realidad, todo esto es inútil. Lo que más importa es vivir, vivir con el corazón y la imaginación, inventar, saber, jugar. El arte es un juego. Y peor para el que quiera convertirlo en un deber.
Max Jacob
Un pequeño pueblo de caníbales, perdido en el centro de una inexpugnable selva, decide tomar medidas ante la escasez de carne blanca que llevarse a la boca. El consejo de la tribu decide enviar a unos cuantos emisarios al punto de civilización más cercano para que corran la voz de que el pequeño pueblo esconde las claves para encontrar el tesoro más buscado de la antigüedad: el cetro del rey Picasso.
Los modernos medios de comunicación difunden la noticia por todo el mundo y la buena nueva atrae a científicos, soñadores ybuscavidas de todas partes. No en vano el tesoro del rey Picasso garantizaría la riqueza, la gloria y el reconocimiento general a aquel que lo descubriese, y lo haría pasar inmediatamente a la nómina de los hombres geniales de la historia.
Trescientos exploradores se dan cita en Dakar1, el puerto fluvial antesala de la selva. Los escasos emisarios de la tribu se reparten a los expedicionarios que habrán de hacer frente a las epidemias, las fieras, los obstáculos naturales y todo tipo de peligros, sin saber que su única recompensa será el ser invitado de honor en una merienda de negros.
El juego consiste en conseguir sortear las adversidades y llegar el primero a la plaza del poblado con, al menos, un explorador para la olla. El que lo consiga será nombrado Comisario oficial de la Bienal de Arte Selvático y crítico oficial de la tribu; además tendrá derecho a comerse los lóbulos de las orejas y la palma de las manos del explorador, la parte más exquisita.
Usted es desde ahora un caníbal. Hágase cargo de su grupo de confiados y ambiciosos viajeros y sortee los peligros de la jungla que tan bien conoce. Los espíritus están de su lado: el oráculo presagia un tremendo cocido rebosando la nueva vajilla de salacots.
Mucha suerte y buen apetito.
INSTRUCCIONES DEL JUEGO
Pueden jugar varios jugadores. Los 300 exploradores deberán repartirse entre los caníbales que vayan a jugar (Ej.: 3 jugadores, 100 exploradores cada uno). Se utiliza un dado y fichas de colores (pueden sustituirse por legumbres, conguitos, etc.) Es conveniente que cada jugador tenga un lápiz y un papel para ir haciendo las cuentas de las bajas en la expedición.
Si un jugador llega a una esquina, adelantará hasta la siguiente y podrá tirar de nuevo (de esquina a esquina y tiro porque me sobra la quinina).
Con un 6 volverá a tirar de nuevo.
Si salta a la casilla ocupada por otro caníbal, éste deberá retrasarse 10 casillas y él adelantar otras 10. El adelantado no podrá beneficiarse en caso de caer en una de las casillas buenas, pero sí deberá sufrir las penalizaciones de las casillas que incluyen algún castigo.
CASILLAS
13. La suerte es parte fundamental en este tipo de expediciones. La tuya de momento no es muy buena, pero ya sabes que esto es una carrera de fondo. Pierdes 13 exploradores.
28. Un grupo de jóvenes exploradores intentan subir en marcha al primer tren que pasa, con tan mala fortuna que resbalan estrepitosamente. Pierdes 10 exploradores.
35. El gran hechicero-comisario del poblado que atraviesas ha seleccionado a tu grupo para estrenar el nuevo atajo interselvático. Adelantas a la casilla 82.
45. Un pequeño grupo de exploradores alemanes encuentran unas columnas a las que se suben para convertirse en herméticos y eremitas. Pierdes 6 exploradores.
50. Los rápidos del río te arrastran, por un afluente cercano, hasta el delta del Boccioni. Tienes que torcer por el desvío.
62 El desfiladero de la Garganta del Mal Galerista se cobra un puñado de víctimas. Pierdes 15 exploradores.
76. Una familia de cocodrilos Criticus Artisticus despedaza sin piedad a unos indefensos bañistas. Pierdes 7 exploradores.
82. Los atajos tienen dos sentidos. Las prisas te traicionan y vuelves a la casilla 35.
85-87. Estás atravesando un puente de lianas. Sólo puedes salir de estas casillas con un 1 o un 2.
89. Los extraños efectos del cambio climático llegan a la sabana. Una ola de frío polar congela a todos tus viajeros antillanos. Pierdes 15 exploradores.
101. Un grupo de misioneros episcopalianos deciden convocar unas estupendas plazas de profesor en sus colonias (muy bien remuneradas). Los exploradores más pragmáticos deciden que más vale pájaro en mano que el volandero cetro del rey Picasso.
