Charris
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¿Quieres hacer el favor de callarte de una vez?

1996

Mateo Charris, Ángel

Próxima estación: VILLACHATARRAS.

El metro siempre iba congestionado a esa hora. Un invidente tunecino se esforzaba en destrozar Doce cascabeles a lomos de un acordeón enrobinado, los viajeros aguantaban y sus oídos padecían.  Alguien jugueteaba con un zippo remolón.
En una esquina del vagón Juan garabateaba en una libreta mientras sus vecinos intentaban fisgar por encima de su hombro. Su pequeña cámara portátil los alejaba oportuna con su flashazo. El rotulador bailaba una polka desafinada sobre el papel de dibujo.
–Una vez en Benidorm me hicieron un retrato. Eran unos chicos que tenían unos dibujos estupendos de Linda Evans y de los vigilantes de la playa, como muestra, ya sabes. El mío no me gustó mucho. Me hacía más vieja. ¿Has estado alguna vez en Benidorm?
Parecía imposible sacarla más vieja y parecía imposible que alguna vez se hubiera estado quieta el tiempo suficiente para hacerle un retrato.

Próxima estación: RUE DEL PERCEBE.

Las puertas se abrieron y por ella entraron una pandilla de adolescentes derrochando acné y testosterona. Su alboroto le hacía más fácil el trabajo al  carterista que pretendía robar a un viejo paleto de provincias: en el interior de la cartera mugrienta sólo le esperaban las fotos de una burrita con sombrero y de Rosita Amores en todo su apogeo.
Allá en el fondo Dan Cameron escuchaba a Camarón.
–¿Así que eres pintor? Me tienes que regalar un cuadro. Es por si te haces famoso.
La bruja continuaba hablando sin parar: de su ciática y su sobrino, de los robos y peligros del presente y de televisión, sobre todo de televisión.
Juan se quedó mirándola un instante. Concentrando su interés, empezó a dibujar a  la señora.
La súbita atención del  pintor envaneció a la modelo.
–Te voy a cobrar por posar.
Unos ejecutivos japoneses probaban un nuevo jueguecillo porno en el teclado de su ordenador de maletín. La luz falló un instante y el vagón pareció por un momento un velatorio.
Cuando el pintor daba los últimos toques al dibujo la monjita de al lado se persignó. La señora insistía en su verborrea.
–Cuando era joven decían que era igualita a Kim Novak. Y mis primas no querían salir conmigo porque decían que les quitaba los novios.
La impaciencia empezaba a comérsela.
–Pero ese dibujo me lo tienes que regalar. Por si te haces famoso. ¿Tu has estado alguna vez en Benidorm?
Cuando Juan le enseñó el retrato la señora se puso verde y dejó de hablar por un rato.
Guiñando los ojos el pintor notó que algo faltaba en el dibujo y añadió un par de marcianos en el súper. Parecía estar medianamente satisfecho así que guardó el cuaderno y desempolvó la cámara.
Un grupo de centroafricanos  que comentaban el partido de sus selecciones rodearon a Kim Novak. 

Próxima estación: CARTAGENA.

Un pescador con sus útiles le hablaba a un perrito blanco y negro con pañuelo. Juan le hizo una instantánea y el perro comenzó a hacer piruetas. Un senegalés sacó un hueso de plástico de su bolsa y se puso a jugar con él. Los fogonazos del flash detenían el tiempo y en la cabeza del pintor los cuadros iban y venían sin saber muy bien cual podría atrapar y cual no. La congelada voz femenina anunció la estación y los actores se bajaron de la escena.
–Yo no sé cómo dejan subir a animales y a cierta gente, lo mismo da,  en el Metro. Es insalubre. Y no es que yo tenga nada contra los animales, ni contra los negros o los gitanos…
El metro había subido a la superficie y pasábamos por un trayecto de bloques de viviendas setentones y parques post-democráticos. Los aparcamientos del hipermercado servían de improvisado estadio de petanca a los jubilados.
–…O si no a los drogadictos. A esos sí que había que meterlos a todos en un barco.
A esas alturas mi habitual prudencia se soltó definitivamente la faja: No podía soportarla más. El bueno del vasco también se encendía por momentos.
–Píntala otra vez, Juan. Y dile que se calle de una vez.
La monjita pareció asentir desde su hábito. Dos faxes muy trajeados comentaban su viaje a Port Aventura. Muy sutilmente, un libro de filosofía le tiraba los trastos a una novelita rosa.



Fuente:

Catálogo ¿Quieres hacer el favor de callarte de una vez? De Juan Ugalde. Ayuntamiento de Cartagena. Enero, 1996.