Así les pilló el siglo
1997
Mateo Charris, Ángel
Era diciembre y el frío cristalizaba en una incoherente procesión de gotas en las ventanas. O a lo mejor era verano y las golondrinas buscaban sus antiguos nidos bajo las persianas recién instaladas.
Aquella noche el Atlético de Madrid ganó su última liga. ¿O fue aquel otro día en que una bomba acertó en la diana de un supermercado en Sarajevo –de lo que dio buena cuenta el telediario de los noctámbulos, ensangrentando una noche de estrellas parlanchinas y cielo serenísimo?
Ya de madrugada, el estudio de Dora Catarineu era un plácido campo de batalla, un Belchite de óleos y papeles, un cuadrilátero silencioso abarrotado de brochas y cubos exhaustos. La asistenta le había aconsejado proteger con algunas hojas el maltrecho suelo del estudio, y la pintora había esparcido toneladas de periódicos que lo convertían en un mar de dunas impresas.
En el momento en que, rendida por la lucha contra los bastidores y las tablas, comenzaba a emigrar al territorio de los sueños, la velaban desde el alfombrado Miguel Induráin, Broto, Zubizarreta y un montón de políticos aguarraseados. De entre el caos comenzaban a emerger los cuadros que iban a formar parte de la exposición: una serie de retratos de escritores y un gran fresco de la generación del 98, entre los que destacaba, como su particular faro, la figura del abuelo Ricardo, flanqueado por Azorín y en medio de una selección de leyenda: Unamuno, Benavente, Pío y Ricardo Baroja, los hermanos Álvarez Quintero, su compadre Manuel Bueno, Valle-Inclán…
Ahí estaban todos, rodeando solemnes el modelo que los había inspirado –una foto en tonos sepia milagrosamente salvada de la lluvia de salpicaduras y goteos que acompañaba al brazo ejecutor de la pintora.
Desde la foto, tomada en torno a mil novecientos, convenientemente numerados e identificados, una pandilla de bigotudos trajeados de paño contemplaban la visión que de ellos acababa de terminar Dora.
–No es posible que ese monigote de ojos saltones sea yo –comenzó a gruñir un bisoño Baroja de talante malhumorado.
–Mi nieta es una artista –terció el abuelo Catarineu– Ella no retrata la realidad, inventa una nueva. Deberíais estar agradecidos de que a estas alturas todavía se acuerde alguien de nosotros.
–¡Claro, como a ti te ha puesto más guapo de lo que eres! ¡Cómo se nota que es de la familia!
Los Quintero suscitaban sonrisas a costa de su peculiar gracejo.
Mientras se alborotaban en la bulla, considerando la interpretación que de ellos había hecho la pintora, una sonora voz irrumpió de otro de los pequeños cuadros del fondo.
–Cállense ya, pandilla de alfeñiques presuntuosos. ¿Qué saben ustedes del arte? Apenas son unos fantasmas que la tinta de impresión ha dibujado en el papel amarillento. No saben lo que es el pulso de la vida, la materia animada. La creación.
–Que me esfume ahora mismo si lo que oigo no sale de esa tela pintarrajeada –los hombrecillos de la fotografía parecían sorprendidos de que aquellos trazos pergeñados en los lienzos pudieran hablarles de tú a tú.
–Quién es ese mamarracho de ahí?
–Parece Fernando Pessoa. Bueno, una caricatura inoportuna del portugués. Comparto estantería con él en la Biblioteca Nacional.
–Soy Álvaro de Campos, si no le importa. O mejor, ese es mi título. Porque yo no soy una biografía, ni pura química como ustedes. Yo estoy hecho de la materia de los sueños.
Oscar Wilde, desde otro cuadro recién empezado alentaba a su colega con aspavientos.
–Dales fuerte, Alvariño. Estos insensatos no cuentan con el tiempo. En unos años ellos serán papel mojado en el Rastro y nosotros eterna semilla de inspiración, afluentes del gran río del arte que no cesa.
Las voces comenzaron a entrelazarse en un murmullo que importunaba el descanso de la pintora. Y eso que ella luchaba por no despertar. Le gustaba mucho este sueño en el que su abuela Dorita, la hija del embajador español en París, era solicitada por el encargado de cortar la cinta de inauguración de la torre Eiffel. La niña usaba las tijeras como una princesa y guardaba el trozo de seda tricolor para su nieta favorita, Teodora Sofía.
Cuando por fin abrió los ojos a la noche, le pareció que todos los cuadros eran diferentes: juraría haber pintado a Pessoa de perfil, a Machado de tres cuartos…
Desde la terraza, dos grillos cantaban las excelencia de las obras que acababan de ver. De algún oscuro portal de la Subida de las Monjas trepaba una queja por cartageneras.
Fuente:
Catálogo Teodora Sofía y Letras, dos de Dora Catarineu. Ayuntamiento de Cartagena. Mayo, 1997.




