Charris
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Un raro veneno

1996

Mateo Charris, Ángel

El surrealismo es un raro veneno.
Salvador Dalí

Sucede siempre de noche, en la calma que sigue al estruendoso concierto de la banda de basureros, cuando las estrellas más parpadean y el estudio duerme su resaca de aguarrás.
Es entonces cuando aparecen –sus voces primero y sus impertinentes modales después– los simpáticos camorristas, los tristes y lunares, los maniáticos y adorables artistas del pasado.
Dejó de extrañarme el ver convertido mi lugar de trabajo en la excéntrica caverna platónica, en la jaula de grillos que muchas veces parece, el día que pude conjurar mi miedo con el estúpido chiste que un Picabia especialmente inspirado soltó de improviso. Ya no lo recuerdo, pero nos partimos de risa: ellos y yo, las familiares presencias y el artista impresionable. Aquella noche estaban también De Chirico, Miró, un japonés del que no recuerdo el nombre, Rockwell Kent y un servidor.
Desde aquel día, casi siempre estoy acompañado. Del país de las sombras vienen a verme los príncipes y los paletas, los héroes de las enciclopedias y los anónimos artesanos de la historia, y de todos aprendo los enigmas y los trucos, los juegos de manos y las concienzudas autopsias del alma.
La lluvia, escasa y siempre sorprendente en esta república, empezaba a despertar a los gatos remolones. Subía un olor a tierra mojada y a zotal redivivo.
Dejé el balcón abierto para que el canto del agua acompañara a los chelos chaplinianos.
–Caramba, chico. Ese cielo es igualito a uno que fotografié en Hungría en el cuarenta y siete.
Ruidosos y envueltos en una nube de tabaco se colaban los pintorescos miembros del Club del Bourbon. Así era como yo llamaba a los fotógrafos de los viajes y la aventura, de entre los que sobresalían los fanfarrones del National Geographic.
–¿Con esas nubes? Calla, calla, si tu no has sacado un cielo sin quemar en tu vida.
–Ya. Y por eso gané el Pulitzer en el cincuenta y nueve.
–Por una foto de un mandril borracho.
–No, por la de tu padre subiéndose a un árbol.
Llegan en pandilla, siempre dándome consejos de luces y sombras, de cascadas encabritadas y desiertos infernales. Desgranan sus batallitas entre ríos de Four Roses y Jack Daniels, y siempre tienen una frase aguda y una cita picante con la que distraerme mientras pinto.
No sé como se enteran, pero el día que vienen los fotógrafos siempre se dejan caer los del otro Club, el de la Absenta: ilustradores y grabadores decimonónicos, igual de viajeros y resistentes, románticos y con un lenguaje deliciosamente pasado de moda.
–Sus tribulaciones son cuentos de damisela. Tenían que haber estado en la fiebre del oro de California.
–Oye, tú, fray-buriles, que yo estuve en la de Klondike, a sesenta grados bajo cero.
–Oh, ya veo. Y debió cansársele mucho el dedo disparando su maquinillo de daguerrotipos.
–A ver si se me dispara este puño a tu jeta.
Pero todas sus disputas acaban en nada. Después, cuando los licores empiezan a actuar como embajadores de la tremenda amistad de–toda–la–vida, todos acaban entonando el himno que comparten:
Oigo el tambor del África
y la cascada en el Iguazú,
gritos de lobos hambrientos
y tigres sin amaestrar.
Siento el ardor del sol en el Sahara
y la fina lluvia de la estepa siberiana.
Masco tabaco en Colombia
y bebo Tecate en Cancún.
Y en las noches claras de plenilunio,
siento el batir de mosquitos tras el tisú.
Y poco a poco el estudio se va vaciando de presencias.

