Coco
1996
Mateo Charris, Ángel
Santa Juana son unas cuantas calles y un buen puñado de casas, una población de pescadores, comerciantes, piratas en paro, viudas y obreros, unos castillos abandonados y una orilla que ha visto llegar a navegantes de toda ralea, desde fenicios a berberiscos, de garibaldistas en retirada hasta apóstoles extraviados. Santa Juana es un verano radiante y también unas tardes de otoño mortecinas, de nubes secas y polvorientas: un volcán dormido y una queja jonda. En ella se refugian los supervivientes de los antiguos oficios: el afilador, el del arrope, el cristalero, el del carro de la luna, el filósofo, el borracho… A ella llegan los estorninos en otoño y las golondrinas en primavera, aunque cada año encuentran menos aleros donde anidar y más razones para no volver.
El pueblo tiene su inevitable calle principal, la arteria que rige la vida provinciana, por donde pasan las procesiones y los entierros, los sueños y los fracasos. La misma calle por la que pasa Florentina Cuesta cada tarde de vuelta a casa desde el trabajo, sin más novedades en su trayecto que el de alguna zanja recién abierta o un nuevo coche en la puerta de un vecino.
La primera vez que se topó con el extraño sólo fue una voz turbia a sus espaldas, un borracho de los habituales en la vieja taberna, un bulto en los escalones. Lo siguió viendo desde entonces a diario, siempre hablando en su verborrea inacabable. Aprovechaba el cristal de la pajarería al pasar, justo enfrente del bar, para ir formando en el reflejo los rasgos del individuo, por la mera curiosidad hacia lo que rompe la rutina.
Pero un viernes sucio y desastroso, de viento frío y alfileres de hielo, tuvo que fijarse un poco más en aquel hombre: el tropiezo con un ciclista de seis años le hizo esparcir todo el contenido del bolso por la acera. Mientras se arrodillaba recogiendo las mil y una chucherías inservibles, lanzó una mirada furtiva. La voz, que le pareció grave y melodiosa, declamaba:
–…sabe limpio y seco en la lengua, pero una vez dentro empieza a arder y ese fuego dura mucho tiempo. Y eso no es todo… si se escribe con zumo de limón en una hoja de papel, no queda rastro de la escritura; pero si se expone el papel al fuego, las letras se vuelven de un color castaño y se puede leer lo escrito. Imaginad que el licor es el fuego y que el mensaje está oculto en el alma de un hombre1; entonces se comprenderá el valor del licor
Y aquel reflejo fugaz en el espejo fue formando un rostro noble y una melena cana; una andrajosa pero noble indumentaria, un insospechado brillo acerado.
–Estos son los prodigios que ocurren cuando un hombre ha bebido este licor. Podrá sufrir, podrá consumirse de gozo; pero la verdad ha salido a la luz: ha calentado su alma y ha podido ver el mensaje que estaba oculta en ella.
Y en un silencio de cien ángeles su mirada la tocó, y era azul.
Subió las escaleras que la llevaban a su ático en un arrebato de sofocos y estrellitas. Las terrazas se desparramaban a su alrededor como un tapiz de láguena; las tejas, los palomares, los vuelos de la colada se dibujaban con más claridad que de costumbre. Allá arriba cien desconocidos y una luz roja cruzaban el mar rumbo a África.
Cada tarde, al volver del trabajo, Florentina Cuesta se entretenía contemplando los cachorros de la tienda que hay frente al Pinacho. Sabía cuando faltaba algún pájaro, y quién se había llevado cada gatico. Pero ella prefería sobre todo a los perros: jugaba tras el cristal con ellos al tiempo que imaginaba el montón de inconvenientes de vivir con una mascota, de atarse a otro ser vivo.
–Nada de seres alados, ni túnicas de raso blanco. Los ángeles son perros– y al oír esas palabras supo que eran sólo para ella. –cada humano tiene su perro de la guarda. O varios. Puede que nunca lo sepa, puede que muera sin verlos, pero ellos siempre están ahí: meando en una farola o salvando la vida a un ciego.
