Charris
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La clave azul

1996

Mateo Charris, Ángel

La carta

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Laclaveazul

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La carta
Laclaveazul

Agustín Lara, el enorme compositor mejicano, paseaba su hastío por la cubierta del barco, como aquel pavo real que se aburría en la luz de la tarde en una de sus canciones.
Su última musa dormía la resaca de los cambiantes estados de ánimo del maestro en la alfombra del camarote.
Le agradaba, aunque hiriera su vanidad, el ser tan escasamente reconocido entre los viajeros que compartían la travesía hasta su adorada España, pero empezaba a echar de menos su piano –se negaba a acercarse al manoseado teclado de la sala de baile– y la musa perdía día a día el olor y el brillo de la pieza recién cobrada.
En su anodina ronda tropezó extrañado con un tubo de pintura al óleo, absurdo mensaje añil en la madera, y desde las alturas una voz le recordó su letra.
–Mi paisaje triste se vistió de azul. Con ese azul que tiene usted.
Desde un pequeño saliente elevado junto a una de las chimeneas, le hablaba un joven armado de paleta y pinceles.
–¿Nos conocemos?
–Usted es Agustín Lara y yo soy otro caballero español. ¿Le importaría subirme el tubo?
Si algo molestaba al músico era la insolencia, pero adoraba que lo adularan y, sobre todo, ser tratado de caballero español. Así que el pavo real subió asiéndose a la barandilla que llevaba al improvisado estudio. Apenas podía moverse entre los fardos, el caballete y los aparejos de pintura.
–Muchas gracias. Soy un gran admirador suyo.
Lara asintió complacido y se entretuvo contemplando las obras que asomaban de una caja de madera entreabierta: formatos imposibles y enigmas esbozados.
–Usted ha nacido con la pintura por dentro –y las palabras sonaron sinceras y cálidas.
En la cubierta principal, los instructores de crícket se las veían con una bandada de señoras chillonas y sobreexcitadas.
Desde aquella tarde los paseos del mejicano acababan en interminables charlas con el pintor, al que siempre encontraba en su puesto, según él aburrido de tanto insoportable petulante y tanto indiano fanfarrón que se tropezaba en las hamacas y los salones.
Hablaban de la escasez de mujeres y del celo de sus guardianes, de las tierras españolas, de hoteles y de alfombras y, tras los silenciosos desfiles de los ángeles, de la melodía que el artista silbaba continuamente.
–¿Qué canción es esa? -preguntaba intrigado Lara.
–¿El qué?
–La canción que silba todo el tiempo.
–No lo sé.
Y las notas jugueteaban en la cabeza del compositor conjurando palabras dormidas.
Ya se va la clave azul
se va el son del marabú
–El mar, como todos los colosos, tiene caprichos admirables. Deja escapar en su color una tormenta de esmeraldas y en cambio permite que el sol arrulle a las palmeras.
–Maestro, eso es un poco cursi –se atrevía a decir el pintor, al que ya le eran permitidas ciertas familiaridades.
–Soy ridículamente cursi y me encanta. Otros lo son y no se atreven a serlo.
Las gaviotas de las islas cercanas acompañaban sus risas y discusiones.
El mejicano feo y el pintor solitario habían convertido la atalaya en una partida de camaradas, en un privado sometido a las leyes de la charla ágil, el buen tequila y el respeto a la excentricidad.
A Lara, como poco, los cuadros del amigo le parecían raros, turbadores y llenos de cajas secretas, que ni las escasas explicaciones conseguían abrir, pero podía sentir la fiebre de la emoción en algunos de sus cielos y sus faros, en sus huérfanos personajes: como en un afortunado cambio de tonalidad o en un acorde desesperado.
De la forma egoísta y parcial en que un creador puede admirar a otro contemporáneo, Agustín Lara admiraba al chico. Aunque el hecho de que no fuese músico ayudaba bastante.
Las jornadas se estiraban como el asfalto de agosto, agotando las novedades y los romanticismos navieros. En la quieta calma de los estómagos revueltos se pensaba ya más en el fin del viaje que en otra cosa. El viento traía nubes gallegas y brisas afiladas.
–Si pudiera vivir algún momento de mi vida, elegiría aquel en el que el mundo entero se convirtió en una dulce mentira. Para eso siembro, ya vendrá el tiempo de cosechar estrellas.
A veces el español dejaba enredarse a don Agustín Lara en sus interminables monólogos, se abandonaba a la pintura y enseguida volvía a sus labios la melodía que obsesionaba al músico.
–Ahí está otra vez. La tonada.
–¿El qué?
–Pues ese maldito soniquete que siempre anda cuchicheando.
–¿Yo? Aquí el especialista es usted.
Y volvía a escabullirse la melodía al limbo de las canciones y las ideas, emborronada en la niebla de los tiempos pasados y futuros.
La última tarde las sillas del salón comenzaron a moverse por su cuenta, de un lado a otro, sorteando a las damas mareadas y a los camareros equilibristas. El cielo se volvió de un gris perverso y la orquestilla fue perdiendo miembros hasta que apenas un violonchelo y un oboe ponían fondo musical a una tormenta del demonio.
Agustín Lara hubiese querido encontrarse con el pintor de no haber estado buscándole las entrañas al servicio, con la ayuda de una musa con vocación de enfermera. Había notado un deje extraño en el amigo, una mirada velada, un amargo sarcasmo al trastocar sus citas:
-Si pudiera elegir un momento para mi muerte, elegiría aquel en el que el mundo entero se convirtió en una dulce mentira.
Al músico le pareció ver al chico hundiéndose entre la espiral de restos que se precipitaban por la taza hasta el fondo del negro océano. Allá afuera los truenos marcaban los compases del gran vaivén.
Al clarear el día, cuando el mar había vuelto a enseñar su cara plácida y sus buenos instintos, el compositor se puso a buscar al otro. Como nunca había llegado a saber dónde se alojaba, pidió la lista de pasajeros al encargado, pero se dio cuanta que tampoco sabía su nombre. Subió a la chimenea y no encontró ni rastro del estudio. Corrió los salones y las barras, las cubiertas y las cocinas y no lo encontró. Preguntó al capitán y a los pasajeros: todos lo habían visto pero nadie sabía quién era.
Con la audaz estrategia del polizón osado había llegado a hacerse tan presente e inevitable como el salitre y como la humedad. Y con la misma facilidad se había evaporado con los primeros rayos de sol tras la tormenta. La policía estuvo investigando cuando el barco atracó en su destino.
El maestro esperaba apoyado en la baranda mientras las sirenas de los barcos, que festejaban el día de la Virgen del Carmen, comenzaron a entrelazarse y a dibujar una melodía familiar. Nadie más parecía oírla pero el compositor agradeció el regalo al vuelo: por la hendidura de su cicatriz se deslizaba la partitura de una de sus nuevas canciones.    
Ya se va la clave azul.
Ya se va, no volverá
jamás, pero jamás la clave azul.
Los primeros pasajeros comenzaban a descender del Siboney en el puerto de Santander.

NOTA: Algunas de las frases atribuidas a Agustín Lara están recogidas del libro Agustín Lara de Paco Ignacio Taibo I, Ed. Júcar, Gijón 1985.



Fuente:

Catálogo La clave azul de Charris. Galería Siboney. Santander, 1996.