Siempre queda algún rezagado destilando alguna lágrima furtiva en la hora de los cuentos tristes y las esperanzas defraudadas. Algunas de esas historias y de esas fotos arrugadas en un rincón de sus carteras, son las que yo guardo con especial cariño. A veces las veo posarse en algunos de mis cuadros y entonces no tengo más remedio que tomarme un chupito de absenta con bourbon –tremenda porquería– a la salud de la rumba, del mambo y del cha cha cha.
Las noches de luna llena son especialmente conflictivas, sobre todo si he estado pintando todo el día y el aire es fresco, como de nalga de bruja y losa de cementerio.
Llega primero Dalí, y luego suelen venir Tanguy, Calder, Magritte, Buñuel y García Lorca, Apollinaire… enemigos que la leyenda hace irreconciliables, amistades imposibles como Groucho Marx y Caspar David Friedrich.
Van y vienen por mi estudio, del sofá al frigorífico y de los libros al compacto. En buena compaña charlan y discuten, y se empeñan en retocarme esta o aquella parte del cuadro.
Todo va bien hasta que llega André Breton del brazo de la reina de corazones. Se hartan de excomulgar y de hacer rodar cabezas, y la gente empieza a aburrirse.
–Giorgio de Chirico: que le corten la cabeza.
Algunos empiezan a cuchichearme despedidas de compromiso y atraviesan las paredes más aprisa que el correcaminos.
–Salvador Dalí: que le corten la cabeza.
Y en un momento queda sólo la extraña pareja, sin sospechoso al que condenar ni público que los soporte.
Después de pedir mi cabeza los veo alejarse hacia algún otro estudio menos permisivo.
A veces encuentro una oreja en la paleta y ya sé que al rato vendrá Van Gogh a recogerla. Creo que lo hace a propósito para que no me sienta tan solo. Entonces me regala uno de sus interminables monólogos salpicados de diamantes.
Por el hecho de que durante mucho tiempo he trabajado aisladamente, me imagino que, si quisiera y pudiera aprender algo de los otros y hasta recibir préstamos de su técnica, continuaría siempre mirando con mis propios ojos y teniendo mi propia manera de concebir.
Que probaría a aprender algo, nada más cierto1
Me impuse normas luminosas y firmes como un cerco de espadas. Azoté sobre el alma desnuda y sangrienta con cíngulo de hierro. Maté la vanidad y exalté el orgullo. Cuando en mí se removieron las larvas del desaliento y casi me envenenó una desesperación mezquina, supe castigarme como pudiera hacerlo un santo monje tentado del Demonio.
Salí triunfante del antro de las víboras y de los leones.
Amé la soledad y, como los pájaros, canté sólo para mí.
El antiguo dolor de que ninguno me escuchaba se hizo contento. Pensé que estando solo podía ser mi voz más armoniosa, y fui a un tiempo árbol antiguo, y rama verde, y pájaro cantor.
Si hubo alguna vez oídos que me escucharon, yo no lo supe jamás. Fue la primera de mis Normas2.
Las palabras de Valle-Inclán nos sumieron en un desconcertado silencio. Quien más y quien menos, amábamos la soledad. Pero el claxon de Harpo nos trajo de vuelta al mundo.
Empeñados en recitar sus textos en idioma original, los poetas acostumbran a hablarse en lenguas desconocidas para mí, convirtiendo la tranquilidad de mi estudio en una confusa torre de Babel. Las palabras trenzándose producen una musiquilla arrulladora, a veces me parece escuchar unos versos con ritmo de bolero:
Soy un torrente fiero.
Soy, hoy, un tren en marcha,
un viento fuerte,
brazo de mar,
tornado.
Soy una máquina
de dispar metáforas,
pequeños globos,
ideas.
Soy un pirata
entrando a saco,
rescatando el cofre
que por ley me pertenece:
mi fiel tesoro,
mis obras.

–Sucede siempre de noche, en la calma que sucede al estruendoso concierto de la banda de basureros.
El médico me escrutaba desde un enorme sillón enmarcado por caobas y orlas, títulos ininteligibles y trofeos de tenis.
–Está bastante claro. Y ha hecho usted bien en venir a tiempo. Cuando se empieza a soñar poemas, el daño puede llegar a ser irreversible.
Había decidido acudir al médico ante la insistencia de los amigos de confianza a los que había contado lo de las visitas. Hasta el más esotérico había decidido que aquello no era normal, así que me recomendaron a un doctor que luego me mandó a otro, y éste me mandó a un tercero.
Me daba un tremendo pudor ir contando las confidencias que me habían hecho las habituales presencias nocturnas, sin contar con el complejo de bicho raro que me entraba al ver la cara de los especialistas.
–No se preocupe usted, lo suyo es un clarísimo caso de fiebre del óleo.
–¿Fiebre del óleo?
–Efectivamente. Suele afectar a personas que, como usted, están sometidas durante largos periodos de tiempo a las emanaciones de esencia de trementina, de cadmio, plomo y demás guarrerías con las que ustedes trabajan.
–¿Fiebre del óleo? –repetí incrédulo.
–Olvídese de pintar durante una temporada, márchese al campo o a la playa, al Caribe si hace falta, y dentro de unos meses, cuando vuelva a pintar, procure airear suficientemente su lugar de trabajo. Porque imagino que será inútil pedirle que abandone la pintura, la pintura al óleo al menos.
–Totalmente inútil.
Mientras el médico extendía una serie de recetas de complejos vitamínicos supermineralizados, ya empezaba a echar de menos las apariciones. Sólo por decir algo se me escapó un pensamiento:
–La pintura es un raro veneno.
–Y si no que se lo digan a Fortuny, que murió a consecuencia de su costumbre de chupar el pincel que empapaba con una acuarela altamente tóxica.
Recordé que una de aquellas noches de la vigilia gloriosa, Fortuny me había contado que esa leyenda era una estupidez y que había muerto de algo totalmente diferente y que no viene al caso.
Recogí el sobre de las recetas y, después de pagar la abultada cuenta del matasanos, la tiré a la primera papelera con la que me topé. Tras sopesar los peligros y los temores, las feroces competencias y las temperaturas extremas, el peligro del fracaso y los riesgos del intento, decidí que bien valía la pena pasar tantas penalidades si al final del camino se me ofrecía la promesa de una hermosa y deslumbrante pepita de óleo.

  

1: Vincent van Gogh, Cartas a Theo.

2: Valle-Inclán, La lámpara maravillosa.



Fuente:

Catálogo La fiebre del óleo de Charris. Caja Rural de Huesca. Zaragoza, 1996.