Charris
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La pintura es así

1997

Mateo Charris, Ángel

Cuando llega un jefe nuevo a la redacción, ya sé que me toca una temporada de ajetreos y trabajos sin sentido. Todos llegan al periódico con la intención de laurear a la empresa con un par de Pulitzer, hasta que se dan cuenta que no están en el New York Times, sino en una oscura redacción de un periodicucho de provincias con más prestigio que importancia, con más agujeros contables que anunciantes, y con una plantilla de impresentables perdedores entre los que me encuentro.
Así que no me extrañó que este pimpollo universitario recién enchufado por el alcalde me embarcara en una de mis más estúpidas búsquedas periodísticas.
Alertado por uno de esos programas televisivos carroñeros, había considerado importante enviarme a investigar unos turbios asuntos de robo y tráfico de órganos cerca de la frontera mexicana con destino a las clínicas privadas más prestigiosas. Un reportaje que alguien se encargaba de hacer cada cierto número de años y que lo único que había conseguido reunir era un buen montón de basura en algún rincón del mal organizado archivo del periódico. Pero por supuesto me callé todas mis opiniones y me dispuse a pegarme unas bien merecidas vacaciones a costa de las dietas, que, si bien bastante escasas, me libraban durante unas semanas de los fiambres y vísceras desparramadas que tenía que atender normalmente como encargado de la sección de sucesos. Alquilé un bonito coche plateado con el que recorrí unos cuantos moteles en el desierto, probando las piscinas y socorriendo a divorciadas de-seosas de cariño y de gastar unos cuantos billetes junto a un tío fino como yo.

Del Chelsea al Frontier, del Art Motel al Flamingo: el caso es que mi bronceado subía del mismo modo que el mosqueo de Mr. Yale por la ausencia de avances en mi investigación. Por fin, un día que me encontraba escoltado por un par de pecosas juguetonas en las hamacas del solarium, una llamada del jefe me instaba a dirigirme a un pequeño motel cerca de Tijuana a seguir una, según él, pista segura. Por el tono de su voz deduje que o me lo tomaba un poco en serio o el fin de mis vacaciones estaba muy cerca.
El Nasa Motel era una especie de basurero espacial. El dueño había comprado una serie de satélites de deshecho y con ampliaciones de paseos lunares, paredes azul marino, estrellitas y unos cuantos trajes de purpurina había convertido unos barracones en medio de la nada en un apañadito picadero comarcal. La recepcionista, una señora muy pesada entrada en los setenta, era la que más se tomaba en serio su papel y todas las tardes se colocaba una especie de pecera de metacrilato en la cabeza a modo de escafandra: verdaderamente patético.
Cuando empecé a sondear sobre el tema del tráfico de órganos sólo me encontré con respuestas misteriosas y con un cierto número de individuos dispuestos a hablar a cambio de unas suculentas propinas. La calaña de estos individuos y su común afición por el mescal, el tequila y toda clase de matarratas, me hacía dudar que de ahí pudiera sacar algo en claro, pero me decidí por el de la nariz más gorda y roja. El tipo me enseñó una serie de cicatrices diciéndome cómo lo habían secuestrado durante la noche y le habían extraído un riñón, el bazo, un pulmón y no sé cuantas cosas más. Total, que podía parecer que aquel tipo andaba medio hueco y de ahí su pasión por rellenarse de alcohol. De toda su palabrería me quedé con el nombre de un tipo, el Diablo, que parecía ser el mafioso de la región y por donde pasaban todos los negocios, especialmente los sucios, en kilómetros a la redonda.
La entrevista con el narizotas me trajo, aparte de una bajada de mis ahorros, una imponente resaca que trataba de paliar en parte con un buen Bloody Mary cuando apareció por la cantina del Nasa Motel la chica más peligrosa de todo el oeste: una cintura de avispa, unas curvas de puerto de montaña y los ojos más bonitos que una tormenta.
A pesar de mi estado, decidí que no podía dejar pasar una oportunidad así y me lancé a tantear con un par de andanadas. La cosa fue de mal a regular, y al final me regaló una miradita que me heló la sangre y me calentó todo lo demás.
Poco después el camarero me dijo que tuviera cuidado, que Jambalaya, que así llamaban a la preciosidad, era cosa del Diablo, y que al que con fuego juega… pues ya se sabe lo que le pasa. También supe que vivía allí mismo, en un ala del motel con un par de chicas más y cerca de la suite –a cualquier cosa llaman suite estos tipos del desierto– que el Diablo ocupaba para sus juerguecitas particulares.
Cuando se hizo de noche me acerqué a la habitación de Jambalaya. Hacía mucho calor y un murmullo de voces era lo único que movía los visillos de la ventana iluminada. Las chicas hablaban de un quirófano, de bistu-ríes y de tijeras, de órganos y del señor Diablo. Y algo me dijo que el imbécil de mi jefe puede que tuviera razón después de todo, y allí hubiera algo que rascar.
En cuanto las chicas se fueron me colé por la ventana y tras registrar cuidadosamente la habitación encontré un sobre de fotos que hubieran hecho llorar de emoción a Mr. Yale: fotos de quirófanos en plena actividad, vísceras, chicas ensangrentadas y toda una declaración de culpabilidad para el Diablo.
Llamé a un amigo que tengo en el FBI para ponerlo al tanto del asunto, y para sacarle un poco de información y contraté a un fotógrafo de bodas –el único que pude conseguir– para estar preparado para actuar.
Algo debían saber del asunto en Washington porque al día siguiente se presentó mi amigo con un par de tipos de la agencia en el NASA Motel. Decidimos repartirnos el trabajo –además un reportaje siempre queda mejor si hay tipos del FBI por medio– así que a mí me tocó sonsacar a mi querida Jambalaya.
Cuando entré en la habitación la encontré en la cama, cubierta de sangre. Después oí gritos en la suite del Diablo. Llamé a mi comitiva y en un par de minutos los armarios de la agencia estaban echando la puerta abajo.
Lo que encontramos no fue exactamente lo que estábamos buscando. En efecto, ahí había un quirófano con todo el material necesario para la mejor de las carnicerías, y riñones y todo eso, el par de amiguitas de la ensangrentada vestidas de enfermera… y el señor Diablo enfundado en un mínimo tanga de leopardo jugando a los médicos con aquel par de Lupitas.
Cuando el fotógrafo echó el primer flashazo todo resultó bastante ridículo.                      
Corrí hacia la habitación de la muerta y la encontré limpiándose las manchas rojas sobre su piel. Quería que me tragara la tierra.
-Carajo, Jambalaya, todo parecía tan real.
Ella siguió en su tarea y pareció enternecerse con mi cara de tonto.
-Sí, querido, la pintura es así.
Menos mal que en aquella suite el señor Diablo escondía suficiente información como para condenarlo por docenas de delitos federales, ninguno de ellos relacionado con aquellos estúpidos tráficos de hígados, así que después de todo mis amigos no hicieron el viaje en balde y yo tuve un buen artículo que mandarle a mi jefe.
Con la excusa de investigar más el tema pude disfrutar de los cantos de los coyotes junto a mi deliciosa Jambalaya. Durante aquellas noches de canciones fronterizas y margaritas frías, los cielos se poblaron de una lluvia de meteoritos, la luna se volvió azul y yo recogía moscas con las que alimentar a la colección de plantas carnívoras de mi chica.



Fuente:

Catálogo La pintura es así de Juan Cuéllar. Galería My Name’s Lolita Art. Madrid, 1997.