El alcohol trababa a veces los pensamientos del filósofo.
Un vómito repentino se le anudó en la garganta. Ella, que lo estaba observando por el cristal, se volvió para ver como fumigaba sus demonios con un nuevo trago a la botella.
–Los perros son ángeles y los gatos son demonios. Pero no nos engañemos: hay diablos buenos y ángeles malvados, como hay sueños reales y vidas de mentira.
El dueño de la pajarería salió con un cachorrito en las manos.
–Señorita, éste es el suyo.
Con negativas y frases de cortesía se desembarazó del vendedor, que había visto en el súbito interés de la mujer por su escaparate una mina de interrogantes por explotar.
En el escrupuloso desorden de su ático, la mujer retomó un cuadro que había dejado a medias. Pintó un perro, una mujer y un hombre.
La luz blanca de su estudio vigilaba el sueño de la colmena.
Cuando el bar cerró barriendo tras su puerta a los últimos noctámbulos, el borracho se acurrucó en un portal. No hacía frío y las constelaciones se dibujaban claramente: los toros bramaban y los centauros lanzaban flechas. Aquella noche soñó con mujeres, hombres y perros; no tosió, y al levantarse aún le quedaba algo de vino con el que empezar el día.
Los días empezaron a girar en torno a los breves encuentros vespertinos. El hombre se esforzaba en estar a esas alturas en un estado lamentable, mientras ella dividía sus pensamientos en horribles y maravillosos, mágicos y repugnantes, diabólicos y angelicales. Los cuadros se acumulaban en su estudio del mismo modo que las frases del alcohol lo hacían en su memoria. Intentaba descifrarlas y encontrar sentido a lo que a veces era puramente un disparate, un intento de impresionar o simplemente de cazar palabras del fondo de una cazuela de ponche. Los extravíos del destino y el orden de su universo se enzarzaban en una condenada disputa.
Mientras, las horas pasaban como bandadas de pajaritas de papel.
El pajarero, tras tardes de divagaciones ociosas, había decidido resolver la incógnita de la señorita del escaparate de la manera que más halagaba su orgullo: detectando interés no en los cachorros sino en la mano que mecía la cuna: la suya. Así que alargaba las charlas en la puerta de un modo que convenía a los intereses de Florentina.
Cuando el comerciante creyó que la fruta estaba madura, una tarde de ciudad vacía y tormenta, encontró un par de excusas para que ella entrara en la tienda.
Sólo el borracho, aterrizando de su habitual paseo por las nubes, vio como aquel tipo cerraba el pestillo de la tienda y giraba el cartel de cerrado; y como miraba a todas partes buscando en las ausencias cómplices. Sintió un trueno en su cabeza y levantándose, incomprensiblemente seguro y desafiante, avanzó hasta la puerta de la tienda y dibujó en el aire una espada con el vuelo de su botella.
Los vidrios, el coñac, los deseos, el amor, las mentiras: todo estalló en un momento, y lo único que vio, ajena a todo, Florentina fue a su caballero andante enmarcado en una puerta sin cristal, furioso e imposible, mudo de angustia.
Santa Juana tiene un puerto para piojos y una leyenda en cada calle. Cada viento tiene un nombre y nadie pregunta al forastero de donde viene ni porqué se va.
Cuando Florentina Cuesta tuvo la certeza de que no volvería a ver a aquel hombre, entró por última vez en la tienda y se compró un perro al que llamó Coco. Y en las pesadas tardes del tedio, mientras el sol recogía su caja de pinturas, aquel ángel se entretenía persiguiendo a las palomas por la azotea.
1 Carson McCullers, La balada del café triste.
Fuente:
Catálogo Vida de perros de Juana Jorquera. Ayuntamiento de Cartagena. Octubre, 1996.