Pierdes 20 exploradores.
111. Un grupo de exploradores, nostálgicos de su ajetreada vida social, se deciden a montar un party en plena selva. El olor a Armani atrae a un enjambre de abejas asesinas. Pierdes la cuarta parte de los exploradores que te queden.
119. Un grupo de viajeros desaparecidos en anteriores expediciones sobreviven como pueden en la cueva del Camino Solitario. Deciden incorporarse a la búsqueda del cetro. Ganas 10 exploradores.
127. Un extraño virus tropical hace enloquecer a un explorador que, tras cortarse una oreja, de buena cuenta de algunos de sus camaradas. Pierdes 5 exploradores.
130. Esa pequeña grieta en la montaña te lleva a la casilla 147.
147. Caramba, esa gruta no fue una buena ruta. Vuelves a la 130.
150. Tus exploradores no te hacen caso y se adentran en un pantano de aguas movedizas. Los pierdes a todos y tienes que volver a empezar, pero con el mismo número de exploradores que han ido cayendo a lo largo del juego (300 menos la suma de los exploradores que tengan los demás).
155. La fiesta organizada para festejar un triunfo que ya se acaricia tiene malas consecuencias. Te pasas con el ron y, no sabes cómo, apareces en la casilla 100.
157. ¡Lo conseguiste!
FIESTA EN DAKAR
La calle pasa con olor a desierto, entre un friso de
negros sentados sobre el cordón de la vereda.
Frente al Palacio de la Gobernación:
¡Calor!¡Calor!
Europeos que usan una escupidera en la cabeza
Negros estilizados con ademanes de sultán.
El candombe le bate las ubres a las mujeres para
que al pasar, el ministro les ordene una taza de
¡Plantas callicidas!¡Negras vestidas de papagayo, con
sus crías en uno de los pliegues de la falda. Palmeras,
que de noche se estiran para sacarle a las estrellas el
polvo que se les ha entrado en la pupila.
¡Habrá cohetes!¡Cañonazos! Un nuevo impuesto a
los nativos. Discursos en cuatro mil lenguas oscuras.
Y de noche:
¡ILUMINACIÓN!
a cargo de las constelaciones.
Oliverio Girondo
Este poema, abandonado en una caja de puros vacía a dos días de Dakar1, es uno de los escasos rastros que nos quedan para intentar reconstruir la expedición que llevó a un grupo de visionarios a la búsqueda del cetro del rey Picasso.
La selva se tragó, en una calurosa jornada africana, las ambiciones, esperanzas y todos los pájaros que revoloteaban en las cabezas de los trescientos exploradores ávidos de gloria.
Nada se sabe de ellos desde el día que comenzaron la travesía con una gran fiesta que los medios de comunicación se encargaron de difundir por todo el orbe.
Después: la nada.
Pasó la estación seca y llegaron las lluvias y ni helicópteros, ni avionetas, ni sistemas de localización por satélite, sirvieron para descerrajar las especiales condiciones naturales y climáticas de la selva que ha sido llamada el agujero negro de África.
Las expediciones, que durante años sucesivos intentaron descifrar las claves del misterioso extravío colectivo, tuvieron escasa fortuna en la búsqueda de hallazgos esclarecedores y, algunas de ellas, corrieron la misma suerte que el objeto de sus pesquisas, perdiéndose en la leyenda y la mitología popular.
El vientre de un extraño cocodrilo, arrastrado hasta las aguas del delta –muy lejos de su entorno natural– escupió un rolex de oro sin agujas, que alguien atribuyó a uno de los buscadores del botín picassiano.
Otro año, unos antropólogos en misión de la Unesco, recogieron en sus grabadoras una curiosa melodía que alguien tuvo que enseñar a los habitantes de aquel poblado desconocido. Alguno de aquellos exploradores tuvo que ser el que le transmitió la cancioncilla que cantaban en las noches de luna nueva, y que decía
Carabalí, no hay un corazón
que llegue junto a ti
Carabalí, no te alegra el bongó...
El cielo enmarañado de la jungla guarda los sueños de algunos hombres, nuevos soldados al servicio del rey Picasso. Cada época tiene su El Dorado y su Xanadú y, cada cierto tiempo, siempre aparece algún nativo que, en un extraño dialecto, vuelve a hablar de un cetro y de un tesoro en la selva, y a su llamada se arremolinan los deseos de hombres de todo el mundo, para los que no parece contar demasiado la extraña suerte que corrió la gran expedición de los trescientos exploradores.
1 No confundir con la capital de Senegal.
Fuente:
Catálogo 300 exploradores de Charris. Galería Sen, Madrid. Abril, 1996




